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Tribuna
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El proyecto truncado de Allende

El pueblo chileno que eligió hace 50 años a un presidente socialista vive hoy una época decisiva

Mario Amorós
Miembros del Partido Comunista de Chile se manifiestan frente al monumento del expresidente chileno (1970-1973) Salvador Allende, en las afueras del palacio presidencial de La Moneda en Santiago, el pasado 4 de septiembre de 2020, en el 50º aniversario de su victoria presidencial.
Miembros del Partido Comunista de Chile se manifiestan frente al monumento del expresidente chileno (1970-1973) Salvador Allende, en las afueras del palacio presidencial de La Moneda en Santiago, el pasado 4 de septiembre de 2020, en el 50º aniversario de su victoria presidencial.JAVIER TORRES (AFP)

“A la lealtad de ustedes responderé con la lealtad de un gobernante del pueblo, con la lealtad del compañero presidente”.

Salvador Allende, madrugada del 5 de septiembre de 1970.

Chile evoca estos días, con la intensidad de los recuerdos que estremecen el corazón, el triunfo de Salvador Allende en la elección del 4 de septiembre de 1970. En su cuarto intento por llegar a La Moneda, aquel médico formado en la universidad pública, de 62 años, con una larga trayectoria política (fundador del Partido Socialista en 1933, diputado en 1937, ministro de Salubridad del Frente Popular en 1939, senador desde 1945), logró por fin la victoria, frente al derechista Jorge Alessandri y el democratacristiano Radomiro Tomic. Al no haber alcanzado la mayoría absoluta en las urnas, en las semanas siguientes Allende y su coalición, la Unidad Popular (UP), negociaron un acuerdo con la Democracia Cristiana (DC) que propició el respaldo de sus parlamentarios en la sesión conjunta del Senado y la Cámara de Diputados que el 24 de octubre designó al nuevo jefe del Estado. El 3 de noviembre de 1970 inició su mandato de seis años como presidente de la República.

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En un mundo sacudido por la guerra en Vietnam y en el que aún resonaban los ecos del 68 en París, Ciudad de México o Praga, la vía chilena al socialismo renovó las esperanzas de la izquierda en la transformación de la sociedad. Con errores, por supuesto, no sin discrepancias estratégicas en la Unidad Popular y, sobre todo, enfrentando graves y crecientes dificultades (la agresión encubierta de Estados Unidos, la insurrección de la burguesía como clase social, el desplazamiento progresivo de la DC hacia el golpismo), el Gobierno de Salvador Allende recuperó para Chile las grandes minas de cobre y profundizó la reforma agraria hasta erradicar los latifundios. Nacionalizó la banca y los principales monopolios industriales. Abrió paso a la participación de los trabajadores en la dirección de la economía. Desarrolló una política integral en áreas como la salud, la alimentación y la educación. Alumbró una gigantesca obra cultural, con la editorial Quimantú y la Nueva Canción Chilena como mascarones de proa. Y desplegó una política internacional, con la adscripción al Movimiento de Países No Alineados, que lo convirtió en una referencia universal. Así lo probó la memorable ovación que los representantes ante Naciones Unidas tributaron al presidente chileno tras su discurso en diciembre de 1972, cuando se dirigió tanto “al pescador de Java” como “al trabajador que cultiva el cacao en Ghana” o “al minero de Cardiff”.

El golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 truncó la evolución democrática de Chile e instaló, con el apoyo de la trama civil que contribuyó a hacerlo posible, la dictadura del general Augusto Pinochet, que masacró al movimiento popular que acompañó a Allende en su largo camino hacia La Moneda. Y desde abril de 1975 impuso, con la batuta de los Chicago Boys en un país bajo estado de sitio, el modelo neoliberal en su versión más extrema. En octubre del año pasado millones de chilenos se rebelaron pacíficamente frente a sus consecuencias: la injusticia social y una desigualdad lacerante.

Hoy Chile enfrenta un horizonte político decisivo, una verdadera encrucijada, el plebiscito del 25 de octubre, que puede franquear el camino hacia su primera Constitución debatida y aprobada democráticamente en 210 años de historia republicana. Posteriormente, en 2021 llegará la sucesión de las elecciones locales, regionales y, ya en noviembre, las parlamentarias y presidenciales. Frente a este escenario, la derecha se ha atrincherado en La Moneda. A fines de julio, el presidente, Sebastián Piñera, debilitado por una bajísima adhesión ciudadana ya irreversible y por una reciente derrota de calado en el Parlamento, incorporó al núcleo duro de su Gobierno a varios dirigentes abiertamente comprometidos con el rechazo al proceso constituyente. Los sectores conservadores se resisten a perder la principal garantía de sus privilegios, la Constitución impuesta por Pinochet en septiembre de 1980, una auténtica camisa de fuerza autoritaria y neoliberal.

Mientras tanto, la oposición, que desde la DC al Partido Comunista y el Frente Amplio pide el voto favorable, adolece aún de una falta evidente de cohesión. La energía democrática nacida en el último trimestre del año pasado, con las movilizaciones más multitudinarias de la historia nacional, debiera concretarse en un acuerdo para enfrentar con la mayor unidad política y social el desafío de superar definitivamente la herencia de la dictadura, primero en su vertiente constitucional, después en su dimensión económica.

Si en la primavera austral de 2019 millones de chilenos cantaron en las calles, unidos, El derecho de vivir en paz, de Víctor Jara, para exigir el cese de la represión feroz desplegada por el Gobierno, la memoria de la Unidad Popular y sus valores profundamente democráticos, representados universalmente por la figura del presidente Salvador Allende, nos recuerdan que ya hubo un día, hace 50 años, en que el pueblo chileno abrió de par en par las puertas de la Historia.

Mario Amorós es doctor en Historia y periodista. Su último libro es Entre la araña y la flecha. La trama civil contra la Unidad Popular (Ediciones B-Chile).

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