BRASIL
Columna
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¿Un Lula nuevo para rehacer un país en escombros?

Para ganar, Lula deberá aparecer no solo como líder del PT y de la izquierda sino como el candidato de todas las fuerzas democráticas. Las elecciones serán un plebiscito entre el humanismo y la barbarie, la modernidad y el atraso

Camisetas con la imagen de Lula en una protesta contra Jair Bolsonaro, el pasado 19 de junio.
Camisetas con la imagen de Lula en una protesta contra Jair Bolsonaro, el pasado 19 de junio.PILAR OLIVARES (Reuters)

Empieza a ser cada día más claro que el bolsonarismo se está debilitando. Existe además una convergencia en los sondeos de que Lula sería hoy el único candidato capaz de derrotar, incluso en la primera vuelta, al capitán que amenaza con destruir los valores de la democracia y dar paso a soluciones golpistas.

Los primeros movimientos parecen indicar felizmente que Lula ha entendido que necesita resurgir más que como un político tradicional como un estadista capaz de repensar al país, que ya no es el mismo porque el mundo está en dolores de parto a la espera de una nueva época a la que aún no sabemos con cuál nombre bautizar, pero que seguramente será diferente.

Lula necesitará ofrecer a la nación un programa no con viejas promesas inútiles y desgastadas sino con un nuevo proyecto de transformación radical que le permita colocarse al lado de los países en transformación.

En sus primeros pasos parece haber entendido que lo primero es arrancarle al presidente los pilares en los que hoy se apoya, como los militares, los evangélicos y el mundo de la empresa y de las finanzas. Y lo está empezando a hacer. Está abriendo, por ejemplo, un diálogo con el mundo del dinero. Ha iniciado también a enamorar al vasto mundo de las iglesias evangélicas que habían sido conquistadas por el bolsonarismo.

Lula acaba de realizar, por ejemplo, una profesión de fe cristiana que nunca había hecho con tanto énfasis. Ha confesado que sin esa fe que le infundió su madre nunca habría sido capaz de superar sus dificultades sobre todo en la cárcel donde la fe en Jesús, dijo, lo había sostenido. Ha sido un mensaje claro de acercamiento a los evangélicos que empieza a dar sus frutos pues los últimos sondeos ya indican una pérdida visible de esas iglesias al bolsonarismo. En uno de los sondeos Lula ya tendría la mayoría de los votos de ese campo que en buena parte llevó a Bolsonaro al poder.

Y por fin el delicado mundo de las Fuerzas Armadas hoy con el capitán que ha colocado en el Estado a más de diez mil militares a los que llama de suyos. Lula ya le ha recordado al Ejército que durante sus dos mandatos en el Gobierno “nunca tuvo problemas” con él y que tampoco lo tendría si vuelve al poder.

Lula cuando llegó al Gobierno supo transformarse de sapo barbudo y sindicalista rebelde en un político demócrata rodeado de personas preparadas y plurales, así como en el líder de las reformas sociales que hicieron que acabara sus mandatos con un 80% de aprobación y que consiguiera elegir a su sucesora Dilma Rousseff la primera mujer presidenta de Brasil.

Sería, sin embargo, un error que Lula volviera al poder y quisiera ser una calcomanía del pasado. Y ello porque necesita recordar que junto a sus triunfos indiscutibles tuvieron lugar en sus dos Gobiernos graves errores como la compra de políticos y partidos para tener mayoría en el Congreso que desembocaron en escándalos como el del mensalão, que tantos dolores de cabeza le costó.

En estas horas en que se prepara para una posible vuelta al poder, Lula no puede olvidar que llega con su partido debilitado ya que no fue capaz en su momento de hacer una refundación del mismo tras haberse aburguesado.

La democracia en Brasil está hoy en peligro mientras suenan cada hora amenazas de golpes, bajo el silencio y la apatía de buena parte del Congreso y de la justicia. De ahí la urgencia de una presencia cada vez más masiva y crítica de la sociedad que se oponga a la barbarie y a la vuelta de los tiempos oscuros donde fueron sacrificadas las libertades y corrió sangre y tortura.

Si Lula vuelve al poder, como parecen indicar los sondeos, deberá recordar que el Brasil de hoy ya no es el que él gobernó por tantos años y que urge hacer las reformas que sus gobiernos no hicieron y que son fundamentales para un nuevo proyecto de nación.

Entre esas reformas están la del Estado y de la política, ya que es impensable hoy un Congreso con más de 30 partidos sin ideología, algo que no existe en ninguna otra parte del mundo. Se necesita una reforma fiscal seria para que los más ricos y que las grandes fortunas paguen los mayores impuestos como ocurre en todas las democracias.

Con el surgir de la extrema derecha neonazi en el mundo necesita ser visto con ojos nuevos y atentos para saber colocarse del brazo de los países que continúan fieles en la defensa de los valores democráticos hoy en peligro.

Lula, si vuelve a guiar al país, tendrá que vestir el traje del estadista y no solo el de político agarrado a las viejas prácticas corruptas que tanto mal hieren a la sociedad y le llevaron a condenar y abandonar la política como un todo.

Lula necesitará rodearse de un equipo del mundo del pensamiento y del trabajo capaces de repensar y rehacer un nuevo Brasil que salga purificado de los escombros dejados por el bolsonarismo. Y deberá pensar que las nuevas tecnologías están cambiando el mundo del trabajo lo que obligará a los viejos sindicatos a reciclarse. Hoy el problema no es, por ejemplo, la defensa de los empleados, sino el de los desempleados así como el nacimiento de un nuevo concepto de trabajo muy diferente al pasado.

Si Bolsonaro dijo que había venido para “desconstruir” a Brasil y lo está haciendo en el peor sentido de la palabra, Lula tendrá que asegurar que, al revés, quiere volver para reconstruir un país al que el excapitán ha dejado sembrado de escombros tras haber arruinado todas las instituciones como la educación, la cultura, las relaciones exteriores, el medio ambiente, los derechos humanos y la libertad de expresión.

Para un nuevo proyecto de país será primordial una gran reforma social que no sea solamente limosna para los pobres, las sobras de comida de los platos de los ricos. Se necesita ir convirtiendo a la masa de pobres con baja cultura en una nueva clase media nacida de la novedad de la era tecnológica.

Brasil es lo suficientemente rico en recursos que hace inimaginable y cruel que un solo niño pase hambre. Brasil con un nuevo proyecto de nación podría ser el Canadá de América Latina donde no solo no haya hambre sino donde la mayoría entre en una clase media capaz de vivir con dignidad y con posibilidad de realización.

Brasil es, por ejemplo, un país con millones de jóvenes dejados a su suerte llamados a perpetuar la pobreza material y cultural de sus padres. Esa tragedia necesita ser eliminada. Cada joven brasileño que deja su país en busca de oportunidades que aquí no encuentra es una bofetada en la cara de la clase política.

Lula para ganar deberá aparecer no solo como líder del PT y de la izquierda sino como el candidato de todas las fuerzas democráticas, pues está claro que las elecciones presidenciales serán un plebiscito entre humanismo y barbarie, modernidad y atraso, democracia y nazifascismo. Serán unas elecciones amenazadas de convulsiones sociales porque el bolsonarismo raíz, aunque debilitado, sigue vivo y se negará a dejar el poder.

Lula, por ahora, lo está haciendo bien sin aparecer ya en campaña como candidato que aún no lo es sino diferenciándose de Bolsonaro que desprecia todas las normas electorales y las reglas constitucionales desafiando a la democracia y apareciendo solo en campaña electoral.

Fuera de Lula no ha aparecido hasta hoy otro candidato democrático capaz de destronar al presidente. Crece así la responsabilidad del viejo exsindicalista que necesitará de una metamorfosis para aparecer en la lucha contra Bolsonaro como representante no solo del PT y de la izquierda sino de todas las fuerzas democráticas que están ya en manifestaciones masivas, izando la bandera que dice: “Fuera Bolsonaro”.

Cada hora más visiblemente irascible y descontrolado, Bolsonaro empieza a sentir que la tierra se le mueve bajo los pies y que tenebrosos fantasmas de corrupción empiezan a amenazar sus enfermizas alucinaciones de poder absoluto.

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