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El capo que viajaba en autobús

El líder de la red acusada de introducir 8.000 prostitutas rusas en España vivía con sobriedad en Granada, tenía 16 alias y casi nadie le había visto

Un grupo de mujeres, en un club de alterne de la provincia de Cuenca. Ampliar foto
Un grupo de mujeres, en un club de alterne de la provincia de Cuenca.

Él aseguró a los policías que había sido piloto del Ejército ruso. Pero desde hace años se dedicaba a manejar supuestamente una extensa red que abastecía de mujeres a prostíbulos de España, Emiratos Árabes, Bahreim, Malta, Chipre e Italia. Los investigadores calculan que la banda traficó con más de 8.000 jóvenes en los últimos ocho años. Hasta ahora, el presunto líder de este entramado había actuado con total impunidad. Gracias a que su nombre era secreto. Tan secreto que a veces ni él mismo sabía cómo se llamaba porque usaba 16 identidades falsas para ocultar la real. La policía, después de un año de pesquisas, ha conseguido desenmascararle: es Igor Chernavskiy, de 40 años, natural de Volgogrado (la antigua Stalingrado).

La operación comenzó en el año 2005, cuando agentes de la Brigada Central de Redes de Inmigración y compañeros de Barcelona y otras provincias detectaron la presencia de bandas dedicadas a la explotación sexual de ciudadanas rusas. En todos los casos, las mujeres habían llegado con un visado de turista. Y la mayoría, además, no habían volado directamente a España, sino que habían entrado por terceros países de la Unión Europea, más laxos, presuntamente, en los controles.

Con un meticuloso análisis de los pasaportes y las solicitudes, los agentes descubrieron que al 70% de las mujeres de esa nacionalidad traídas a España para trabajar en burdeles y casas de citas les había ayudado en las gestiones un reducido círculo de ciudadanos rusos, todos conectados entre sí a través de un hombre.

Ese elemento clave era un tipo misterioso que se hacía llamar Mark Knopfler, igual que el cantante del grupo musical Dire Straits. Todos los interrogados en relación con la organización le señalaban una y otra vez. Pero, evidentemente, no se trataba del líder de los Dire Straits, sino de alguien que usurpaba su identidad. Otras veces decía llamarse Albert Einstein, el científico más importante del siglo XX, o bien El hombre invisible. Tenía tantos alias —hasta 16— que usaba uno diferente para hablar con cada uno de sus socios y se había hecho una chuleta para no equivocarse.

Igor Chernavskiy, que solía esconderse tras el nombre de Mark Knopfler. ampliar foto
Igor Chernavskiy, que solía esconderse tras el nombre de Mark Knopfler.

Ya en 2005 había sido arrestado por la Guardia Civil en Almería, acusado de traficar con mujeres. Pero entonces no ingresó en prisión ni fue extraditado a Rusia, como querían las autoridades de Moscú. Sin embargo, desde ese momento “se hizo muy precavido y adoptaba muchas medidas de protección”, según señala un investigador. Por ejemplo, jamás hablaba por un teléfono español para no ser localizado ni escuchado.

Extremaba su autoprotección de tal forma que incluso su cara era un enigma. Una testigo protegida detalló a la policía su proceso de captación, con métodos casi militares, en el que nunca vio a Mark. Una amiga la puso en contacto con una tal Natalia a la que envió su pasaporte y fotos, algunas de cuerpo entero. Ella sabía que sería prostituida en España. La red tardó cuatro meses en responder, y lo hizo enviándole un billete de avión a Moscú por correo electrónico. Allí un tal Mark se haría cargo de ella. Pero solo recibió una llamada diciéndole en qué hostal debía alojarse.

Tres días más tarde, con otro móvil diferente, Mark volvió a llamar. La joven tenía un paquete en la recepción a su nombre con un pasaporte, un visado válido para el espacio Schengen, un billete de tren a un país puente, un teléfono móvil y 300 euros. Cuando finalmente llegó a Barcelona, Mark se comunicó de nuevo, desde otro móvil, enviándole un mensaje para indicarle el piso al que debía ir: un burdel en Barcelona.

Así empezó esa mujer a prostituirse, a razón de entre 50 y 120 euros cada servicio. La mitad de lo ganado iba al club y, en forma de comisión, otra parte iba, supuestamente, al aparato de Chernavskiy, según fuentes policiales.

Él no usaba la violencia con las víctimas, pero se valía de otros métodos de coacción. En una conversación, grabada por la policía, el dueño de un club de alterne de Lleida y los hombres de Chernavskiy hablaban de la opción de traer a España a dos chicas, una muy guapa y joven, y otra mayor y menos agraciada, pero con cargas familiares. “El marido de esta había muerto de cáncer y ella tenía que mantener a su hijo”, según fuentes policiales. Optaron por la segunda. “Buscaban a personas con graves apuros económicos porque sabían que así difícilmente dejarían la prostitución”, añaden.

Introduciendo en España a mujeres de entre 18 y 25 años de Rusia, Bielorrusia, Ucrania y Kazajstán, nunca menores de edad, por cada una de las cuales los clubes pagaban entre 2.000 y 3.000 euros, Chernavskiy amasó una pequeña fortuna, según fuentes policiales. Primero pasó un tiempo a caballo entre Rusia y España, hasta que se asentó definitivamente hace un par de años en Granada. Llevaba una vida muy discreta y siempre usaba transportes públicos para ir de un lugar a otro. Hace unos meses, obtuvo el carné de conducir y recientemente se compró un BMW que ni siquiera llegó a estrenar (la policía lo ha decomisado en el concesionario).

La policía calcula que llevaba casi ocho años dedicándose al tráfico de mujeres. Y se sentía seguro en su anonimato. Pero hace unos meses cometió un error. Cursó con su verdadero nombre una solicitud para reagrupar a su familia en España. Desde entonces, las escuchas telefónicas y las vigilancias fueron perfilando al misterioso individuo, residente en Granada (posee sendas casas en Ogijares y La Zubia).

El momento había llegado. La Brigada Central de Redes de Inmigración supo que el presunto líder de la organización iba a tener una reunión cerca de la estación de Atocha (Madrid) con la dueña de un chalé de citas del distrito de Fuencarral. Los agentes fueron a la estación y allí por fin pusieron cara a Igor Chernavskiy, sentado en una terraza con esa mujer, que anteriormente había regentado otro local similar en Jaca (Huesca). Esa proxeneta era una de las pocas personas que trataba cara a cara con él, no así alrededor de unos 30 clientes más (dueños o encargados de burdeles).

Los agentes creen que el dinero en efectivo que obtenía por su labor lo enviaba a través de mujeres a Rusia, donde lo manejaba su madre. Su propia esposa, Natalia C., figuraba como empleada de uno de los prostíbulos que formaban parte de la organización. Aunque en un perfil de la mujer colgado en la red asegura que es profesora de lengua rusa y literatura y logopeda, licenciada por la Universidad de Granada.

Natalia, igual que Chernavskiy, es de Volgogrado, de donde venían buena parte de las mujeres que la red introducía en España. Pero la organización se fue especializando y llegaron a traer a mujeres desde Vladivostok, que hacían los más de 9.000 kilómetros hasta Moscú en el mítico tren Transiberiano.

Hace unos días, Chernavskiy fue detenido en Granada, junto contras 17 personas en diversos puntos del país, acusados de tráfico de seres humanos, delito relativo a la prostitución, falsificación documental y un delito contra el derecho de los trabajadores. El juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco ha bloqueado a la trama cuentas corrientes y ha embargado 11 inmuebles, seis vehículos y bienes por importe de tres millones y medio de euros. La policía analiza otras operaciones en las que las testigos puedan referirse a Mark, a Albert, o alguno de los alias del enigmático hombre.