Columna
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Vieja y gorda

Hay cierta escandalera porque Kate Winslet ha osado aparecer sin filtros como la mujer normal de 45 años que es su personaje de policía, madre y abuela en la serie ‘Mare of Easttown’

Kate Winslet, en una escena de 'Mare of Easttown'.
Kate Winslet, en una escena de 'Mare of Easttown'.HBO España

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A veces, buscando a tientas el móvil en el bolso, me saco una foto al desgaire y el primerísimo plano resultante bien podría titularse Eccemulier y exponerse junto al eccehomo de Borja en un museo de los horrores. Qué arrugas, qué bolsas, qué ojeras, qué rictus. Qué vejestorio, pienso, mientras apuñalo a dedazos la pantalla como si hubiera visto al diablo para borrar la imagen y que no la vea ni el dios de la nube esa de Google. Luego, me quedo un rato rumiando. Así que esa señora mayorcísima soy yo cuando bajo la guardia y no le endoso el perfil bueno al prójimo. Entiendo entonces todos esos “cuídate, que te veo muy delgada y muy cansada” que, con la mejor de las intenciones, te dice tanto buen samaritano. Pues no, señor mío. No estoy más delgada: de hecho no me caben los vaqueros después de año y medio currando en pijama. Y no, no estoy más cansada: de hecho duermo seis horas tras semanas insomne severa. Lo que estás, te dicen sin decírtelo, es más vieja. Estás como la mujer con medio siglo largo, dos partos a pelo y 10 trienios de doble jornada entre jeta y espalda que eres. Pero resulta que ahora estar como eres es por tu culpa, dejada.

Hay cierta escandalera porque la diosa de Hollywood Kate Winslet, intérprete excelsa, ha osado aparecer sin filtros como la mujer normal de 45 años que es su personaje de policía, madre y abuela en la serie Mare of Easttown, y ya ha habido quien la ha tildado de vieja y gorda por no retocarse. Los mismos que crucificaron a las actrices de Friends por hacerlo hasta las cejas. El mensaje, misógino hasta la náusea, es siempre el mismo: hagas lo que hagas o no hagas, la culpa de envejecer es tuya, tía: no haber nacido. De los tíos hablamos otro día, si eso. Lo malo es que, a veces, las peores juezas de las otras somos nosotras mismas. La primera yo que, el otro día, entretuve la cola de la primera dosis de Moderna pasando revista a mis coetáneas y haciendo comparaciones odiosas. Y eso que esto no es Hollywood.

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