Tribuna
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La vuelta a casa, ¿por Navidad?

En estos días sentimos la necesidad de recuperar ese tiempo en que supimos vivir de otra manera

Niños jugando en Muros, La Coruña, fotografiados por el escritor y periodista Eduardo Blanco Amor en los años 60.
Niños jugando en Muros, La Coruña, fotografiados por el escritor y periodista Eduardo Blanco Amor en los años 60.

¿Y si no volviéramos a casa por Navidad? ¿Qué hay en esta celebración que asumimos como males inevitables los atascos, empachos, broncas familiares y este año, además, los riesgos de un desenlace fatal? ¿Por qué nos cuesta tanto trabajo obviar estas fechas? No recuerdo cuándo fue la última vez que entré en una iglesia, mi hijo no está bautizado y soy divorciada. Como para muchos de mis conciudadanos, esta no es una ocasión religiosa. Aunque la mayoría de los españoles se consideren católicos —el 68,9%, según la última encuesta del CIS—, menos de un tercio se reconocen practicantes. Si no es el aspecto religioso, ¿qué nos impide renunciar?

A principios del siglo pasado, Émile Durkheim hacía notar en Las formas elementales de la vida religiosa (1912) que la función social de la religión era la cohesión social, una idea que algunos representantes del movimiento Nuevo Ateísmo han tomado para defender la importancia del estudio de las religiones, su permanencia en todas las culturas conocidas, y el interés en la pervivencia de algunos rituales. El ritual, como indica el antropólogo Conrad P. Kottak, es un acto social que se repite con cierta frecuencia y que traduce mensajes duraderos, valores y sentimientos en acción. Quien asiste a un ritual puede estar más o menos entregado a las creencias subyacentes, pero por el hecho de participar en este acto conjunto denota que acepta un orden social y moral común que lo trasciende. He aquí donde comienza lo importante, en el trascender del yo. Quizá lo que necesitamos, este año más que nunca, es trascendernos. Dejar nuestros pequeños egos, nuestros pequeños mundos y nuestras pequeñas identidades para volver a casa.

¿A qué casa? Queremos volver a un lugar que no necesariamente existe, a la morada del pasado, al hogar de la infancia, a la casa que —como decía Gaston Bachelard en La poética del espacio (1965)— ha quedado inscrita en nosotras. Queremos volver allí donde se disparan nuestros recuerdos y también nuestra imaginación, sea este un lugar físico o imaginado. Queremos darnos un respiro de funcionalidad y de máquinas, incluida la máquina de habitar que para Le Corbusier era la casa de la sociedad industrial. Buscamos un espacio más amplio. Al menos por unos días al año, no nos conformamos con unas estancias en donde descansar y perpetuar el trabajo. Ansiamos entrar en otro sitio donde no estemos condicionados por un cometido concreto. Queremos dejar de ser trabajadores asalariados o buscadores de empleo, estudiantes o cuidadores. Sentimos la necesidad de volver a donde fuimos niñas y supimos vivir de otra manera. El niño, cito a Nietzsche, es inocencia y olvido, un juego, una rueda que se mueve por sí misma. El niño se inserta en su comunidad y la transforma. Todas y todos fuimos un día motores del sí; afirmación de la vida. Nos sentíamos en casa, en parte, porque éramos nosotras quienes la hacíamos. La Navidad cristiana conmemora un nacimiento, y algo que nos queda a creyentes y no creyentes es el ansia por renacer.

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Considerar nuestra reticencia a abandonar la Navidad como puro egoísmo o enajenación mental es infravalorar la complejidad del ser humano. Hubo un tiempo, decía Flaubert, en que estuvimos sin dioses: de Cicerón a Marco Aurelio los viejos dioses habían muerto y Cristo todavía no estaba. ¿Vivimos un momento similar? ¿O es que nuestras nuevas religiones no nos satisfacen? Nuestra sociedad no está exenta ni de ritos ni de deidades. Tenemos una tan poderosa que hasta la pandemia ha respetado (si no reforzado): el mercado. El mercado genera ritos. En los últimos años nuestras pantallas se llenan de términos importados, como el Black Friday o el Cyber Monday, que ordenan el calendario como otrora lo hiciera el santoral. Este ritual nos ofrece un escape envenenado a la cotidianidad. Nos seducen bajo la apariencia del cambio de roles. Por unos minutos, quizá horas, todas y todos somos iguales en el centro comercial físico o virtual. Convertidos en consumidores anónimos entramos en el templo y adoramos el producto, la oferta que nos llenará de alegría, también a nuestros seres queridos. Sin embargo, la trampa acecha. Perpetuarnos como feligreses supone ofrecer constantemente el fruto de nuestro trabajo. Así nos vemos envueltos en una rueda de hámster que nos individualiza todavía más y destruye cualquier oportunidad de trascendencia. Soy de la opinión de que la Navidad todavía no es eso, o no es solo eso, pero los rituales cambian vertiginosamente por el descuido de unos y la sagacidad de otros. El Poder sabe cómo apañárselas. En el año 383, el emperador Teodosio creyó conveniente prohibir el culto al Sol Invictus, celebrado el 25 de diciembre, y ya no hubo ningún otro rito en el imperio fuera del cristianismo. Los emperadores de hoy en día no necesitan de edictos, tienen la publicidad.

Quizá sea conveniente que este año repensemos en serio la Navidad y a qué ritos nos hemos entregado. ¿Qué nos hace falta para sentirnos de nuevo en casa? Buscar lo que nos une, al menos una vez al año, suele merecer la pena.

Mar Gómez Glez es dramaturga, narradora, crítica y profesora universitaria.

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