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La brújula europea
Columna

Trump, el gran europeísta involuntario

Europa tiene las capacidades para ser un actor independiente. Le ha faltado la voluntad, pero el presidente de EE UU está echando una mano sin quererlo

El presidente estadounidense, Donald Trump, en el Despacho Oval de la Casa Blanca, este viernes. WILL OLIVER / POOL (EFE)

Schuman, Monnet, De Gasperi, Adenauer, Delors… ¿y Trump? Tal vez —ojalá— mirando hacia atrás la historia incluirá a Donald Trump entre los mayores promotores de la Europa unida. A diferencia de los anteriores, en su caso un nuevo salto en la integración europea sería lo contrario de lo deseado. Pero hay que reconocerle una asombrosa —si bien involuntaria— clarividencia política en conseguir ese objetivo en las antípodas de sus deseos.

Su matonismo y su política errática son de tal calibre que ya aflora a la superficie la desconfianza hacia EE UU que los europeos mantuvieron en el espacio privado durante meses. Estas líneas advirtieron hace un tiempo que el nivel de desconfianza era tal que hasta liderazgos de perfil atlantistas percibían que Europa se puede fiar de Washington tan poco como de Pekín, una idea inimaginable durante décadas. Ahora tenemos al primer ministro polaco, Donald Tusk, explicitando las dudas en una entrevista con el diario Financial Times: “La pregunta más grande y más importante es si Estados Unidos está preparado para ser tan leal como se describe en nuestros tratados [de la OTAN]”. La frase es más notable aún si se tiene en cuenta los riesgos que encara Polonia por su cercanía con Rusia y lo importante que es para ella contar con apoyo militar estadounidense.

Casi a la vez afloraba, gracias a una información de Reuters, el contenido de un mail interno del Pentágono enumerando opciones para castigar a los aliados de la OTAN que no han querido autorizar el uso de bases y espacio aéreo para tareas de sostén de la guerra ilegal e insensata de Irán. La OTAN, cabe por cierto recordar, es una alianza defensiva, su rol no es respaldar aventuras ofensivas. Los castigos contemplados van desde la suspensión de España del club —imposible según los estatutos— hasta torpedear los derechos esgrimidos por el Reino Unido sobre las islas Malvinas —en favor del socio ultra argentino Milei—. A la vez, el jefe del Pentágono recordó que EE UU ya no va a tolerar que los socios chupen del bote, ahorrando gasto en defensa aprovechándose de la protección ofrecida por Washington. En paralelo a eso discurren todas las interferencias para favorecer a los partidos ultras que minan el proyecto europeo o las amenazas para anexionarse un territorio —Groenlandia—perteneciente a un país europeo.

Nadie sensato duda de que el cambio de las circunstancias requiere repensar por completo el significado del vínculo transatlántico, el sentido del proyecto europeo y sus lazos con el resto del mundo. La reconfiguración reclama, entre otras cosas, que los europeos dejen de ser un protectorado militar y un dependiente tecnológico de EE UU.

En el primer plano, los líderes de la UE reunidos en Chipre han reflexionado acerca del artículo 42.7 de los Tratados, una cláusula de mutua defensa parecida al artículo 5 de la OTAN. Sería ideal poder configurar un pilar defensivo bajo el paraguas de la UE. Pero la realidad es que esto es inviable. Su arquitectura constitucional no está preparada para ello y no es razonable que se puedan cambiar los tratados en ese sentido; su pluralidad política hace inimaginable una cohesión eficaz en esto. La UE puede hacer algunas cosas, por ejemplo en el plano industrial o en el del apoyo financiero a Ucrania, pero no otras fundamentales. La opción más sensata es avanzar con una geometría diferente, de rangos reducidos, coherentes y eficaces, idealmente junto a socios externos a la UE como el Reino Unido y Noruega, manteniendo la puerta abierta a quien se quiera sumar. Así -con rangos reducidos y cohesionados- empezó la UE y, dentro de la UE, el euro.

En el segundo, el tecnológico, la UE es en cambio el pilar insustituible para conseguir una reducción de la dependencia. La autarquía no es concebible; un mejor grado de dependencia es imperativo. Esto requiere grandes reformas y enormes esfuerzos, entre ellos culminar el mercado de capitales para conseguir que los ahorros europeos fluyan mejor hacia inversiones europeas que fomenten la capacidad de empresas autóctonas. También es precisa una atenta consideración de la oportunidad de desarrollar bienes digitales públicos, que van de infraestructura física crucial como el cableado hasta elementos intangibles como sistemas de pago, identidades digitales, etc. Limitarse a regular no basta.

Conviene no subestimar la dificultad de alcanzar una verdadera eficacia disuasoria militar compartida y una mayor autonomía tecnológica. Será un camino largo y tortuoso, y puede que no lleguemos nunca a destinación, en cuyo caso es probable que seremos avasallados. Conviene no subestimar el daño que nos puede hacer un EE UU resentido sin razón. Puede ser grande. Rusia y China —esos templos de democracia y derechos humanos— observan felices la fractura transatlántica y se aprovecharán de ella sin duda. Pero, caray, no subestimemos nuestras extraordinarias capacidades como europeos. Lo que nos falta es la voluntad. Trump, el gran europeísta involuntario, nos está echando una notable mano en ese sentido.

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