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OPINIÓN

En guerra contra los políticos

España ha pasado de ser un país indiferente hacia la política a un país fóbico frente a los políticos

Salvo por el paisaje, devorado por los incendios, no hay grandes cambios en la vida española en esta rentrée, que se presenta caliente en lo social y decisiva en lo económico. Sin embargo, si me preguntaran cuál es una de mis principales preocupaciones de cara al otoño, la respuesta la tengo clara: el creciente divorcio entre la clase política y los ciudadanos de este país. Los datos del CIS del pasado mes de julio fueron a este respecto meridianamente claros. Ningún partido puede darse por satisfecho en su intención de voto y sigue ascendiendo el porcentaje de quienes los ven como uno de los grandes problemas.

En unos momentos, por lo demás, en los que las llamadas al consenso entre partidos son constantes y urge vertebrar de alguna manera a una nación fragmentada e insegura de sí misma. O, lo que es lo mismo, les despreciamos cuando más les necesitamos. Por decirlo en el lenguaje del politólogo Pierre Manent, se han convertido en un “órgano obstáculo”; es decir, un instrumento de solución de un problema que enseguida se revela —o se puede revelar— como un impedimento a esa misma solución.

No es algo exclusivo de aquí. Hay una pauta que se da en todas partes, y que se manifiesta en la rapidez con la que se desvanecen las ilusiones puestas en los líderes recién elegidos. El proceso electoral parece “reconciliar” temporalmente a la ciudadanía con los líderes políticos. Pero enseguida, casi sin esperar los cien días de rigor, se incrementa la desconfianza una vez que comienzan a ejercer su tarea de gobierno. Puede que ello se deba a una frustración de las expectativas, el volver a despertar del espejismo de que todo pueda cambiar, y la reacción más palpable es la proyección de este estado de ánimo sobre la clase política como un todo.

¿Se acuerdan de la expectación que generó la victoria del gran Hollande? ¿Qué se dijo de él, de quien iba a poner a Alemania en su sitio? ¿Y de Obama, la gran promesa del progresismo universal? Hace escasos días su plataforma electoral MoveOn llamaba con urgencia y dramatismo a una imprescindible movilización de su electorado porque sin ella no estaba nada clara su reelección. Y de Rajoy no hace falta hablar. Nunca ilusionó, pero ha conseguido defraudar hasta a su propia parroquia.

Si este patrón tiende a universalizarse, es posible que el problema no resida tanto en los políticos en sí mismos cuanto en la política democrática de hoy, incapaz de ir más allá de una mera gestión de imperativos sistémicos. Y esto es algo sobre lo que habrá que reflexionar con detenimiento. En casi ningún otro lugar se percibe, sin embargo, una visceralidad tan crítica hacia ellos como en España, que ha pasado de ser un país indiferente hacia la política a un país fóbico frente a los políticos. Se han convertido, junto con los banqueros, en el gran chivo expiatorio al que culpar de todos los males. No sin buenas razones. El goteo permanente de escándalos de los últimos años ha desbordado el vaso. Si a esto añadimos la tendencia casi automática de todos los partidos a hacer piña con sus imputados judiciales, y la siempre crispada descalificación mutua, el resultado inevitable es la proyección de la sospecha permanente y la falta de confianza sobre todos ellos. Como si todos fueran lo mismo. Pero con matices según la crítica venga de la izquierda o la derecha. En esta última la idea predominante es que sobran, y que son un reducto prescindible del Estado de las Autonomías. Y, en la izquierda, que gozan de excesivos privilegios y están donde están para “lucrarse”, aunque su salario —hecha la corrección de renta per cápita— esté claramente por debajo del de la mayoría de sus colegas europeos.

Sea como fuere, no se trata de defenderles cuanto de ver cómo frenar esta tendencia para que se facilite la gobernabilidad y no se desemboque en el populismo fácil de los Mario Conde o Sánchez Gordillo, por ir a los dos extremos. Y la mayor responsabilidad compete a este respecto a los dos grandes partidos, que están obligados a plantearse al menos qué es lo que no funciona en su relación con los ciudadanos y cómo aminorar esta deriva contra ellos. No para obtener más votos, sino para relegitimar el sistema y dignificar la política. Para que podamos pensar que, en efecto, “nos representan”. A nosotros, no a sus partidos. Y que ahora les necesitamos unidos, eficaces y empáticos con una ciudadanía que oscila entre la rabia y la desolación.