Editorial
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Democracia en Bolivia

Las elecciones presidenciales, con la victoria del partido de Morales y el inmediato reconocimiento de las otras fuerzas, representan un paso importante para las instituciones bolivianas

David Choquehuanca (izquierda), candidato a la vicepresidencia por el MAS, junto a Luis Arce, aspirante a la presidencia, la madrugada de este lunes.
David Choquehuanca (izquierda), candidato a la vicepresidencia por el MAS, junto a Luis Arce, aspirante a la presidencia, la madrugada de este lunes.CORTESÍA

La celebración de elecciones presidenciales en Bolivia sin incidentes reseñables, con una alta participación ciudadana y el tono conciliador del vencedor, constituyen de por sí una excelente noticia para un país que hace un año se asomaba a un peligroso abismo institucional y un enfrentamiento civil.

La contundente victoria del candidato del Movimiento al Socialismo (MAS), Luis Arce, supone un mandato claro de la sociedad boliviana para retomar la senda de la estabilidad política y el crecimiento económico que son quizás la parte más importante del legado del expresidente Evo Morales. Este, refugiado en Argentina, tiene abiertos cargos por terrorismo a raíz de los incidentes vinculados con su salida del poder en noviembre de 2019 —una acusación calificada de “desproporcionada” por la organización de defensa de los derechos humanos Human Rights Watch—. El MAS controlará además el Congreso y el Senado, lo que le permitirá afrontar con plena legitimidad la tarea de reconstruir puentes en una sociedad muy polarizada, paso imprescindible para el futuro del país.

Por eso hay que resaltar los llamamientos a la calma, tanto del vencedor como de la presidenta, Jeanine Áñez, quien no ha esperado a los resultados oficiales para reconocer la victoria de Arce y pedir unidad a la ciudadanía, lo que hace prever un traspaso de poderes sin sobresaltos. Carlos Mesa, principal competidor de Arce, también reconoció la derrota antes de que terminara el recuento. Asimismo, es de destacar la primera intervención de Arce, quien ha apelado, lejos del revanchismo, a esa misma unidad y ha prometido cumplir con su programa reconociendo y aprendiendo de los errores del pasado, una autocrítica que marca una notable diferencia con el tono utilizado por Morales mientras era mandatario.

La gestión del MAS con Morales, iniciada en 2006, ha tenido luces y sombras. La peor de estas últimas fue el empecinamiento por conservar el poder cambiando para ello las reglas del juego institucional y generando una tensión social que llegó a su punto álgido con las controvertidas elecciones de octubre de 2019, marcadas por acusaciones de fraude. El país se vio entonces sumido en disturbios que culminaron con la dimisión de Morales por presiones del Ejército, su salida del país y un periodo de alta tensión política, con una presidencia interina que acabó prolongándose durante un año y muy determinada por polémicas acciones judiciales contra el MAS.

Pero Morales también lideró un proyecto de crecimiento económico y de inclusión de los grupos indígenas. Es a este proyecto, sin el personalismo de Morales, al que los bolivianos han dado su apoyo. Los comicios no son el final del proceso, sino un paso imprescindible. Es preciso culminarlo con un traspaso pacífico y la entrada en funcionamiento de las instituciones elegidas en las urnas.

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