Tribuna
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Qué se juega Europa entre Armenia y Azerbaiyán

La intensificación del conflicto en el Cáucaso supondría el golpe definitivo a las versiones más ambiciosas defendidas por Bruselas para el corredor gasista del sur y las perspectivas de un gasoducto transcaspiano

RAQUEL MARÍN

Los combates entre Armenia y Azerbaiyán por la disputa sobre Nagorno Karabaj han despertado las alarmas sobre sus implicaciones para la seguridad energética europea.

La dimensión energética del conflicto de Nagorno Karabaj, un territorio controlado por Armenia, pero perteneciente a Azerbaiyán, se hizo evidente el pasado 6 de octubre, cuando el Gobierno azerí acusó al Ejército armenio de atacar el corredor energético que conforman el oleoducto Bakú-Tbilisi-Ceyhan (BTC) y el gasoducto SCP (acrónimo inglés del Southern Caucasus Pipeline). Según Azerbaiyán, sus sistemas de defensa aérea interceptaron y destruyeron un misil en las cercanías de ambas infraestructuras, que transportan el grueso del petróleo y el gas extraídos en aguas azeríes del mar Caspio. BP, que opera tanto el BTC como los principales yacimientos de hidrocarburos del país, hizo una declaración mostrando su preocupación y tomó la decisión de reforzar la protección de su personal, infraestructuras y operaciones en cooperación con el Gobierno de Azerbaiyán.

El BTC y el SCP discurren en paralelo desde el Caspio hasta Turquía por territorio de Azerbaiyán y Georgia, pero un tramo importante lo hace muy cerca de la frontera de ambos países con Armenia. El BTC es el principal corredor de acceso del petróleo del Caspio a los mercados mundiales, sobre todo azerí, pero también pequeñas cantidades de crudo kazajo, que se exportan por el Mediterráneo desde la terminal turca de Ceyhan. Suministra principalmente a la propia Turquía, Italia e Israel, pero también a otros países como España, que según datos de CORES importó alrededor del 2% de su crudo de Azerbaiyán en los últimos 12 meses. El conjunto de la UE obtiene alrededor del 4%-5% de las importaciones de petróleo de Azerbaiyán, que en 2018 fue su octavo suministrador de crudo.

El SCP, operado por la compañía nacional azerí SOCAR, forma parte del corredor gasista del sur de la UE, pero por el momento el grueso del gas azerí se exporta a Turquía. A finales de este año está previsto que el SCP empezase a transportar gas hasta el gasoducto transanatolio o TANAP (Trans-Anatolian Natural Gas Pipeline), que enlaza en la frontera turca con Grecia con el gasoducto transadriático (TAP). El TAP discurre por Grecia y Albania hasta Italia, es un proyecto declarado de interés común por la UE y cuenta con la participación de la compañía española Enagás. Para poder suministrar gas a Europa, el enlace con el SCP se expandió y su destino final, además de Turquía, Grecia y Bulgaria, es Italia. Como parte del corredor gasista del sur, la Comisión Europea apuesta por extender esa sucesión de gasoductos hasta Turkmenistán, atravesando el Caspio mediante el proyectado gasoducto transcaspiano entre Bakú y Türkmenbasy, y así diversificar las importaciones europeas del gas de Rusia.

Sobre el de por sí complejo telón de fondo que constituye la geopolítica de la energía del Caspio y el Cáucaso, es evidente que los combates entre Armenia y Azerbaiyán añaden una preocupante tensión. En caso de escalar y prolongarse en el tiempo, aumenta la posibilidad de que cualquiera de los ductos, o los dos, sean dañados y se interrumpa el flujo de gas y petróleo desde el Caspio. Pero por el momento el escenario central parece ser el de un mantenimiento normal de los flujos actuales de gas y petróleo, y también de los nuevos suministros de gas previstos para finales de año. Un escenario intermedio podría acarrear retrasos en estos últimos flujos, pero hay razones para apostar por una cierta normalidad. Hay varias razones para ello. Primero, tanto el BTC como el SCP se construyeron para un contexto geopolítico difícil y volátil, por lo que se extremaron las medidas preventivas de seguridad: ambos están enterrados para dificultar sabotajes y tanto su recorrido como las infraestructuras asociadas, básicamente las estaciones de compresión y bombeo, están protegidas y diseñadas para primar la seguridad.

En segundo lugar, tanto el oleoducto como el gasoducto tienen accionistas procedentes de potencias globales y regionales, que ofrecen una especie de seguro geopolítico: el BTC está operado por BP, que tiene un 30% de participación, pero también está participado por la azerí AzBTC (25%), la turca TPAO (6,5%), las europeas ENI y Total (5% cada una) o la estadounidense ExxonMobil (2,5%), entre otras; y el SCP cuenta con la participación de BP (29%), TPAO (19%), la azerí SOCAR (10%), la rusa Lukoil y la iraní NICO (las dos con un 10%). Es decir, ambas infraestructuras cuentan con numerosos y poderosos padrinos. Alguno, como Rusia, con capacidad de influencia sobre Armenia al ser el principal apoyo de Ereván frente a Bakú; de hecho, acaba de intermediar una tregua ya incumplida. Otras empresas proceden de países involucrados directamente en el alto el fuego de 1994 logrado por el Grupo de Minsk, copresidido por Rusia, Francia y Estados Unidos, y en el que participaron Italia y Turquía. Las dos infraestructuras proporcionan también ingresos de tránsito muy importantes para Georgia.

Finalmente, el futuro del corredor energético del Cáucaso ya no es lo que era, especialmente en lo que respecta al gas. Por un lado, la agresiva política climática de la UE, comprometida a alcanzar la neutralidad en carbono en 2050 y cuyo Parlamento acaba de aprobar elevar su objetivo de descarbonización al 60% a 2030 deja cada vez menos espacio para nuevas infraestructuras de importación de energías fósiles. Especialmente, cuando hay una inflación de éstas, desde el disputado Nord Stream 2 al Turkish Stream o el delirante proyecto del gasoducto del Mediterráneo oriental, que pretende llevar el conflictivo gas descubierto en aguas israelíes y chipriotas hasta Europa construyendo un gasoducto de más de 2.000 kilómetros y 7.000 millones de euros. Todo ello mientras los dos gasoductos que unen Argelia con España funcionan muy por debajo de su capacidad y Europa está siendo inundada por GNL estadounidense y qatarí a precios históricamente bajos. Es decir, dados los objetivos de descarbonización europeos y la abundancia de infraestructuras de importación de gas, muchas de ellas parcialmente ociosas, en materia de infraestructuras de importación de gas todo lo que necesita la UE es menos.

Por tanto, todo apunta a que la relevancia geopolítica del corredor sur del gas irá en declive, y que las aspiraciones de rescatar el concepto del fracasado proyecto del gasoducto Nabucco con el transcaspiano no fructificarán. El impacto sobre la seguridad energética europea de un eventual bloqueo del corredor gasista del Cáucaso parece por tanto limitado, aunque si el conflicto entre Armenia y Azerbaiyán se enquista puede afectar a los suministros petroleros desde el Caspio, en especial a países como Turquía, Israel e Italia. Y, por supuesto, un golpe muy severo a la economía de Azerbaiyán y Georgia. Y con ellas a su pretendida autonomía frente a Rusia, objetivo geopolítico inicial de la construcción del corredor energético del Cáucaso. En cualquier caso, lo que quizás sí supondría es el golpe geopolítico definitivo a las versiones más ambiciosas defendidas por la Comisión Europea para el corredor gasista del sur y las perspectivas de construir el gasoducto transcaspiano.

Gonzalo Escribano es director del Programa de Energía y Clima del Real Instituto Elcano.

@g_escribano

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