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LA BRÚJULA EUROPEA
Columna
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La derecha moderada en peligro de extinción

La abstención del PP en la moción de censura de Vox es un nuevo síntoma inquietante en el camino de los conservadores europeos

La presidenta del Gobierno de Italia, Giorgia Meloni, y el primer ministro de Hungría, Víctor Orbán, el jueves durante una cumbre de la UE en Bruselas.
La presidenta del Gobierno de Italia, Giorgia Meloni, y el primer ministro de Hungría, Víctor Orbán, el jueves durante una cumbre de la UE en Bruselas.OLIVIER HOSLET (EFE)
Andrea Rizzi

El presidente del Gobierno de España viajará la próxima semana a Pekín para una complicadísima reunión con el líder de la segunda potencia mundial en el momento geopolítico más tenso y peligroso en décadas. Si hubiese dependido de Vox, podría haber sido Ramón Tamames quien asistiera a ese encuentro u otros parecidos. El Partido Popular español no consideró que perspectivas de esa índole justificaran votar “no” a su candidatura, optando por una conveniente —para sus intereses partidistas— abstención. Es el enésimo síntoma de la triste agonía de la derecha moderada en Europa, que se ve adelantada, aniquilada o condicionada por la radical. Un breve repaso basta para situarse en la gravedad de la situación.

La derecha moderada ya no existe en Italia, donde ese espacio ha sido ocupado sucesivamente por figuras como Berlusconi, Salvini o Meloni. El actual Gobierno no ha protagonizado, de momento, las acciones de sustancial erosión democrática que algunos temían, pero ha dejado ver sus rasgos extremos en las dramáticas circunstancias de un naufragio de migrantes hace unas semanas. Significativamente, fue el presidente Mattarella, un exdemocristiano, quien mantuvo alta la bandera de los valores de Italia con su silente homenaje ante los ataúdes de las víctimas, en medio de un lamentable flujo de declaraciones. La Democracia Cristiana tuvo terribles monstruos en su armario, pero en ciertas cosas, a la vista del panorama actual, casi se la echa de menos.

En Francia, la derecha moderada se halla en estado cuasi moribundo, incapaz una y otra vez de llegar a la ronda final de las presidenciales y con Le Pen erigida en figura de referencia, mientras sujetos como Zemmour cosechan apoyos nada desdeñables.

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En Alemania, la CDU protagoniza una paulatina —pero evidente— trashumancia desde posiciones bastante centristas a otras de derecha más rotunda bajo el mando del líder que sucedió a Merkel, Friedrich Merz, mucho más conservador que ella. El cordón sanitario ante AfD resiste a escala nacional, pero a escala local empiezan a aflorar síntomas de mayor tolerancia, cuando no casi de cooperación, como en el caso del voto conjunto en el distrito de Bautzen (Sajonia) para limitar las prestaciones a los refugiados.

En el flanco Este de la UE, la derecha moderada ha quedado pulverizada en los últimos años a mano de ultraconservadores con tics iliberales como Orbán o Kaczynski.

En el Reino Unido, el Partido Conservador ha protagonizado una huida hacia el nacionalismo que sigue hoy en día difícil de creer, que ha causado su hundimiento en las encuestas. Rishi Sunak está intentando poner la sordina en ciertos excesos. Está por ver qué conseguirá.

En España, como acabamos de comprobar en un momento decisivo, el sedicente proyecto de moderación que afirma encabezar el líder el PP no encuentra buen reflejo en la praxis de votación parlamentaria.

Pulsiones ultraconservadoras, nacionalistas y proteccionistas recorren las entrañas de Europa, y a los populares les toca más que a nadie la ingrata, dificilísima, tarea de lidiar con ello, porque ocurre sobre todo en su caladero.

Por supuesto, la familia socialdemócrata también se mueve en aguas muy complicadas, se ve herida por derrotas, manchada por errores, lastrada por cohabitaciones más que problemáticas. Pero desconfíen de falsas equivalencias: son muy sólidos los argumentos que inducen a la conclusión de que en Europa las derechas extremas representan un desafío más inquietante para el proyecto europeo común y los valores democráticos que la izquierda extrema.

Ojalá, por el bien de nuestros sistemas democráticos, las derechas moderadas sepan resistir el asalto de las radicales. Quizá hoy su principal representante sea Ursula von der Leyen. De nuevo, Bruselas señala caminos mejores que los nacionales.

Cada centímetro importa en esta batalla. Cada palabra. Las que se dicen, y no solo. Matteo Renzi, expresidente del Gobierno italiano, sin duda cuestionable en varios aspectos de su gestión, pronunció un bello discurso en el Parlamento con ocasión de la tragedia migratoria, lamentando ciertos desmanes oratorios de la derecha. En él, mencionó una cita que atribuyó a la poetisa Alda Merini: “Me gusta la gente que elige con cuidado las palabras que no hay que pronunciar”. Cada palabra importa en esta batalla. Las que se pronuncian, y las que no. Mejor, siempre, en sede parlamentaria, el templo de la democracia.

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Sobre la firma

Andrea Rizzi
Corresponsal de asuntos globales de EL PAÍS y autor de una columna dedicada a cuestiones europeas que se publica los sábados. Anteriormente fue redactor jefe de Internacional y subdirector de Opinión del diario. Es licenciado en Derecho (La Sapienza, Roma) máster en Periodismo (UAM/EL PAÍS, Madrid) y en Derecho de la UE (IEE/ULB, Bruselas).

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