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Un muerto sin cadáver

El joven delincuente apodado ‘El Nani’ fue detenido hace 30 años por la policía y jamás volvió a saberse de él. Fue el primer desaparecido de la democracia

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Santiago Corella en la casa de sus suegros en Madrid, tras regresar de un viaje que hizo a México en 1981 con varios amigos.

Lleva 30 años muerto, pero solo porque un juez así lo dijo en un papel. Nunca nadie vio a Santiago Corella exhalar su último aliento. Nunca nadie veló su cadáver. Nunca nadie ha puesto unas flores sobre su tumba. Lo último que se sabe de él es que, tras ser detenido el 12 de octubre de 1983, fue llevado a la Brigada Judicial de la Puerta del Sol. Y después fue borrado del mundo de los vivos. Se convirtió en “el primer desaparecido de la democracia”, como si España fuera la dictadura argentina del general Jorge Videla.

Santiago Corella había nacido en 1954 en Auñón (Guadalajara). Sus padres emigraron a Madrid en busca de una vida mejor. Primero se instalaron en Carabanchel y cinco años después se trasladaron a un pisito minúsculo de la calle de Acentejo, en Ciudad Lineal, un suburbio en el culo de la capital. El padre, ferrallista, y la madre, costurera, se las veían y se las deseaban para dar un bocado a sus tres niños y dos niñas (después vendrían otras dos).

“Canta, Nani. ¿Dónde está el oro?”, exigían los agentes mientras le golpeaban

Un mal día, el ferrallista se marchó a Francia y dejó a su esposa, Consuelo, con un montón de críos. Entre ellos, Santiago, que a los 11 años se empleó en una patatería, después en una pollería y más tarde en una platería de la calle de Ezequiel Solana.

Santiago se hacía llamar Nani porque le gustaba ese diminutivo con el que era conocida su prima francesa Nadine. Era un adolescente rubio, de ojos azules, rebosante de hormonas. Por esa época empezó a juntarse con chicos mayores y a moverse por el filo de la navaja. Descubrió la pandilla, el regusto de sentirse parte de algo, la libertad sin freno. Era la oveja negra de la familia.

“Jamás podré enterrar a mi padre”

Santiago Corella desapareció —le hicieron desaparecer— hace 30 años. A su mujer, Soledad, la mataron hace 17 años la desdicha y la mala vida. Su hijos Eva y Rubén siguen marcados por lo que le ocurrió a su padre. Igual que los Corella. Han intentado orillar aquel terrible episodio para poder sobrevivir. Han callado para no remover su dolor.

Rubén, a sus treinta y tantos años, es parco en palabras: “Mi madre murió con la pena de no haber podido llevar flores a la tumba de su marido. Y yo moriré con la pena de no haber podido enterrar a mi padre”.

Rubén y Eva eran muy niños cuando ocurrió lo de su padre. Pero José Antonio Sanz Grasa, el abogado que impulsó la investigación en nombre de la familia, no olvida lo duro que fue todo el proceso hasta el que el juez Andrés Martínez Arrieta —hoy magistrado del Tribunal Supremo— tiró para adelante y desmontó la trama criminal. Costó sangre, sudor y lágrimas.

Sanz Grasa recuerda cómo la Guardia Civil probó que era falsa la firma de El Nani estampada al pie de una declaración supuestamente prestada antes de su desaparición. Y cómo en el libro de detenidos de la policía figuraba el nombre de Santiago Corella junto a una tachadura de Tipp-ex blanco que ocultaba una broma macabra: una inscripción manuscrita de las siglas R.I.P. (Requiescat in pace).

Cuando ocurrió aquello, en 1983, el Gobierno de Felipe González acababa de soltar a 9.000 presos que llevaban más de cuatro años en espera de juicio. Eso causó una imparable ola de atracos. Para aplacar ese vendaval, la policía recibió carta blanca. Y lo hizo a tiro limpio. Sin piedad.

A los 17 años, El Nani fue detenido por una trifulca. El primer tropiezo. Dos años más tarde, se casó con Soledad Montero, una chica a la que había dejado embarazada. Después de hacer la mili, trabajó de camarero y más tarde montó un pub, el Eurípides, que se vio obligado a cerrar por causar molestias a los vecinos.

Santiago comenzó a ir cuesta abajo y sin frenos, atrapado en una espiral de adrenalina. En el verano de 1980, él y un colega —cojo, para más inri— perpetraron un atraco en un supermercado. En pleno fregado, llegó la policía, cosió a tiros el Seat 124 en el que aguardaba El Nani y este atropelló al inspector Victoriano Gutiérrez Lobo, El Guti. Tres años después, las vidas de ambos volverían a cruzarse fatalmente.

Tras pasar seis meses preso en Carabanchel, El Nani salió desaforado: se unió a sus viejos colegas y pegó un par de buenos golpes en joyerías de León y Bilbao. Puso tierra de por medio durante dos semanas en México. Pero dio con sus huesos en la cárcel, donde pasó hasta agosto de 1983. Al salir libre, estaba destrozado. Sin ganas de nada. Tal vez se estaba replanteando su vida, dejar el barro, volverse bueno, cuando alguien le propuso desvalijar una joyería de Lavapiés, un golpe fácil, sin riesgo, para hacerse con un puñado de colorao (oro). El Nani dijo que no.

Estando en esas, unos delincuentes asaltaron el 31 de octubre de 1983 la joyería Payber, de la calle de Tribulete, de Lavapiés, y mataron de un tiro al dueño, Pablo Perea. A través de un soplón, el inspector Gutiérrez —el viejo amigo de El Nani— tardó poco en saber que este había barajado el plan de asaltarla. Y dio por hecho que él y su banda eran los autores del robo y del asesinato. Así que fue a la casita de la calle de Acentejo y se llevó presos a Santiago, a su esposa y a tres de las hermanas Corella. También a Ángel Manzano, un compañero de correrías de El Nani. Todos a los calabozos de la Dirección General de Seguridad, que hoy ocupa la sede del Gobierno de la Comunidad de Madrid. El ministro del Interior, el socialista José Barrionuevo, autorizó que a los detenidos se les aplicara la ley antiterrorista. Como si fueran etarras.

Interior informó que Santiago Corella echó a correr y huyó pese a ir esposado

Las hermanas Corella escuchaban los gritos de dolor de Santiago, mientras los policías le golpeaban y vociferaban: “Canta, Nani. ¿Dónde está el oro?” Manzano fue el último en verlo cuando era llevado a rastras por un pasillo, hecho un guiñapo, con la cabeza caída y la mirada perdida como un Cristo crucificado. No aguantó el tormento a que fue sometido.

Santiago jamás fue puesto a disposición judicial. La policía aseguró que sobre la una de la madrugada de ese mismo día le trasladaron a un descampado de Vicálvaro en busca de un zulo donde escondía una pistola y una escopeta de cañones recortados. Según el comisario Francisco Javier Fernández Álvarez y los inspectores Victoriano Gutiérrez Lobo y Francisco Aguilar González, el atracador echó a correr y escapó, pese a ir esposado. Una hazaña difícil de creer.

Nada más quedar libre, Soledad Montero denunció la desaparición de su marido. El caso fue archivado en varias ocasiones: proceder contra unos policías cargados de medallas era casi imposible. Dos años después, sin embargo, el asunto empezó a moverse cuando el joyero y confidente Federico Venero denunció la existencia de una mafia policial, compinchada con los delincuentes e implicada en la desaparición. La justicia condenó a los policías Fernández, Gutiérrez y Aguilar. ¿Pero dónde está El Nani?

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