Desarrollo Sostenible
Tribuna
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Esa costumbre de dialogar

El Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo nos da la oportunidad de reflexionar sobre su importancia para abordar los retos globales, medioambientales, económicos y sociales, y sobre todo para la paz, tan amenazada

Sidi es propietario de la Biblioteca Abidine de Ouadane, en Mauritania. Este profesor, ya jubilado, es consciente del papel de estas colecciones de manuscritos en la difusión del conocimiento.
Sidi es propietario de la Biblioteca Abidine de Ouadane, en Mauritania. Este profesor, ya jubilado, es consciente del papel de estas colecciones de manuscritos en la difusión del conocimiento. Miguel Lizana/ AECID

El 21 de mayo, celebramos el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo, conmemoración proclamada en una resolución de Naciones Unidas, que formó parte de un debate en el que se renovó la propia noción de desarrollo. En su primer informe (1990), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) había avanzado un concepto no centrado en el crecimiento económico, sino en crear las oportunidades “para que los seres humanos disfruten de una vida prolongada, saludable y creativa”. Esas oportunidades incluyen “la libertad política, económica y social, la posibilidad de ser creativo y productivo, respetarse a sí mismo y disfrutar de la garantía de derechos humanos”.

Esta renovación conceptual se alimentaba de los influyentes análisis de Amartya Sen, que parten de la idea de que la cultura es central en el desarrollo y de que los procesos culturales no son inherentemente buenos o malos; tampoco estáticos. Por el contrario, pueden estar en la base de la desigualdad y la exclusión y, al mismo tiempo, pueden ser fuente de profundas transformaciones sociales y económicas gracias a su incidencia en las aspiraciones y en la acción colectiva. Sen rechaza la idea de un determinismo cultural que condena a algunos grupos a la pobreza y plantea cuestiones claves como el equilibrio entre globalización e identidad cultural.

Efectivamente, la cultura no es solo algo más que un objeto de las políticas culturales o un impulsor de las relaciones entre estados, sino que expresa los valores e ideales con los que una comunidad se identifica y va creando su presente y su futuro.

La Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, promulgada en 2005, se centra principalmente en las manifestaciones culturales producidas por artistas y profesionales de este ámbito. Sin embargo, en el informe publicado 10 años después, Invertir en diversidad cultural y en el diálogo intercultural, Unesco reconoce la necesidad de actualizar este enfoque para orientarse a las personas y a las comunidades al abordar la sostenibilidad de su desarrollo, y no tanto en la preservación de los bienes y productos culturales. “Nuestro tema es la diversidad cultural y no los sucedáneos a los que a veces se la reduce”, se afirma en el documento.

Por eso, el Día Mundial de la Diversidad Cultural para el Diálogo y el Desarrollo nos da la oportunidad de reflexionar sobre la importancia del diálogo intercultural, la diversidad y la inclusión, para abordar los retos globales, medioambientales, económicos y sociales. Y, sobre todo, para la consecución de la paz, tan amenazada actualmente.

El análisis de factores como las migraciones, el cambio climático o el aumento de los conflictos, no puede obviar los componentes ideológicos, étnicos o religiosos

La AECID ha elaborado la Guía para la transversalización de la diversidad cultural, con la que intenta contribuir a esa reflexión y ofrecer herramientas prácticas para canalizar un enfoque de diversidad cultural en los programas y proyectos de desarrollo.

Como cualquier proceso social, gestionar la diversidad cultural entraña una gran complejidad; supone gestionar el diálogo entre diversos referentes culturales para una convivencia en paz, basada en el respeto y valoración de las miradas de quien es diferente. Además, el análisis de factores como las migraciones, el cambio climático o el aumento de los conflictos no puede obviar los componentes ideológicos, étnicos o religiosos. Supone también repensar el modelo de desarrollo y el marco de la cooperación internacional. El principal desafío, como refleja la Agenda 2030, es conseguir la sostenibilidad, no solo medioambiental, sino también social y cultural.

Un enfoque de diversidad cultural nos lleva a un cambio en las miradas del contexto internacional del desarrollo. Este está estructurado sobre la base de un Norte donante frente a un Sur receptor, como si existiera un modelo universal de desarrollo y olvidando que la innovación para la búsqueda de soluciones globales se alimenta de la participación de todos.

La teoría está muy bien. Mucho más difícil es ponerla en práctica. Severino Ngoenha, filósofo y humanista mozambiqueño y una voz fundamental en la esfera africana, y Salvador Forquilha, experto en ciudadanía y gobernanza y miembro del consejo científico del Instituto de Estudios Sociales y Económicos (IESE) de Maputo, están desarrollando un proyecto de diálogo inter-religioso en el norte de Mozambique, que vive en los últimos años una situación de extrema violencia. Lo hacen acompañados por la AECID en el país y el Departamento de Cooperación y Promoción Cultural de Agencia. Para empezar, han sentado alrededor de una mesa a diferentes líderes religiosos, referentes en sus respectivas comunidades, para intentar desentrañar las causas de unos conflictos que tienen una cara visible en las divergencias religiosas.

El diálogo abierto, respetuoso, implicado en la búsqueda de soluciones, ha llevado a reconocer causas profundas en la desigualdad, los conflictos étnicos identitarios de carácter múltiple y, en el fondo, relaciones de poder. La conversación entre los diferentes grupos culturales, la educación, el respeto al diferente, la visibilización de la diversidad en los medios de comunicación, conforman el modelo que proponen, en especial dirigido a la infancia y la juventud. El refuerzo de la identidad cultural, de la que tanto hablamos, debe ir siempre acompañada del respeto a la diversidad cultural, como un valor de la comunidad y un camino hacia la paz. Como señalan los doctores Ngoenha y Forquilha, se trata de crear la costumbre de dialogar.

Hemos acompañado también procesos en Colombia para el conocimiento y reconocimiento de las desigualdades, las violencias y las violaciones de los derechos humanos. En los pasos para alcanzar comunidades en paz, los archivos y museos comunitarios están sirviendo para canalizar la recuperación de la memoria, preservar y dar visibilidad a documentos orales, visuales y escritos, reflejo de esa diversidad vinculada a los derechos humanos; archivos, museos y bibliotecas se están convirtiendo en lugares de encuentro para la paz.

Quizá la conclusión respecto a la diversidad cultural sea pensar en que las aportaciones de todos los referentes harán posible originar procesos de desarrollo respetuosos y culturalmente sostenibles; atentos a las diversas narrativas basadas en nuevas formas de mirar al otro, sin convertir esos referentes culturales en estereotipos que paralizan a las comunidades impidiendo su propia evolución cultural.

Ya lo decía Cervantes en las Novelas Ejemplares: “El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos”.

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Alumna de los talleres de formación de la orquesta musical de San José de Chiquitos.

Cultura para el desarrollo

José Luis Cabezas Sañudo, Carlos Gallego Alonso y Rafael Ruipérez Palmero

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