columna
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado

Los que iban a ser árboles

Cada árbol plantado por alguien llevaba parte de su vida: una dedicatoria a alguien fallecido o querido, un trozo de vida desgajado que se decidió que siguiese viviendo de otra manera a través del recuerdo

Incendio en el monte Xiabre, en Caldas de Reis (Pontevedra).
Incendio en el monte Xiabre, en Caldas de Reis (Pontevedra).Gustavo de la Paz (Europa Press)

Esta es una historia alegre y triste, que dentro de unos años volverá a repetirse alegre y después triste, como exactamente todo en la vida, sin que eso sea un mensaje de pesimismo sino todo lo contrario. El 18 de enero 2020, el festival Portamérica plantó en Monte Xiabre, Caldas de Reis, 2.500 árboles. Fue su segunda gran plantación (habían empezado en 2010 en Valladares), y esta vez lo que crecieron fueron avellanos, acebos, abedules, robles, castaños, cerezos, madroños, fresnos, arces y alcornoques. ¿Por qué? Portamérica es uno de los festivales musicales más importantes de Galicia que pretendía con esta acción, cito literalmente, “compensar las emisiones generadas por la celebración de la pasada edición del festival, ayudar a recuperar los terrenos quemados en los incendios y crear un cortafuegos natural con especies frondosas que evitará la propagación de posibles nuevos incendios”. Hace seis meses se repitió la iniciativa Unha entrada, un árbore: 300 árboles en Outeiro Grande, el monte vecinal de Lantaño, en Portas (Pontevedra).

Acaba de arder monte Xiabre, en Caldas. La noticia me impactó. “Quien quema esto sabe cuándo y cómo hacerlo”, dijo un vecino. El fuego se llevó por delante la plantación de Portamérica; es decir, ardieron árboles y los que iban a ser árboles. Y aquellas jornadas de plantación fueron devoradas en cuestión de minutos porque los incendios traen, además de destrucción, un significado muy particular que puede desplazarse a muchos ámbitos de la vida: el trabajo que cuesta plantar algo que tarda años en crecer puede destruirse con una cerilla y un soplo de viento. Había algo más que abarca a toda España: pocas catástrofes naturales son sólo eso. Así que llamé a Kin, productor musical de Esmerarte (Vetusta Morla, Xoel López) y organizador de festivales como Portamérica o Son do Camiño. Muchos años antes fue algo tan importante como lo que es: encargado de La Edra en los noventa, el pub de Sanxenxo a los pies de la playa de Silgar que frecuentaban buena parte de las élites que hoy mandan de aquella manera en España, incluso retirados como el joven Rajoy.

Kin me dice que no hubo tiempo, ni siquiera, para que los 2.500 árboles creciesen y se convirtiesen en una suerte de cortafuegos; pequeños y rodeados de maleza, desaparecieron en un instante. Cada árbol plantado por alguien, cuenta, llevaba parte de su vida: una dedicatoria a alguien fallecido o querido, un trozo de vida desgajado que se decidió que siguiese viviendo de otra manera a través del recuerdo. El propio padre de Kin, fallecido el 11 de septiembre de 2001, tenía su dedicatoria en uno de los árboles que hoy es ceniza. Como él, muchos vecinos vieron arder aquello que plantaron, entre otras razones más prácticas, para ver de nuevo crecer algo que quieren o han querido. Ni modo. “Cuando arde el monte”, dice Kin, “arde mi monte y arde una parte de mi vida”.

Cuando un tema da mucho que hablar, lee todo lo que haya que decir.
Suscríbete aquí

Hace años lo explicó sin anestesia Oliver Laxe en O que arde, una película que con el tiempo se convertirá en tratado. Se escribió en esta columna y se repetirá hasta que el fuego acabe: que es en la relación que tienen con la naturaleza sus poquísimos vecinos donde mejor se calibra la evaporación de ese mundo rural adonde no llega el Estado ni se le espera, y cuando llega lo hace con la manguera picada. Y que si uno fija la mirada puede llegar a observar cómo desaparece todo de tal forma que lo que arde no es el monte ni las casas, sino un tiempo y un lugar peleado por quienes lo habitan sin ayuda ni esperanza.

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

Sobre la firma

Manuel Jabois

Es de Sanxenxo (Pontevedra) y aprendió el oficio de escribir en el periodismo local gracias a Diario de Pontevedra. Ha trabajado en El Mundo y Onda Cero. Colabora a diario en la Cadena Ser. Sus dos últimos libros son las novelas Malaherba (2019) y Miss Marte (2021). En EL PAÍS firma reportajes, crónicas, entrevistas y columnas.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS