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El dilema naranja

En una coalición preelectoral uno más uno nunca es dos. La fusión entre Cs y PP solo sería rentable si suman más que el PSOE en provincias pequeñas y dejan que el sistema electoral haga el resto

La presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas, durante un acto de campaña en Girona.
La presidenta de Ciudadanos, Inés Arrimadas, durante un acto de campaña en Girona.Susanna Sáez / EFE

El ciclo multipartidista que arrancamos en el año 2014 nos deja una valiosa lección: es más fácil fundar un partido que hacerlo durar. Después de todo, ningún viento de cola es eterno y nada hace pensar que nuestro sistema político se vaya a estabilizar con su actual oferta política.

Hoy el gran dilema es la viabilidad de Ciudadanos. Esta formación ha sufrido un durísimo castigo en Cataluña, territorio del que surge, y desde noviembre ha tenido que afrontar el reemplazo del líder fundador encadenando perdidas electorales. Es cierto que Ciudadanos cogobierna en autonomías clave, pero eso hace que los barones territoriales tengan más poder efectivo que la dirección nacional del partido, que apenas controla un grupo de 10 diputados en el Congreso y cuyo margen para marcar un rumbo unívoco es limitado.

La supervivencia de una formación política necesita dos componentes. De un lado, que haya identidad de partido, votantes que simpatizan con las siglas al margen de contexto o candidatos. Del otro, una organización que permita reclutar cuadros, pautar procedimientos y tener capilaridad en el territorio. Ambas patas necesitan de un tiempo y recursos de los que Ciudadanos ahora mismo carece. Un hecho al que se suma lo difícil que es en el contexto español, por nuestro legado histórico, la autonomía de una oferta política que sea liberal tanto en lo económico como en lo social; la tradicional ruptura entre izquierda y derecha es muy absorbente, también en temas culturales. La polarización y la política de bloques, apuesta también de la dirección anterior, termina de complicar la tarea de Inés Arrimadas.

La idea de la fusión con el Partido Popular cada día sobrevuela con más fuerza. Incluso con su situación de debilidad, el PP tiene un suelo electoral y un músculo organizativo que no tardaría en suponer la absorción efectiva de los naranjas. Sin embargo, su traducción electoral es más incierta. En este caso no se habla de la unión entre Ciudadanos y la extinta UPyD, que en términos de programa eran congruentes. Durante años Cs ha marcado su propio tono liberal-social (por ejemplo, en la eutanasia, el feminismo o la gestión subrogada) y anticorrupción, atrayendo a un votante que difícilmente le votaría si concurre con los conservadores. De hecho, los sondeos muestran unos rechazos cruzados de entre el 10 y 15% entre los votantes de uno y otro partido.

Es cosa sabida que en una coalición preelectoral uno más uno nunca es dos. Así, la fusión entre Ciudadanos y PP solo sería rentable si, pese a esas pérdidas, suman más que el PSOE en provincias pequeñas y dejan que el sistema electoral haga el resto. De lo contrario, habrán sacrificado al partido a cambio de rentas para unos pocos cuadros. Un dilema endiablado.

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