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Discutir sin decidir

Nuestras señorías porfían en “cargarse de razones” para justificar sus posturas

Como hemos visto en esta nueva votación de investidura destinada a fracasar, nuestros políticos prefieren discutir a decidir. Una vez frustradas las expectativas del 20- D, y hasta hoy mismo, todo ha estado cargado de intervenciones, declaraciones, proclamas... En el Parlamento y en los medios, en las plazas y en las redes sociales. Palabras por aquí y por allá. Solo les escuchamos platicar. La cháchara política lo inunda todo y no podemos evitar que nos contagie. Ya no podríamos vivir sin ella.

Pero no deciden. No, al menos, sobre aquello para lo que les colocamos en el lugar que ocupan, elegir un Gobierno y entronizar la correspondiente oposición. Los políticos han devenido, en efecto, en la “clase discutidora”, como sostenía Donoso Cortés. Para este personaje ultraconservador, esta expresión tenía un sentido peyorativo y su lamento era que la burguesía contendiera sin parar en el Parlamento mientras en las calles se fraguaba la revolución social.

Para nosotros, sin embargo, debería tener un significado positivo. No en vano, la palabra Parlamento alude al habla, al intercambio discursivo que permite acceder a convicciones bien fundadas. Como decía Bentham, el fragor de la discusión produce chispas y estas encienden la llama que nos permite acceder a la verdad. Política democrática es política discursiva; pero la deliberación es lo que antecede a la “decisión”. Si no, será muy democrática, pero no es política. Un Parlamento puramente discutidor como el que tenemos acaba diluyéndose en la palabrería vacía como su fundamento último; o sea, sin fundamento.

Porque además de discutir sin decidir se discute también sin ilustrar. Las pretensiones que eleva cada cual no están dirigidas al entendimiento entre las partes, sino a afirmar sus diferencias y escisiones y a satisfacer a sus muchachadas respectivas. Cada chispa enciende su propio fuego, se adscribe a su propia verdad.

Mientras tanto, y hasta que se pongan de acuerdo, la política acaba reducida a mera “administración”. Ya llevamos nueve meses de gestión de los asuntos corrientes, sin ninguna decisión propiamente política. Y se supone que esta sería la legislatura de la nueva política, del cambio constitucional, de la recuperación del protagonismo del Parlamento. En vez de ello, nuestras señorías porfían en el exhibicionismo de “cargarse de razones” para justificar sus diferentes posturas. Parecen ignorar que la única razón que nos interesa no es la de partido, sino la que sustenta el interés general.

Al final, todo es una cuestión de poder, como siempre en política. Cuántos escaños tengo, cuántos escaños tiene el otro; qué saco yo de esto, qué saca el otro. Cada parcela de poder se pone al servicio de cada interés particular. Encubiertos, eso sí, bajo un tupido bucle discursivo, tan espeso ya, que casi nos hemos olvidado que lo que lo justifica es el Gobierno. Y gobernar es decidir, no montar un espectáculo.

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