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Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El ciclo del cambio

Si el continuismo gana, la frustración dará paso a un estancamiento político, moral y social

Josep Ramoneda

2014 fue el año en que se rompió la legislatura. Podemos había dado un paso que no estaba en el guion: la transformación política de los movimientos sociales surgidos del 15-M. Resultado: 1.250.000 votos en las elecciones europeas de mayo, que le proyectarían efímeramente a los primeros puestos de las encuestas electorales. Esta pequeña brecha en el bipartidismo produjo un inesperado efecto de toma de conciencia del agotamiento del régimen. El problema venía de lejos: la fractura social emanada de la crisis y de las políticas de austeridad ya era indisimulable, el caso Bárcenas había confirmado el carácter estructural de la corrupción, el soberanismo catalán avanzaba hacia la confrontación. Pero fue a partir de entonces que se desencadenaron los acontecimientos. En junio, abdicó el rey Juan Carlos; en julio, se fue Alfredo Pérez Rubalcaba; Mariano Rajoy y los suyos se quedaban solos como representantes del pasado. Por si fuera poco, el 9-N en Cataluña, 2.200.000 ciudadanos votaban en una consulta suspendida por el Tribunal Constitucional, ante la estupefacción de un Gobierno impotente.

Desde entonces, Podemos ha perdido fuelle, presa de una voluntad de atrápalo todo que ha acabado en confusión. Pensar la política (la teoría) no es lo mismo que pensar políticamente (la práctica) y se nota en un partido de profesores. Ciudadanos ha sabido ocupar los espacios que el PP dejaba por la apuesta reaccionaria de Rajoy en materia de moral y costumbres, por la negativa a asumir responsabilidades por la corrupción, por la deriva autoritaria con la colonización creciente de los poderes del Estado y con la destrucción de derechos (ley mordaza), y por su incapacidad de representar al voto unionista en Cataluña. Se ha expandido como un gas ocupando los huecos disponibles, pero para consolidarse necesita algo más que sentido de la oportunidad. Y el independentismo sigue su camino.

De pronto, el debate se ha trasladado a la comunicación: ¿cómo encontrar el equilibrio entre la proximidad con la gente y la inevitable distancia del poder? El PP tiene su base electoral en la parte alta de la pirámide de edad: su única apuesta posible es el continuismo, especulando con la inseguridad y el miedo. El PSOE se la juega. Y el riesgo de Pedro Sánchez es la prudencia excesiva al querer apuntarse al cambio manteniendo la defensa del establecimiento bipartidista.

El 20-D cierra el ciclo que empezó en 2014 bajo el signo del cambio. El ajuste cosmético de Ciudadanos está más engrasado que las opciones alternativas. Urgen las reformas de calado. Y no basta con un simple cambio de rostros en la escena pública. Si el continuismo gana, la frustración dará paso a un largo estancamiento político, moral y social.

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