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Red de Redes
Columna

La ilusión de estar informados

Los responsables públicos y los medios deben responder al desafío de una conversación más frágil, más volátil y más vulnerable a la manipulación

Aficionados de España durante el partido España-Egipto del pasado martes en Barcelona.Alberto Estévez (EFE)

La escena transcurre de noche. Una anciana camina por una calle estrecha cuando un joven de apariencia árabe se acerca a ella y le pide un cigarrillo. La señora saca un espray y proyecta su contenido hacia los ojos del muchacho. “¡Vete de aquí, cabrón, espray de jamón serrano!”, grita la mujer mientras el joven cierra los ojos y sale corriendo. Se trata de un vídeo falso generado con inteligencia artificial que circula por TikTok y que han compartido más de 32.500 personas.

La ocurrencia del espray de jamón serrano para ahuyentar a los musulmanes ha sido todo un éxito en las redes sociales, y la encontramos adaptada a todo de tipo de formatos y variantes, desde camisetas con lonchas de jamón serrano hasta turistas que se pasean con una pata de ibérico para, supuestamente, evitar ser molestados. Se trata, en su mayoría, de contenidos inventados, pero que usan con eficacia el código del humor para asentar en las neuronas y los corazoncitos de los usuarios una idea troncal del ideario ultra: el rechazo al musulmán.

Deshumanizado el colectivo de esta forma, es más fácil entender cómo una nutrida grada del estadio del Espanyol en Cornellà de Llobregat (Barcelona) es capaz de cantar a voz en grito “musulmán el que no bote” durante un amistoso de fútbol en el que el equipo contrincante, Egipto, viene de un país musulmán. ¿Cómo es posible que algo así suceda cuando el jugador estrella de la selección española, Lamine Yamal, profesa también la religión musulmana? Estamos ante un episodio de la transformación moral, intelectual y cognitiva que nos va minando de forma paulatina y silenciosa. Y no es posible comprender lo que está sucediendo sin constatar, como adelantó el sociólogo Zygmunt Bauman, que todas las estructuras de nuestras sociedades se han vuelto líquidas, empezando por la forma en que nos informamos y cómo formamos nuestras opiniones.

Un reciente informe del Instituto Reuters revela que las redes sociales se han consolidado como la principal puerta de acceso a la información, especialmente para los más jóvenes. Poco a poco, se impone un sistema líquido que disemina noticias en distintos canales, mezclados, sin jerarquía ni contexto, con otras publicaciones que, sin ser informativas, hablan de la actualidad, como las bromas del jamón, memes o vídeos hechos con inteligencia artificial. Las redes sociales están generando un espejismo de información que se adueña de los mecanismos con los que millones de ciudadanos forman sus opiniones. ¿Qué tipo de realidad emerge ante nuestros ojos si bebemos una mezcla constante de datos, emociones, ruido y entretenimiento?

En democracia, la opinión es la materia prima sobre la que se construyen las decisiones, los consensos y también se dirimen los conflictos. Si se debilita, si pierde densidad y se construye a golpe de reacción, no se deteriora solo el debate público sino todo el sistema. Es exactamente lo que está sucediendo. Los escenarios en que se produce la información mutan sin cesar. El mecanismo de adquisición de opinión se ha vuelto líquido. Igualmente líquidas, reactivas y adaptables, deberán ser ahora las estrategias con las que los responsables públicos y los medios deben responder al desafío de una conversación más frágil, más volátil y más vulnerable a la manipulación.

Las redes sociales, a diferencia del periodismo, no han sido creadas para formar o informar a los ciudadanos, sino para ganar dinero a cambio de secuestrar nuestra atención. Nunca fue tan apremiante la tarea de preparar a los ciudadanos para este nuevo paradigma del caos informacional como crucial la misión de un periodismo desafiado. Perseguir la verdad y contarla al mundo, también en las redes sociales, donde los ciudadanos —equivocadamente o no— pretenden mantenerse informados.

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