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Columna
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Israel y Palestina: siameses fratricidas

Una misma tierra y dos naciones es la fórmula perfecta para una guerra sin fin a la vista. Así será mientras se admita que sean los mitos y no el derecho los que rijan la vida de los pueblos y la relación entre ellos

Lluís Bassets

Los palestinos quieren un Estado propio por la misma razón que los judíos europeos construyeron el proyecto sionista. Puede adornarse de argumentos y sentimientos religiosos o nacionalistas, pero al final la razón poderosa y práctica para tal reivindicación reside en la protección que un Estado ofrece a cualquier pueblo desposeído, exiliado o perseguido. Se trata del derecho a la libre determinación de los pueblos, reconocido con valor universal y obligatorio en la Carta de Naciones Unidas y concebido para la liberación de los territorios colonizados y no como argucia legal para fragmentar Estados constituidos, como pretende cierta retórica secesionista tan conocida entre nosotros.

Israel es hija de este capítulo trascendental del derecho internacional y Palestina también lo será algún día, cuando el reconocimiento del derecho sea mutuo y desaparezcan las amenazas a la existencia de la primera y la denegación del derecho de la segunda por parte de los extremistas religiosos y nacionalistas de ambas naciones, con frecuencia violentos. No tiene pies ni cabeza reconocer el derecho a unos sin reconocerlo a los otros, y menos todavía subordinar el derecho de uno a la negación del otro.

La dificultad histórica para el reconocimiento y el ejercicio de este derecho de ambas naciones está en la tierra sobre la que debe asentarse, puesto que es la misma, el territorio entre el Jordán y el Mediterráneo, la Palestina histórica y el Israel bíblico. Acrecentada por la capital milenaria de tan estrecha y notable comarca, triplemente sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, reivindicada además como exclusiva e indivisible por los más antiguos del lugar, que son los judíos.

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Una misma tierra y dos naciones es la fórmula perfecta para una guerra sin fin a la vista. Así será mientras se admita que sean los mitos y leyendas y no el derecho y las instituciones internacionales los que rijan la vida de los pueblos y la relación entre ellos. Israel extrae de la Biblia sus derechos de propiedad, al igual que el islamismo político reivindica cualquier territorio donde en tiempos pasados se practicó el islam. Fantasías históricas al margen, sean árabes o judías, remotas o remotísimas, en ambos casos parten del derecho sangriento de conquista, que los más extremistas de ambas naciones todavía pretenden mantener vigente.

Estos dos Estados, de los que solo uno existe, se necesitan mutuamente para vivir en paz, garantizar su seguridad y compartir la prosperidad que les espera, a ellos y a la región entera, si son capaces también de cooperar entre ellos. El mutuo reconocimiento no es en absoluto un premio a los extremistas violentos de ambos bandos, los únicos interesados en mantener la guerra hasta el exterminio, sino que es el único método para desarmarlos. No serán las armas las que terminarán con Hamás, ni el terrorismo con las ocupaciones ilegales de los colonos. Hermanos siameses en guerra civil, solo tendrán paz y futuro si se reconocen mutuamente.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).
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