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Coordinado por Lola Huete Machado

‘Ukucula’ y ‘ukuchita’, el baile curativo que nos conecta con nuestros ancestros

El bailarín Albert Khoza encarna al ‘sangoma’, al curandero y místico sudafricano. En el espectáculo que presenta este 12 de marzo en Madrid, el coreógrafo celebra la danza y la música como sanadoras del cuerpo y del espíritu y reflexiona sobre la colonización, la sexualidad y la libertad. No deja indiferente

El bailarín Albert Ibokwe Khoza, en CCCB durante Africa Moment'20 en la obra 'Influences of a closet chant'.
El bailarín Albert Ibokwe Khoza, en CCCB durante Africa Moment'20 en la obra 'Influences of a closet chant'.CCCB, Barcelona

“Danza es solo danza. No hay que ponerle ningún adjetivo. La música es música. Europa y el mundo occidental siempre categorizan lo que existe”, advierte el coreógrafo sudafricano Albert Ibokwe Khoza, para desligar su arte del mote de “indígena” o “nativo”. En diálogo por videollamada, el bailarín aclara que, si acaso “nuestra danza no fuese solamente danza” porque “nos conecta con nuestros ancestros”, no cabría definirla como “hermosa”, sino “algo más que hermosa”. (sic).

Khoza presenta su espectáculo Influences of a closet chant, este 12 de marzo, en el Centro Cultural Antonio Machado, del distrito de San Blas-Canillejas, en Madrid, en el marco de un ciclo organizado por la plataforma 21 Distritos (con entrada gratuita). Se trata de un show nacido hace diez años, a través del cual Khoza examina su propia identidad, la idea de la sexualidad y “lo que significa ser un hombre”.

En ese examen, el artista también cuestiona su educación: “La que recibimos es muy eurocéntrica; todas las técnicas que utilizamos para aprender danza y ponerla en escena lo son”. De ahí que, para “reconectar con el suelo, con la naturaleza y con los dioses”, en zulú, tengan una sola palabra, que es ukucula. Todo eso que fue dañado a lo largo de décadas “para mantener unas jerarquías” se exorciza bailando ukuchita. “La combinación de ambas prácticas es una manera de conectar con los espíritus antiguos, que nos permiten usar nuestros cuerpos”, sostiene.

Para su quehacer artístico, Albert Khoza asegura inspirarse en la figura del (o la) sangoma, una suerte de sanadora mística ligada a las culturas originarias de África del Sur: “Tienes que ser llamado por tus ancestros. Esto no es algo que controles, ni difiere de la manera en que te vuelves un artista, porque mi misión y mi propósito es sanar, curar como una sangoma”. En su opinión, ambas iniciaciones (la danza y la curación) se asemejan, porque hay que seguir una serie de rituales, y usar el cuerpo “para transmitir mensajes”.

Tienes que ser llamado por tus ancestros. Esto no es algo que controles, ni difiere de la manera en que te vuelves un artista, porque mi misión es sanar, curar como una ‘sangoma’

Todo en Khoza es una invitación a desafiar lo establecido, esencialmente las nociones comunes en Occidente: “No me defino como una persona transgénero y, aunque soy un hombre gay, para mí todas esas son fronteras para ponerte en una jaula y yo no quiero vivir así”. Él se autodefine como una persona “que ha nacido de un hombre y una mujer, que son mi padre y mi madre, y abrazo esa realidad; ambos son mis creadores, por lo que tengo una parte femenina y otra masculina”.

A decir verdad, las categorías de género, tal como las conocemos en Europa, no existieron de similar manera en todas las culturas, algo que refrenda el coreógrafo: “Las prácticas de la gente siempre fueron fluidas (había homosexualidad, lesbianismo y prácticas transgénero), pero el problema vino con los etiquetados. Con el inglés llegaron palabras que se emplearon para ciertos comportamientos y para decirles a las personas quiénes son”. De hecho, los colonizadores también, asegura, “conquistaron el poder para poner a los seres humanos en compartimentos con un nombre, porque parte de su acción consistió en colonizar los cuerpos y las sexualidades. Hoy tenemos que hacer elecciones porque nos han metido en esos interrogantes”.

Así, la diferenciación de los seres humanos y los pronombres que se utilizan varían de una lengua a otra. Lo menciona Khoza: “Por ejemplo, en zulú, que es mi lengua, no hay ella ni él; existe wena, que es tú, y U, que se usa para usted, y que a veces es ella o él”. Y señala, a continuación, que está muy “apegado” a las tradiciones del lugar del que viene y que eso le “funciona”.

En el proceso de colonización, los sudafricanos no solo perdieron conceptos de las lenguas autóctonas, sino también parte de su identidad, continua. “Estamos tratando de entender nuestro pasado. No queremos señalar a nadie, esto ya no va acerca de los hombres blancos, aquel tiempo fue otro tiempo. No todas las personas con piel clara son nuestros enemigos. Sabemos exactamente quiénes lo son y sabemos quiénes fueron los enemigos de nuestros antepasados. Somos conscientes de que la gente blanca también ha colonizado a otra gente blanca. Sin embargo, esto sí va acerca de cómo es posible que se siga manteniendo al Sur en ciertas condiciones, y cómo se sigue sacando provecho de ello”, proclama.

Sobre la negritud vivida desde dentro del continente, el artista asevera que han sido discriminados por su condición de nativos, pero también “por nuestros cuerpos y nuestra piel” y todo lo negativo ha sido bautizado como “oscuro”. Además, con su historia, y sus historias, interrumpidas, perdieron hasta sus referencias familiares: “Las personas blancas pueden rastrear sus orígenes, saber quiénes eran sus abuelos y bisabuelos, de dónde vienen, cuál era su linaje. Como africanos podemos trazar una línea sobre nuestros orígenes solamente hasta la construcción del Big Ben, en Londres. Eso es lo más lejos que llegamos en nuestra historia. Nuestros antepasados fueron asesinados o trasladados y robados, y tuvieron que cambiar sus lenguas”.

Por eso, para Khoza, la libertad “es un lugar para descansar”, aunque todavía nos quede por averiguar si la libertad “se puede tocar o ver, y si se puede sentir, qué tipo de sentimiento es”. Por lo demás, esa área de descanso en la Tierra no debería quedar muy lejos de Sudáfrica: “No quiero mudarme a ningún lugar en el mundo, de manera permanente, porque hay demasiado para hacer aún en nuestro país. Adquirimos nuestra independencia en 1994, pero hay que remontar aquella disrupción en la que los sistemas familiares se rompieron tanto como la economía. Estamos todavía en un proceso de curación, recolectando lo que éramos antes de que viniera el hombre blanco. Tenemos que encontrar ese lugar donde podamos ser mejores personas”.

Sobre la firma

Analía Iglesias

Colaboradora habitual en Planeta Futuro y El Viajero. Periodista y escritora argentina con dos décadas en España. Antes vivió en Alemania y en Marruecos, país que le inspiró el libro ‘Machi mushkil. Aproximaciones al destino magrebí’. Ha publicado dos ensayos en coautoría. Su primera novela es ‘Si los narcisos florecen, es revolución’.

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