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“Hasta ahí hemos llegado”

El debate mutó de la tensión al barro. Probablemente porque Pedro Sánchez necesitaba descararse ante la audiencia y exponer la corrupción con toda la crudeza

Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, este lunes, en el debate. Ampliar foto
Pedro Sánchez y Mariano Rajoy, este lunes, en el debate.

"Hasta ahí hemos llegado", proclamó Rajoy a las 23.07. No es que se marchara del plató, a la usanza de los realities. Era la manera de despechar el golpe dialéctico más duro de Pedro Sánchez en la velada del 14-D: "Usted no es decente", le había espetado el candidato socialista, atribuyéndole un papel nuclear en la corrupción del PP. Y pretendiéndolo mandar a la lona por un K.O. definitivo.

La refriega se hizo tan violenta que el presidente llamó a Sánchez ruin, mezquino y miserable, deleznable. Quedó rebajado el debate al vaivén de los improperios. Golpes bajos que escandalizaron, exageraron el duelo, cuando Sánchez había demostrado dominarlo y cuando no parecía necesario el recurso de un puñetazo de gracia.

No parecía necesario porque ya le temblaba el pie a Rajoy como a un escolar y se le desorbitaba el ojo izquierdo, ejemplos inequívocos del nerviosismo que fue capaz de provocarle Pedro Sánchez en los rounds iniciales antes de producirse la escandalera.

Quedaba en entredicho el mito del gallego cerebral. Y conseguía el líder socialista atacar sin alterarse. Le llamó manipulador como quien da los buenos días. Y lo acorraló hasta zarandearlo mediado el primer round: "No mienta usted a los españoles".

Sánchez tenía delante a Rajoy. Y Rajoy pensaba que tenía delante a Zapatero, de forma que los argumentos de la herencia recibida resultaron inocuos por mucho que estuvieran manuscritos con la buena letra del registrador de la propiedad.

"No mienta", le repetía Sánchez. Y Rajoy se demostraba vulnerable. Transigía con la sorpresa de un debate invertido: el campeón parecía Sánchez con su acoso verbal y mecánico, asumiendo la iniciativa de la pelea, desconcertándolo con las interrupciones.

Fue una sorpresa, porque Mariano Rajoy había concebido el debate en una expresión de condescendencia, de superioridad. Se dignaba a polemizar con Pedro Sánchez después de haberse abstenido de medirse con las fuerzas emergentes y de haber fomentado una, campaña a su medida en el hogar del jubilado, unas veces contando sus batallitas en el brasero de Bertín, otras sincerándose con la Campos.

El desafío de Pedro Sánchez consistía en ponerlo nervioso, hacerlo sudar. Y lo hizo. Recurrió a Rato como el talismán de la corrupción. Y aprovechó, incluso a su beneficio, el espejismo del bipartidismo. Que es una realidad parlamentaria evidente, pero no una realidad política. Por eso el líder socialista necesitaba asomar en los televisores como la alternativa, un mano a mano forzado entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. Ausentes Rivera e Iglesias, Sánchez se crecía en su papel de antagonismo, en sus matices generacionales frente al patriarca, aunque no puede decirse que la dramaturgia búlgara del plató ni la música pastelera de la cortinilla contribuyeran a engendrar las sensaciones de un debate contemporáneo.

Campo Vidal hizo un esfuerzo de arbitraje a la antigua usanza. Y debió quedarse estupefacto cuando los gallos se clavaron los espolones. O cuando Sánchez se creyó tan superior que le dijo a Rajoy: "A ver si aprende algo esta noche".

El debate mutó de la tensión al barro. Probablemente porque Pedro Sánchez necesitaba descararse ante la audiencia y exponer la corrupción con toda la crudeza, recordando el mítico SMS de Bárcenas, evocando que Rajoy le nombró tesorero, colocando en el dorsal del presidente la X mayúscula de la responsabilidad.

Sobrevino entonces el "Y tú más", aparecieron los "Eres" socialistas, se entrecruzaron los historiales oscuros del PP y del PSOE mientras sus adversarios reales, Iglesias y Rivera, celebraban el espectáculo en la sala de visitas de La Sexta. Un retrato del bipartidismo que "agonizaba en el barro" (Iglesias) y que escenificaba una "edad superada de la política" (Rivera), sostenían los líderes emergentes entre los escombros de un debate que se resolvió donde Pedro Sánchez quiso, aunque para ello tuviera que recurrir al límite del reglamento.

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