Columna
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La piruleta

La autovigilancia ejercida a través de la filmación acaramelada de nosotros mismos se ha transformado en un mecanismo de envilecimiento colectivo

La presidenta del Gobierno de La Rioja, Concha Andreu, en el Congreso del PSOE, este sábado en Valencia.
La presidenta del Gobierno de La Rioja, Concha Andreu, en el Congreso del PSOE, este sábado en Valencia.Jorge Gil (Europa Press)

Para los niños que crecimos en ese paréntesis antológico de libertad que significó el final del franquismo antes del asentamiento de lo que vendría detrás, los tiempos actuales son un poco confusos. Cifrábamos nuestra felicidad en que aquellos que habían disfrutado de una autoridad incontestable luchaban por hacerse pasar por tolerantes y permisivos, así que se abstenían de airear su látigo. Y los que después vendrían a imponer las nuevas reglas de comportamiento aún no se habían hecho con las varas de mando. Por lo tanto en ese oasis, aunque precario, crecimos convencidos de que no hay nada mejor que vivir y dejar vivir. Sin embargo, en las últimas décadas, las sensibilidades se desarrollan más hacia la invasión del espacio ajeno en lugar de hacia la expansión de los márgenes de aceptación. Quizá los científicos logren detectar la neurona censora que empieza a hacerse fuerte en la condición humana. Mientras llegan esos estudios que nos ayuden a refrenar nuestra ansia inquisitorial, es recomendable pararse a analizar cómo el nuevo modelo de comunicación social participa de esta regresión. A ratos parece que el progreso tuviera algo de reaccionario, lo cual sería preocupante.

En las pasadas elecciones alemanas, el candidato conservador ha sido fuertemente penalizado por aparecer en unas imágenes bromeando con quienes le rodeaban mientras visitaban las zonas catastróficas tras unas inundaciones. Tuvo el efecto de un tipo echando carcajadas en un entierro. Ni siquiera la ayuda en la recta final de campaña de una Merkel en retirada, logró que invirtiera las encuestas que le eran desfavorables desde aquel resbalón. La política televisada juega estas malas pasadas. Un gesto equivocado cuesta una carrera. De la misma manera, un acertado guiño, por barato y superficial que sea, puede seducir a las masas. Realmente es preocupante que un lenguaje de poses se vaya a hacer con la arminhegemonía de la comunicación, pero si sucede así es porque no hemos sabido encontrar los filtros de lectura adecuados. La nueva conversación global se resuelve en ráfagas muy cortas que despiertan sentimientos instantáneos, de gran emotividad pero de poco calado. Ahora mismo una persona que se toma las cosas con calma aparenta ser un bicho raro. Sin embargo, esa actitud de parsimonia es la única forma de protección ante unos procesos inquisitoriales hiperventilados.

La autovigilancia, ejercida a través de la filmación acaramelada de nosotros mismos, se ha transformado en un mecanismo de envilecimiento colectivo. Un ejemplo de esta deriva es la anécdota de la presidenta de La Rioja, Concha Andreu, en su viaje a Valencia para participar en la convención socialista. Al apreciar un amanecer espectacular tuvo a bien compartirlo con la humanidad a través de su red social. Pero al enviar la fotografía no cayó en la cuenta de que en una esquina de la imagen se veía el panel de velocidad del coche que la transportaba. Y nada menos que circulaba a 156 kilómetros por hora, lo que desató inmediatamente la tormenta contraria. Este vaivén de chorradas, que ahora se considera una obligación profesional para la que se destinan fondos y personal especializado en comunicación política, ejemplifica la sensación de gulag angelical. Nos hemos entregado a una voluntaria videovigilancia autómata y pánfila en la que parecemos niños con piruletas explosivas que estallaran al tercer lametazo.

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