Columna
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Confusión estratégica

En ambas orillas atlánticas crece la demanda de una nueva estrategia disuasiva para frenar a Putin y a Xi Jinping.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en la inauguración de la cumbre internacional de líderes por la democracia convocada por Washington.
El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, en la inauguración de la cumbre internacional de líderes por la democracia convocada por Washington.LEAH MILLIS (REUTERS)

Es una transición. Difícil e incierta. No sabemos muy bien a dónde vamos, pero sí de dónde venimos: de la ambigüedad estratégica. Con ella pudimos construir la economía global y el mundo de hoy, que es el nuestro, tras superar la época de claridades excesivas y divisivas de la Guerra Fría.

Sirvió para desmontar un imperio autoritario armado hasta los dientes, capaz de competir con el otro imperio y mantener entre ambos a la humanidad en tensión. Fue una victoria rotunda, destacadamente en el terreno de las ideas. La ambigüedad aconsejó atenuar el entusiasmo de los vencedores y, sobre todo, incorporar a la prosperidad global a quienes estaban antes excluidos, oportunidad que aprovecharon muchos dirigentes derrotados para convertirse en oligarcas corruptos.

El éxito indiscutible ha sido la incorporación de una cuarta parte de la humanidad, hasta entonces sometida a la peor y más aislada dictadura, primero a la producción, después al consumo y finalmente al conocimiento y a la tecnología. Quedaron ocultas las cuentas pendientes y los malos instintos expansionistas de un régimen monstruoso, de pronto recuperado para la vida internacional. Aquella eficaz ambigüedad creó la ilusión de dos sistemas enemigos que confluirían en un solo país, y de ciudades y regiones autogobernadas que fueran reconocidas como parte inseparable de aquella inmensa patria sin perder a la vez ninguna de sus libertades.

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Esto se acabó. La ambigüedad ya no sirve. La prosperidad no desemboca en la democracia. El imperio derrotado quiere revivir agresivamente. El otro imperio renacido se siente con fuerzas para hacerse con las riendas del mundo. Con la claridad de sendas dictaduras brutales y aliadas.

Enfrente, la confusión ha sucedido a la ambigüedad. Nadie sabe muy bien si hay que apaciguar a las dos fuerzas amenazantes o regresar a la claridad que condujo a las grandes victorias, en la Segunda Guerra Mundial y en la Guerra Fría. Richard Haass, presidente del Council on Foreign Relations, el más destacado think tank estadounidense, le ha pedido a Biden que no se ande por las ramas. Si Taiwán es atacada, debe “responder con todos los instrumentos a su alcance, incluyendo severas sanciones económicas y la fuerza militar” (El peligro creciente de la ambigüedad de EE UU sobre Taiwán. Foreign Affairs, 13-XII-2021).

En ambas orillas atlánticas crece la demanda de una nueva estrategia disuasiva para frenar a Putin y a Xi Jinping. Si Washington todavía no se aclara respecto a China, más confusa es la estrategia de los europeos respecto a Rusia, temerosos de que Moscú busque una paz aparte con Washington e incluso con Berlín, a costa del resto. El termómetro será el gasoducto Nord Stream 2, cuyo futuro está en manos del nuevo Gobierno alemán.

Más allá del vacío estratégico trumpista y de la confusión actual, no habrá diálogo entre adversarios ni se sostendrá la economía globalizada sin algún margen para la ambigüedad. La claridad absoluta puede ser tan deslumbrante como destructiva.

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Sobre la firma

Lluís Bassets

Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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