Este verano Rosalía tampoco vino a regarte las plantas
El culto acrítico a la celebridad simplemente por serlo nos ha conducido a un universo dominado por fans, serviles y lamebotas


El 10 de mayo de 2006, salía por primera vez a la venta la revista Cuore. Se trataba de un semanal de corazón que afrontaba el universo de las celebridades desde una óptica distinta. No había posados en playas ibicencas para anunciar la llegada del verano. Tampoco titulares inspiradores de famosos que habían superado enfermedades y ahora eran mejores personas (no me cambio por el de antes, decían y dicen), rupturas o pérdidas humanas. Había caras desencajadas, michelines y celulitis, caídas y llantos.
Once días más tarde, nacía Twitter. Rápidamente, las celebridades vieron en aquella nueva red social una forma de recuperar el mando de su narrativa —en el mundo anglosajón medios como Heat o Closer llevaban ya años proponiendo el modelo que adoptó Cuore— y mostrar solo lo que ellos y sus equipos de publicistas creían pertinente. Beyoncé llegó a ser portada de la revista de moda más vendida del mundo sin la necesidad de conceder una entrevista. Solo con unas fotos previamente aprobadas por su equipo. Ayer, durante el rodaje de la secuela de El diablo viste de Prada —acaso el cénit del humor millennial, pues combina explotación laboral, choque generacional boomer y ropa que jamás podrás comprarte, todo aliñado con la suficiente dosis de ironía inofensiva—, Anne Hathaway tropezó y se cayó. Hay fotos del incidente. Cuore se hubiera echado unas risas. En cambio, con lo que nos hemos desayunado es con una serie de posts celebrando lo diva y maravillosa que es Hathaway por… ¿Levantarse?
El asunto es que este culto acrítico a la celebridad simplemente por serlo nos ha conducido a un universo dominado por fans, serviles y lamebotas, que son capaces de defender la aproximación fiscal de Shakira, de justificar a Johnny Depp o de condenar a Miguel Adrover por reclamarle a Rosalía un compromiso similar al que él tiene con el pueblo palestino, si espera que puedan trabajar juntos. Lo de Adrover es especialmente sangrante, desde el momento en el que se le llega a tachar de oportunista, de querer ganar un minuto de fama a costa de la diva, cuando si algo no ha querido nunca el diseñador es ni treinta segundos de fama. Pero la mente moderna es incapaz de procesar eso. Si no estás por la pasta, ¿qué demonios haces aquí? Despreciamos el romanticismo, pero cada día somos más sentimentales. Mal negocio.
El mes que viene se publica Tumorama: el cáncer es otra fiesta cuando no lo cuentan los famosos, de Yojana Pavón, quien falleció de cáncer hace escasas semanas. Las ideas mal armadas de esta columna están ahí mejor plasmadas. Es el bellísimo sonido de alguien dando un portazo antes de irse para siempre.
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