Columna
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El maldito

Sablonsky dedicó su admirable talento filosófico a exponer la prueba definitiva de la inexistencia de Dios con el fin de que los humanos fueran libres de toda imposición sobrenatural

Callejuelas empedradas y el apretado conjunto de casas de madera y adobe de Tubinga, a orillas del río Neckar.
Callejuelas empedradas y el apretado conjunto de casas de madera y adobe de Tubinga, a orillas del río Neckar.Jochen Tack / alamy

Sablonsky trabajó con ahínco hasta sumar una discreta fortuna y luego dedicó su admirable talento filosófico a exponer la prueba definitiva de la inexistencia de Dios con el fin de que los humanos fueran libres de toda imposición sobrenatural. Si un humano renunciara a la vida, decía Sablonsky, con perfecta serenidad, lucidez y sosiego, negando que el poder divino pudiera impedirlo, pondría en evidencia que no hay tal Dios porque, de haberlo, no podría permitir la derrota, y al mismo tiempo carecería de la potencia necesaria para negar el libre albedrío. Así que la divinidad no podría tener pa...

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