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Declaración de intenciones en corto

Doña Letizia confirma en la coronación su hoja de ruta estética: mantenerse fiel a un diseñador de cabecera, Felipe Varela, siguiendo el ejemplo de la reina Sofía

La Reina Letizia con sus hijas, doña Sofía, la infanta Elena y su hijo.
La Reina Letizia con sus hijas, doña Sofía, la infanta Elena y su hijo.

Si hubiese existido una apuesta sobre qué diseñador vestiría a la reina Letizia en la ceremonia de coronación nadie se habría hecho rico. La hasta ahora princesa no sorprendió, pero convenció. Eligió al que es ya su modista de cabecera, Felipe Valera, y apostó como la reina Sofía y la infanta Elena, por un traje corto y en tonos claros. En su caso, un sencillo abrigo crema con un cuello de cristales que cubría un vestido recto del mismo color. Una pieza que recordaba por la limpieza de líneas y paleta al ya célebre traje pantalón de Armani que llevaba cuando se dio a conocer su compromiso matrimonial.

Esta elección encierra una declaración de intenciones. Aunque gran parte de la crítica española describa su estilo como correcto, en el mejor de los casos, y sean muchos los que han expresado el deseo de que ayude a dar visibilidad a otros diseñadores patrios, doña Letizia se mantiene fiel como Reina a la hoja de ruta que trazó como princesa. Una estrategia que no es otra que la de la reina Sofia: confiar en un modisto y simplificar así la compleja labor de vestirse para muchos y diversos actos. Si la escogida de doña Sofía es Margarita Nuez; el de doña Letizia es Felipe Varela. De él también vistió durante el acto de sanción de la ley orgánica que hizo efectiva la abdicación de don Juan Carlos. Entonces lució un vestido en blanco y negro que ya había utilizado en el almuerzo previo al premio Cervantes.

La simplicidad de las prendas elegidas por la familia real —solo rota, obviamente, por los uniformes militares del rey Felipe VI y don Juan Carlos— respondía al carácter matutino del acto, pero también lanzaba un mensaje de sobriedad, sencillez, de normalidad. Sin más joyas que una medalla azul en el pecho y unos pequeños pendientes, el pelo liso y un maquillaje natural, el estilismo de doña Letizia está más cerca del de Christine Lagarde en su jura como ministra de Economía francesa que del de Máxima Zorreguieta en su coronación.

No es ningún secreto que doña Letizia prima el pragmatismo por encima de la sofisticación en su armario. Pero esto no parece un impedimento para que medios internacionales como The Daily Telegraph la reivindiquen como icono de estilo y una de las mujeres más elegantes entre las casas reales europeas.

Pero las auténticas estrellas del acto fueron las infantas Leonor y Sofía, que lucían su peinado habitual —una trenza sobre un recogido de medio lado y una diadema con una libélula— además de sendos vestidos brocados con faldas de vuelo en tonos verde agua y rosa.

Doña Sofía eligió, demostrando que no es supersticiosa, un vestido amarillo de líneas rectas rematado por un impresionante collar de perlas. El punto sofisticado y las lágrimas de emoción las puso, como ya es tradición en la familia real española, doña Elena, que llevaba un traje de falda recta y chaqueta. El blazer dejaba entrever una blusa plisada en tonos empolvados.

Los invitados

La paleta de color elegida no solo por la Familia Real sino también por los invitados funcionó con una suerte de metáfora del cambio que España ha sufrido desde la coronación de Juan Carlos I hasta la de Felipe VI. Hace 39 años: gris y oscura, plúmbea. Hoy, dejando a un lado los chaqués de los hombres, se vieron verdes lima —Esperanza Aguirre—, naranjas —Susana Díaz— e incluso plateados. Mención especial merece Carmen Alborch, siempre personal e impactante con una túnica drapeada. Un extraterrestre en un mundo (el político) donde impera la dictadura del traje de chaqueta, y donde la preocupación por la apariencia aún resta credibilidad a las mujeres.

Del duelo de expresidentes —Felipe González, José María Aznar, José Luis Rodríguez Zapatero— sale derrotado el más joven. La combinación de traje negro y camisa blanca tiene muchos riesgos, sobre todo si el tejido brilla. Empate en ceño fruncido.

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