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El ’#blacklivesmatter’ y las calles de Minsk nos vuelven a enseñar el extraordinario potencial democrático del ruido de los silenciados, de quienes no se sienten representados

DEL HAMBRE

Nos rodean extrañas paradojas. Asistimos fascinados a las protestas de Bielorrusia, donde los ciudadanos intentan impugnar en la calle un resultado electoral fraudulento. A su vez, el espectáculo de la anómala América de Trump nos mantiene compungidos, cruzando los dedos para que el magnate, verdadero virus de nuestro tiempo, no aproveche los mecanismos y reglas de la democracia con el fin de socavarla y mantenerse en el poder. Es una dinámica asimétrica que muestra cómo, mientras unos luchan por construir una verdadera democracia, otros parecen abandonarla provocando su progresivo deterioro. Lo sorprendente del caso norteamericano no es solo la facilidad con la que normalizamos la posibilidad de que se intente deslegitimar el resultado electoral, sino la manera en que, desde tribunas y artículos, explicamos los posibles mecanismos de prevención del sistema para frenar las previsibles trampas del vergonzante presidente norteamericano. A riesgo de parecer tremendista, que una nación no confíe en que su máximo responsable respete las mismas reglas del juego que constituyen la base de su carácter democrático es ciertamente preocupante, y dice mucho, casi demasiado, del corrimiento de tierras en nuestra forma de entender la democracia. ¿Dónde diablos hemos puesto el listón?

Bielorrusia y EE UU ponen sobre la mesa algunos elementos que teníamos fuera del radar. La reacción al populismo nos hizo centrarnos en esa idea de la democracia como un conjunto de instituciones que limitan los excesos del poder y por las que merece la pena luchar. Era, seguramente, necesario, pero las calles de Minsk nos vuelven a enseñar el extraordinario potencial democrático del ruido de los silenciados, de quienes no se sienten representados, y la importancia de su presencia en el espacio público no institucional para lograr un futuro más libre. Ese aparecer en la esfera pública implica la recuperación del valor y el coraje necesarios para actuar y decir, a sabiendas de que supone un riesgo real para la vida e integridad de quienes marchan por las calles amenazados por las autoridades estatales.

Es buen momento para recordar que la libertad de expresión también es colectiva, que hay quienes sienten verdadero miedo a decir lo que piensan, a hablar y articular quejas que se conviertan en demandas políticas, y que se arriesgan porque a sus voces se suman otras que hacen más fácil el trance de asumir las consecuencias extremas a las que se exponen. Es una forma de poder colectivo que hemos visto con el #blacklivesmatter y en Bielorrusia. Por eso, cuando Trump y Lukashenko hablan de la amenaza para “la ley y el orden” o del germen para “la matanza diplomática de su régimen”, todos, aquí y allá, deberíamos estar alerta, pues en el fondo la democracia es, también y quizá sobre todo, una batalla por su significado.

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