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Las palabras y las fuerzas

Se vislumbran unas elecciones catalanas con pronóstico favorable para Oriol Junqueras

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont.
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. EFE

En la pugna entre el soberanismo catalán y las instituciones españolas cada vez es más difícil distinguir entre el ruido y las verdaderas intenciones de cada uno. En conversaciones privadas, se aprecia una cierta coincidencia sobre el previsible desenlace de esta etapa (un episodio más de una larga carrera) y muchas dudas sobre lo que ocurrirá hasta alcanzar la meta.

Al final del año, se vislumbran unas elecciones catalanas con pronóstico favorable para Oriol Junqueras. Sobre cómo se llegará a ellas, todo son dudas. Hay coincidencia en que no se dan las condiciones para una negociación: el Gobierno español no ha hecho los deberes y el Gobierno catalán ha llevado su compromiso con el referéndum tan lejos que carece de escapatoria: está obligado a convocarlo. De ahí que a medida que el calendario avanza aumente la tensión. Vamos inevitablemente a un choque en algún momento de los trámites previos al referéndum. Y este trance habrá que pasarlo con los menos daños posibles.

De modo que durante unas semanas, si no se quiere contribuir al griterío, hay que ser muy prudente a la hora de interpretar los movimientos de unos y otros. Ahora mismo Junts pel Sí parece buscar la desconexión exprés. Una secesión es demasiado trascendental como para eludir el debate parlamentario. Y es de una ingenuidad extrema pensar que así se pillará por sorpresa al Gobierno español. La Brigada Aranzadi no descansa. Pero de las provocaciones a los hechos hay un buen trecho.

En política, a la hora de la verdad, lo determinante son las relaciones de fuerzas. Una secesión unilateral solo es posible si se dan una o varias de estas tres condiciones: que se disponga de poder coercitivo, que se cuente con el apoyo de una o varias potencias internacionales o que se tenga capacidad insurreccional. El Gobierno catalán no cuenta con ninguna de ellas. El soberanismo solo tiene la fuerza de los votos y por ahora no le alcanzan. Necesita seguir acumulando capital electoral. Por su parte, el Gobierno español deberá atesorar mucha prudencia, vista su incapacidad para afrontar políticamente el problema. Los ciudadanos españoles, según las encuestas, están muy mayoritariamente en contra de la suspensión de la autonomía. Cualquier actuación gubernamental excesiva complicaría enormemente el escenario.

Desde hace cinco años, se viene anunciando la derrota inminente del independentismo. Pero este sigue siendo el primer proyecto catalán. El soberanismo, por su parte, anuncia rupturas decisivas que no están a su alcance. Llegaremos a unas nuevas elecciones autonómicas. Y el soberanismo seguirá ahí. De cómo sea el camino hasta el momento de votar dependerá el día siguiente: mayor enconamiento, más de lo mismo (es decir, seguir en el pantano) o expectativas de negociación real. A falta de referéndum, el voto autonómico decidirá.

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