León XIV y el cardenal Prevost no son exactamente la misma persona
Por mucha información que tengamos del prelado estadounidense, en realidad no sabemos mucho del nuevo papa

Del cardenal Robert Prevost, nacido en Chicago en 1955, se puede trazar un perfil más o menos acertado, conocer sus ideas y establecer una línea de comportamiento. En las últimas horas se pueden encontrar millares de artículos similares en cualquier idioma. Pero de León XIV apenas contamos con una pequeña intervención el jueves desde la Loggia delle Benedizioni y una homilía pronunciada el viernes en la Capilla Sixtina ante el colegio cardenalicio. Eso y los pequeños mensajes que haya podido trasmitir en sus formas, gestos y vestiduras. Y esto último sólo durante la aparición en San Pedro, porque en la misa el margen era nulo. En realidad, no sabemos gran cosa del nuevo papa.
Muchas veces la definición de las personas viene dada por los demás. Y en este sentido sus dos breves apariciones públicas le han servido al papa Prevost para gustar a sectores muy diferentes de la Iglesia, lo que hace complicado clasificarlo.
León XIV vistió en San Pedro los ropajes de la dignidad papal —muceta, estola bordada, pectoral dorado— y sus primeras palabras fueron “la paz sea con vosotros, ese es el saludo de Cristo resucitado”, nada de una simple sotana blanca y un “hermanos y hermanas, buenas tardes”, como hizo Francisco. ¿Resulta que es un conservador de acuerdo a la clasificación que establecemos los medios trasladando erróneamente los conceptos políticos a la dinámica de la Iglesia? Si lo es, disimulaba bastante bien de cardenal. De hecho, destacó por ser un firme defensor de la sinodalidad propuesta por Francisco para gobernar la Iglesia, puesta en duda (y a menudo en solfa) por los sectores más tradicionales. Y mientras surgía esta pregunta en el espectador, León XIV seguía catequizando sobre el papel de Cristo, algo que puede que aburra a los no creyentes quienes comenzaban a mirar sus móviles, pero que resulta ser lo verdaderamente fundamental del catolicismo. ¿Es que hay un giro?
A continuación, León XIV habló de la paz e insistió tanto en ella que no sorprendería a nadie un nuevo esfuerzo de iniciativas en la mediación de grandes conflictos (como hizo Francisco) utilizando todos los medios al alcance del papa, incluyendo a la potentísima Secretaría de Estado (dejada a menudo de lado por Francisco). Esto gusta a todos, porque la paz es territorio común. Pero ¿y si se refiere a la misma Iglesia y ese “construir puentes” y esos llamamientos a la unidad utilizados tienen una lectura interna? Miradas de reojo al de al lado y silencio expectante. Habrá que ver. Que a veces parece más fácil la paz en Ucrania que el “daos fraternalmente la paz” de la liturgia.
Y luego llegó el recuerdo y el elogio a Francisco. Las cejas levantadas cambiaron de sector. León XIV no anuncia la demolición de la obra del primer papa jesuita, pero es que no podía ser de otra manera porque la Iglesia no funciona así, por mucho que se hable de maniobras, corrillos y murmuraciones. De nuevo, no valen los parámetros de un partido político. Y sin embargo, resulta arriesgado asegurar que León XIV seguirá sin dudarlo la senda de Francisco cuando el cardenal Prevost nadó y guardó la ropa ante el permiso dado por el Vaticano de bendecir a las parejas homosexuales –se mostró partidario de que sean las conferencias episcopales locales las que las acepten o no en función del contexto social— no se pronunció ante los polémicos acuerdos secretos firmados entre la Santa Sede y China —y esa es una patata caliente que le cae a León XIV— o no mostró su apoyo explícito a las restricciones de la misa tradicional celebrada en latín decretadas por Francisco.
León XIV, un hombre con un poder absoluto vitalicio que solo responde ante su conciencia y ante Dios —para él, y esto es importante, algo tan real como su propia conciencia— apenas lleva dos días en este mundo. El cardenal Prevost no era exactamente la misma persona.
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