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Acoso recreativo

Esta violencia, difícil de identificar, sucede cuando una mujer es acosada para provocar la risa de los hombres. Una risa que se basa en estereotipos y regímenes de dominación

Una protesta a favor de los derechos de las mujeres en São Paulo, en 2019.
Una protesta a favor de los derechos de las mujeres en São Paulo, en 2019.Cris Faga

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La escena circuló por países lejanos: de Brasil a Egipto en 24 horas. Las imágenes fueron publicadas por un hombre blanco brasileño, con una cámara en la mano, que filmaba a una joven egipcia cuando ella hacía una demostración de papiros para la venta. Mientras la mujer describía el producto, el hombre fingía conversar en portugués. La mujer sonreía, como hacen las personas amables en los encuentros interculturales e interlingüísticos en los que se acoge el intento del otro de comunicarse. Ella no lo sabía, pero el anónimo brasileño la estaba acosando: en lugar de hacerle preguntas sobre el papiro, le estaba haciendo preguntas obscenas sobre sexo y el tamaño del falo masculino: “A ustedes como les gusta es bien duro, ¿no? Nadie es de hierro. Grande también es bueno ¿no?”, dice el hombre en la grabación, mientras se ríe a carcajadas con otro brasileño. Era un caso de acoso recreativo.

¿Por qué hablar de acoso recreativo y no solo de acoso? Porque el acoso recreativo es uno de los más difíciles de identificar como violencia, pues cuenta con la complicidad y la risa de quienes ven o comparten la imagen. El acoso recreativo sucede cuando una mujer es acosada como parte de un proyecto de dominación que busca provocar la risa de otros hombres. No es una risa liberadora (ridendo castigat mores), sino una risa que se basa en estereotipos y regímenes de dominación. José Adilson Moreira definió el “racismo recreativo” como una política cultural que se basa en prácticas discriminatorias contra las minorías raciales. Se trata de prácticas que, disfrazadas de risa opresiva, naturalizan la hostilidad racial y no son ni siquiera reconocidas por los sistemas jurídicos como ilegales.

En diálogo con Moreira, Carla Akotirene escribió sobre el inseparable sexismo-racismo recreativo de las situaciones en las que el humor de los memes se vuelve un arma para ridiculizar a las mujeres negras con diversos fines, ya sea para estereotipar sus fragilidades corporales impuestas por la pobreza, como la pérdida de dientes, o para intentar controlar las voces insumisas de las intelectuales negras, calificadas de “divas” o “acusadoras”. La víctima del anónimo brasileño era una mujer estereotipada por la islamofobia: una joven musulmana con velo.

El suceso podría tomarse como un caso aislado de un macho latinoamericano en tierras lejanas. Pero no lo es: en 2014, el brasileño también difundió un vídeo en el que acosaba a una mujer australiana, pidiéndole que repitiera frases sexuales en portugués. Hay un patrón en el acoso: el sarcasmo para humillar a las personas marcadas por el género o la sexualidad, la raza o la religión, es una táctica de poder de quienes se imaginan en una posición de superioridad. Detrás de los comentarios obscenos de la reciente grabación había estereotipos culturales y de género sobre las mujeres egipcias. La arrogancia del sarcasmo se alimentó de un sentido de superioridad étnica y de género: un patriarca blanco que opera tanto en casa como en el extranjero bajo la certeza de la impunidad que le otorga la naturalización de sus privilegios. Sin ninguna extrañeza sobre lo que estaba haciendo, el hombre publicó las imágenes en su cuenta de Instagram que tiene casi un millón de seguidores.

El sujeto anónimo que vagaba por las calles de Luxor es un tipo conocido en Brasil. Un médico coach de técnicas de culto al cuerpo, partidario del presidente Jair Bolsonaro, quien, tras más de un año de pandemia, abusa de un vocabulario de frágil barniz científico para seguir defendiendo tratamientos sin evidencia científica probada, como la hidroxicloroquina. Es mejor describirlo más allá de su nacionalidad parroquial, como un representante sin fronteras del patriarcado racista que persigue a las mujeres. Al ser confrontado por la escena, el médico hizo privada su cuenta de Instagram y se justificó: “Yo soy así. Soy un tipo bastante bromista”. Las feministas brasileñas copiaron el video, lo tradujeron y lo enviaron a los movimientos de mujeres de Egipto, entre ellos, el perfil en redes sociales Speak Up, una “iniciativa feminista de apoyo a las víctimas de la violencia”. La movilización online fue inmediata y comenzaron a circular hashtags entre los dos países, en árabe, inglés y portugués, que decían: “expulsen al acosador brasileño de Egipto”, “investiguen al acosador brasileño”, “no queremos acosadores en nuestro país”.

El médico fue identificado por la policía egipcia y es investigado por el delito de acoso sexual, un delito cuya pena puede tener desde multas monetarias hasta prisión de entre seis meses y tres años. La nominación de la escena como “acoso” provino de las feministas y no de las normas de convivencia de Instagram, cuya plataforma permitió la publicación y circulación de las imágenes en la cuenta del médico. Tras la intensa movilización y solidaridad entre jóvenes feministas brasileñas y egipcias, Instagram finalmente comenzó a clasificar las imágenes como “lenguaje que incita al odio”. La disculpa del médico a la víctima muestra lo arduo que es el camino para las mujeres: “como vi que eras una persona risueña, y estabas bromeando con nosotros, terminé bromeando también”. No, las víctimas no se ríen; el sarcasmo recreativo es exclusivo de los agresores.

Debora Diniz es brasileña, antropóloga, investigadora de la Universidad de Brown

Giselle Carino es argentina, politóloga, directora de la IPPFWHR

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