Columna
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Sobre las izquierdas

El PSOE tiene miedo del chantaje de los inversores y del presunto conservadurismo ciudadano

El filósofo Michel Feher se interroga sobre el impulso nihilista que ha llevado a la socialdemocracia a un sacrificio perfectamente inútil. Con la crisis de 2008 ha asumido la rehabilitación del sistema económico entonces quebrantado. Una tarea que para la derecha puede ser “políticamente ventajosa e intelectualmente gratificante”, pero que a la socialdemocracia sólo “le ha valido la desaprobación de sus víctimas sin por ello conseguir la gratitud de sus beneficiarios”. ¿Tiene algún sentido todavía la socialdemocracia? El nombre conserva cierta aura, de ahí la insistencia en reinventarla. Pero los partidos socialdemócratas viven en el desconcierto, como vemos en España.

La ciudadanía se siente expulsada del sistema político. Y la izquierda debería abrir las puertas: desafiando a la austeridad expansiva, recuperando autonomía, reformando las instituciones de un sistema que se ha hecho estructuralmente corrupto por la omnipotencia del ejecutivo sobre el resto del Estado. La situación es paradójica: el PSOE, si quisiera reemprender el vuelo, necesitaría salir del restrictivo terreno de juego en que está metido y tratar de ampliar el campo. Pero no osa. Tiene miedo al chantaje de los inversores (que es lo que se esconde bajo el eufemismo de los mercados) y al presunto conservadurismo de la ciudadanía. Y, a su vez, sectores provenientes de las afueras del sistema, como es el caso de Podemos, buscan a toda prisa cincelarse un rostro socialdemócrata, seducidos por el tópico de que la victoria está en el centro, olvidando que para ganarlo hay una condición primera: hacer el pleno absoluto del voto propio.

Estamos en un momento de cambios profundos: todo indica que el trabajo será cada vez un bien más escaso —“¿quién consumirá lo que produzcan los robots y con qué recursos?”, se pregunta Bernard Stiegler—; que se está configurando un nuevo marco energético de grandes consecuencias geopolíticas; que gobernar es una tarea cada vez más complicada por la visibilidad en que se opera; y que o se produce una mutación del modo de gobernanza o la democracia tiene los días contados. En esta tesitura, la izquierda, venga de la socialdemocracia, venga de la indignación ciudadana o venga de las afueras del sistema, debe ser osada si quiere ser transformadora.

Debatir sobre las quitas de deuda, sobre la renta básica o sobre cómo hacer la democracia más horizontal, es decir, cómo redistribuir el poder, no debería dar vergüenza ni miedo. Ganar el futuro no es asumir ciegamente la cultura de los que mandan, sino recuperar la empatía con la ciudadanía: devolverle poder político, escucharla, y darle mayor capacidad de control. Todo ello aceptando, por supuesto, el papel de cada uno.

He leído en la red un “presentimiento” en forma de pregunta dirigido a aquellos partidos que se están forjando, que quieren ir más allá de la forma partido: “¿Podéis aceptar verdaderamente que nunca nos representaréis? Y antes de que puedan responder: ¿Estáis seguros?”. Si es así, adelante.

 

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