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China y Estados Unidos por el clima

Los compromisos con el medio ambiente de los dos gigantes tienen que traducirse en hechos concretos

Transeúntes sobre una carretera llena de coches circulando en hora punta, este lunes en Pekín, China.
Transeúntes sobre una carretera llena de coches circulando en hora punta, este lunes en Pekín, China.ROMAN PILIPEY / EFE

Numerosos asuntos enfrentan a China y EE UU en esta era tecnológica y globalizada, desde la guerra comercial o el 5G a las graves violaciones de los derechos humanos por parte de Pekín, pero el mundo debe celebrar el consenso al que han sido capaces de comprometerse en la lucha contra el cambio climático. Los dos gigantes de la economía mundial, representantes de los dos polos políticos que hoy cuentan en el planeta, acordaron el fin de semana cooperar por la causa del calentamiento con la seriedad y urgencia necesarias. Ahora deben concretar pasos y calendarios ante las inminentes citas internacionales convocadas sobre este asunto para arrastrar así más voluntades.

En los últimos cuatro años se vivió un gravísimo revés en la lucha contra el cambio climático cuando Donald Trump sacó a EE UU del Acuerdo de París, por el que decenas de países se comprometieron en 2015 a transformar sus economías para limitar la subida de temperatura a no más de dos grados con respecto a los niveles preindustriales. Más allá de números y objetivos, la ambición expresada en ese acuerdo implica una revolución en la forma de producción y consumo, con una renuncia a los combustibles fósiles en los que se ha basado la economía desde hace un siglo y medio y un verdadero cambio de paradigma. Mientras Washington emprendía ese cambio trumpista, antinatural desde el punto de vista de cualquier análisis científico válido, China empezó a dar pasos inversos: Xi Jinping se comprometía a llegar al pico de emisiones de carbono en 2030 y a la neutralidad en 2060. La llegada de Biden a la Casa Blanca ha sido el punto de inflexión y ha generado el giro completo de EE UU, que ha regresado al Acuerdo de París y que dispone de un enviado especial para esta causa, John Kerry, un solvente secretario de Estado con Obama que ha pasado tres días en Shanghái con su homólogo chino hasta llegar a este acuerdo. Un ejemplo de que el diálogo puede abrirse paso y cosechar buenas noticias a pesar de las diferencias.

Los dos países son los mayores emisores de dióxido de carbono del mundo, pero sus posiciones de partida son diferentes: China es hoy el principal, con un 28% del total, aunque su recorrido histórico es mucho menor. EE UU es el segundo, con un 15%, pero su responsabilidad —al igual que la de Europa— se remonta mucho más atrás. El compromiso de ambos es clave en un combate que requiere una alineación internacional global a la que Trump hizo un gran daño. China debe demostrar que su compromiso se traslada a hechos y que asume un liderazgo propio de una superpotencia, sin el discurso de un país en desarrollo, y EE UU debe demostrar que es capaz de mantener en el tiempo su compromiso, más allá de quién esté en la Casa Blanca. Que ambos hagan estos deberes hará más factible y creíble su compromiso climático.

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