Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

No son antisistema

Los jóvenes han abandonado a Zapatero y Rajoy no ofrece expectativas de una regeneración moral

La protesta que saca a la calle a miles de personas y que, sobre todo, entusiasma e interesa a millones tiene el brillo magnético de un poderoso imán: ellos, los acampados, pueden tener sus lemas, pero cada uno de los ciudadanos podemos añadirle muchas razones más, porque la colección de ofensas que percibe el ciudadano por parte de los políticos es de las colosales.

El fenómeno 15-M no solo ha dejado descolocados a los políticos, sino a periodistas, tertulianos o sociólogos que no han sabido encajar la sorpresa en el marco de una sociedad cambiante donde el dinamismo es posible, una sociedad que no se siente reconocida en ellos ni en las cúpulas de las instituciones. Por ello, cuidado, no son antisistema sino todo lo contrario: nos señalan los fallos del sistema, sacan los colores a quienes deberían representarles, les avergüenzan porque lo que están viendo no cuadra con la formación democrática y de derechos que –desde el sistema- les han vendido.

Los jóvenes han abandonado a Zapatero, pero tampoco han encontrado otro referente. La encuesta de abril del CIS refleja que el 87,3% de jóvenes entre 18 y 24 años tiene poca o ninguna confianza en Zapatero, frente al 80,9% de media general. Casi siete puntos de desafección separan a esta generación de la que siente la población total hacia el presidente del Gobierno. Rajoy no lo tiene mejor: el 84,8% de los jóvenes tiene poca o ninguna confianza en él, cuatro puntos más que la media, que es del 80,9%.

Porque si hay que buscar hitos en el divorcio entre políticos y ciudadanos, hay varios muy importantes en la historia reciente y están en ambos bandos. Algunos periódicos los denunciábamos, ellos no querían escuchar.

Por parte del Gobierno. El regalo de Zapatero de 2.500 euros a quien tuviera un bebé, rico o pobre, sembró un populismo venenoso en la relación con los ciudadanos que en la fiesta del superávit no generó demasiada reflexión. Lo mismo pasó con los 400 euros de regalo en IRPF. Era la barra libre en la borrachera electoral de 2008. Se trataba de no escuchar las voces que alertaban de la insensatez y hacer caso a los flautistas de Hamelín que nos iban a dirigir a un mundo más feliz. El  infierno del déficit cambió la percepción del desaguisado y cuando este estalló la máquina de cometer errores solo había empezado a funcionar: negación de la crisis, dinero para rehacer las rotondas y otras experiencias que no han generado riqueza ni cambian el patrón de crecimiento. La burbuja estallaba sin que La Moncloa pudiera ofrecer más que promesas vagas de un optimismo que nunca se materializó en soluciones.

Lo que están viendo no cuadra con la formación democrática y de derechos que, desde el sistema, les han vendido

Los recortes descarnados y ya irremediables nos hicieron poner el foco en el despilfarro precedente, nos llevaron a descubrir o ver de otra manera las megaobras de cientos de millones que requerirán decenas solo para su mantenimiento anual. Todo ello dejó en ridículo un país que se jacta de ser potencia mundial en proyectos de AVE y que está a la cola del mundo desarrollado en educación. Todo ello, más la incapacidad del Gobierno de poner coto a los excesos bancarios y de lograr que circulara el dinero para los creadores de empleo ha estrangulado las expectativas de muchos. Y no hay ningún discurso que pueda revertir esta percepción de la realidad.

Por parte de la oposición. La imagen de un Partido Popular corrompido, de un Mariano Rajoy incapaz de pactar soluciones comunes ni de proponer las suyas propias, que defiende la podredumbre en Valencia o ampara las propuestas xenófobas en Barcelona niega la expectativa legítima en un recambio esperanzador. Las imágenes de Camps arropado por ciudadanos en el papel de jueces absolutorios y de Fabra inaugurando aeropuertos fantasma, sin aviones, mientras los juicios por sus causas se postergan hasta el infinito es el esperpento de nuestra democracia. De este sistema.

La puerta de la regeneración moral, por tanto, está cerrada en el menú disponible. La citada encuesta del CIS pregunta a los ciudadanos cómo se definen ideológicamente. La respuesta más elegida por los jóvenes, con un 18%, es liberales, frente al 13,9% que optan por ella como media general, que marca las opciones socialista (14,3%) y conservador (13%).  Liberalismo. Hay muchas definiciones de él, pero en todas subyace un sueño de libertad.

El fenómeno del 15-M puede languidecer o cobrar vigor, y puede traducirse en escasos resultados palpables este domingo. Pero no es ese el termómetro en el que debe medirse. Es en la apertura de una reflexión saludable y esperanzadora que nos debe zarandear y que debe pervivir más allá del 22-M.

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