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OPINIÓN i

La aguja de marear encuestas

La tendencia a entender las encuestas como un poder explica el acaloramiento que algunos están poniendo en discutir la manera en la que el CIS está publicando sus datos

Varias personas votan en las últimas elecciones generales en 2016.
Varias personas votan en las últimas elecciones generales en 2016.

Hace años, Alain Minc, en su libro La borrachera democrática, analizó la influencia que estaban alcanzando tres grandes poderes emergentes: las encuestas, el periodismo político y los jueces estrella (con la judicialización de la política). Triada que tendía a relegar la otra célebre triada defendida por Montesquieu (ejecutivo, legislativo y judicial). Poderes que, de acuerdo a la lógica democrática, tienen su enraizamiento en la soberanía popular. Algo que no ocurre con los tres poderes emergentes, surgidos de la “borrachera democrática”, que por mucho que pretendan presentarse como inspirados en el interés general y clamen en nombre del pueblo, son poderes en sí. Generalmente vinculados a los grandes núcleos de dominio económico.

Para los que entendemos la Sociología como una ciencia que opera de acuerdo a estrictos criterios metodológicos y de deontología profesional –al margen de cuáles sean nuestras ideas– este papel atribuido a las encuestas no puede resultar más contradictorio con nuestros propósitos y vocación científica. De ahí la perplejidad que causan polémicas planteadas de forma tan sesgada y apasionada, cuando en realidad no tendrían que ser sino debates científicos inspirados por criterios y modales propios del quehacer investigador.

La tendencia a entender las encuestas como un poder explica el acaloramiento que algunos están poniendo en discutir la manera en la que el CIS está publicando los datos de las encuestas realizadas. Asunto que se intenta rodear de polémicas por la sencilla razón de que los datos de dichas encuestas no les gustan. Y como no les gustan recurren al recurso de aventar vientos e intentar matar al mensajero.

Los que así proceden actúan en concordancia con sus ideas políticas. Pero, el problema empieza cuando intentan convertir tal cuestión en un debate metodológico, que estaría bien que tuviera lugar en el ámbito de las universidades y en los colegios profesionales de sociólogos, y que se realizara con transparencia y rigor, y no con tergiversaciones y recursos maniqueos, que hacen que los refutadores expongan al tiempo lo que –según ellos– sostienen los refutados y lo que ellos replican. Proceder impropio de profesionales y científicos rigurosos, y de cualquiera que tenga un talante democrático y una adecuada disposición a la tolerancia.

¿Qué se esconde detrás de tales debates apasionados? En el fondo, más allá de las preferencias partidistas –que, como las meigas gallegas, “haberlas, haylas”–, la cuestión estriba en cómo debe presentar sus datos un organismo como el CIS, y si en estos momentos es factible –o fiable– realizar proyecciones electorales sobre elecciones que aún no están convocadas.

Los que por profesión y por trayectoria acumulamos algunos conocimientos sobre cómo están evolucionando sociedades como la española, y cuáles son las principales variables que intervienen en los cambios en curso, sabemos que los comportamientos electorales son cada vez más volátiles y están menos prefigurados por lealtades históricas mantenidas, y basadas en intereses estructurales identificables. Como ocurría hasta hace poco con las posiciones de clase social, o las adscripciones ideológicas fuertes. Incluso con las trayectorias familiares de voto.

Ahora tenemos abundante información empírica que nos indica que cada vez más electores votan por unos u otros partidos según lo que más les convence en cada momento, y toman sus decisiones cada vez más tarde, incluso durante la última semana de las campañas y hasta el mismo día de la votación. ¿Cómo se puede anticipar –y prever– este voto? ¿Se puede “estimar” o “adivinar” en función del recuerdo de voto? ¿Y qué ocurre cuando los electores piensan cambiar de voto? Difícil.

Estas razones hacen que no sea factible saber qué van a hacer en torno al 10/15% de aquellos que finalmente votarán. Por eso, los modelos tradicionales de “identificación” (proyección) del “voto oculto” (sobre todo del PP) ya no están funcionando, ni tampoco muchas de las “estimaciones” de apoyos de los nuevos partidos. De hecho, en las dos últimas elecciones generales (2015 y 2016) varias empresas demoscópicas anunciaron a bombo y platillo la victoria de Ciudadanos y el sorpasso de Unidos Podemos al PSOE. Y ninguna de las dos cosas ocurrió.

Por eso, actualmente no podemos confiar en los “modelos de proyección” electoral tradicionales. La famosa “cocina” que dicen algunos. Y, por eso, hasta que no se disponga de nuevos modelos de predicción electoral contrastados y fiables, una institución seria como el CIS debe atenerse a lo que es cierto y está sustentado en la propia opinión de los españoles encuestados. Es decir, lo que ellos dicen que van a votar, sin ninguna tergiversación, ni manipulación, ni exorcismo mágico. Eso sí, el CIS presenta sus datos con total transparencia y con la mayor celeridad posible para que los partidos, sociólogos y periodistas que lo deseen hagan las proyecciones y cálculos que estimen oportunos.

De esta manera, de los pronósticos y elucubraciones será responsable solo aquel que los haga. Y luego las urnas vendrán a dar la razón a quien la tenga.

Lo importante es que la opinión pública no sea engañada, y que se pueda diferenciar entre lo que es una información sociológica rigurosa obtenida por métodos científicos, y lo que solo son “pronósticos”. Hay países como Alemania en los que se protege a los ciudadanos de cualquier intento de manipulación o engaño, diferenciando entre los “datos” y las “opiniones” y “estimaciones”. Por eso, se prohíbe mezclar ambas cosas, siendo obligatorio que quien haga una encuesta presente los datos tal como salen, sin más aditamentos ni “recálculos”. Algo que puede efectuar separadamente quien lo desee, publicando un artículo con su opinión.

Esto no significa que no puedan efectuarse análisis prospectivos. Yo los he hecho muchas veces y no renuncio a hacerlos cuando existan modelos alternativos válidos. Y siempre habrá que permitir que se sepa si esto se hace o no al servicio de los intereses de un partido concreto. Es decir, con un sesgo acientífico. Partido al que algunos pueden querer presentar como la opción que cuenta con mayores apoyos potenciales. Pero, tal cosa ya no es una cuestión científica o metodológica, sino una estrategia política concreta, que en nuestro caso están impulsando algunos empresarios –no sociólogos– que, al tiempo que reconocen que están trabajando oficialmente para el PP intentan presentarse como independientes (?). A veces ni siquiera son profesionales de la Sociología, ni tienen una formación reglada en esta disciplina. ¿Qué dirían algunos si algo similar ocurriera en otros campos del conocimiento, y los curanderos, pongamos por caso, intentarán polemizar con los médicos sobre la mejor manera de practicar su ciencia y diagnosticar las enfermedades?

¿No estaremos acaso ante debates absurdos en los que, al final, lo único que dejan claro es que la Sociología en general y las encuestas en particular son un objeto de poder demasiado codiciado? Frente a tales pretensiones solo cabe defender la profesionalidad de los sociólogos, el rigor de los métodos sociológicos y la veracidad y transparencia de las informaciones publicadas. ¿Por qué no dejamos de marear encuestas? ¿A quién se intenta beneficiar con este proceder?

José Félix Tezanos es catedrático Emérito de Sociología de la UNED y presidente del CIS

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