Tribuna
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Líbano ansía un nuevo comienzo

La situación actual exige que Occidente escuche con humildad y respalde con firmeza las demandas de la población local, que hace gala de una mayor cohesión de la que pretenden sus líderes políticos

EDUARDO ESTRADA

La capital intelectual del Oriente árabe” y “el lugar ideal para el florecimiento pletórico y el pluralismo”. Con esas palabras describe el Beirut de los años sesenta uno de los hijos más célebres de la ciudad levantina: el escritor Amin Maalouf, premio Príncipe de Asturias de las Letras del año 2010. Su última obra, El naufragio de las civilizaciones, relata la caída en desgracia de aquel Líbano vibrante y resplandeciente, tras ser arrasado por el mismo sectarismo que robó su prometedor futuro a tantos otros países de la región.

A principios del mes de agosto, gran parte de la capital libanesa quedó literalmente arrasada. Según apuntan todos los indicios, la trágica explosión que se produjo en el puerto de Beirut se debió a una serie de negligencias directamente vinculadas a la esclerosis política que se ha adueñado del país. Justo en la víspera de la explosión, el ministro de Asuntos Exteriores libanés dimitió, advirtiendo que los estrechos intereses partidistas amenazan con convertir a Líbano en un Estado fallido.

La explosión en el puerto de Beirut es solo la punta del iceberg. A raíz de la profunda crisis económica y financiera que ya atravesaba Líbano, en el pasado mes de octubre surgió una oleada de protestas contra la inoperancia de los políticos libaneses, la corrupción sistémica y las continuas injerencias por parte de potencias extranjeras. Desde entonces, las cosas han ido de mal en peor. El Programa Mundial de Alimentos calcula que, entre octubre de 2019 y junio de 2020, el precio de los alimentos en Líbano se incrementó un 109%. A esto hay que añadir, por supuesto, los efectos de la covid-19, que se han visto agravados por el caos ligado a la explosión. Y cabe recordar, asimismo, que este Líbano en horas bajas cuenta con la mayor tasa de refugiados per cápita del mundo: los refugiados sirios constituyen hoy en día el 30% de la población del país.

Líbano se encuentra inmerso en su crisis más grave desde la guerra civil que tuvo lugar entre 1975 y 1990. A decir verdad, el país nunca logró cerrar con un portazo ese aciago capítulo de su historia. La trayectoria reciente de Líbano representa un caso paradigmático de lo que la académica británica Mary Kaldor llama “nuevas guerras”. Estos conflictos se caracterizan por el interés de los contendientes en fomentar identidades extremistas y perpetuar las hostilidades, con tal de dar rienda suelta a prácticas extractivas. Los acuerdos de paz son usados por los líderes de las facciones implicadas para consolidar sus esferas de poder y sus redes clientelares. Eso mismo ocurrió en Líbano con el Acuerdo de Taif de 1989, que modificó levemente el sistema de cupos basado en criterios confesionales que ha imperado en los órganos públicos del país desde su independencia, y que ha obstaculizado la gobernanza y la construcción de una identidad nacional.

Tal y como señala Kaldor, a menudo, los acuerdos de paz no se traducen siquiera en el fin de la violencia. Sirva de muestra la emergencia durante la posguerra libanesa del grupo islamista chií Hezbolá, que muchos países catalogan como una organización terrorista, y que se ha servido del patrocinio de Irán y Siria para establecer lo que suele definirse como “un Estado dentro del Estado”. El 18 de agosto, un tribunal especial respaldado por Naciones Unidas condenó a un integrante de Hezbolá por el asesinato de Rafic Hariri —el primer ministro libanés más destacado de la posguerra— en un atentado que también costó la vida a otras 21 personas en 2005. La cúpula de Hezbolá, no obstante, fue exonerada.

En definitiva, Líbano lleva ya mucho tiempo a la deriva, y la comunidad internacional no puede desentenderse de ello. No en vano, el embrión del actual Estado libanés fue engendrado hace justamente un siglo por las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial, tras la disolución del Imperio otomano. Hasta 1943, la Sociedad de Naciones situó a Líbano bajo mandato de Francia, que todavía mantiene estrechas relaciones con el país levantino. Mediante su visita a Beirut dos días después de la explosión, y su posterior impulso de una conferencia de donantes apoyada por la ONU, el presidente francés, Emmanuel Macron, enfatizó que su país y las demás potencias mundiales se hallan ante el deber inmediato de proveer ayuda de emergencia, algo que la Unión Europea ha hecho con presteza y generosidad. Pero no se trata únicamente de eso: Occidente, en particular, tiene la responsabilidad histórica de fomentar sistemas efectivos de gobernanza en Líbano y el resto de la región.

Con demasiada frecuencia, sin embargo, los países occidentales no han estado a la altura de esta responsabilidad histórica. La voluntad de afirmar su control les ha llevado a incurrir en excesos intervencionistas y actitudes paternalistas. El caso de Libia, por ejemplo, demuestra que un Estado fallido puede surgir de modos muy diversos, y que la soberbia occidental a la hora de auspiciar cambios de régimen sin planes viables de reconstrucción es susceptible de contribuir a ello. Por encima de todo, cualquier iniciativa de carácter humanitario debería respetar una de las máximas elementales de la medicina: primum non nocere, esto es, “lo primero es no hacer daño”.

El actual contexto libanés exige que Occidente escuche con humildad y respalde con firmeza las demandas de la población local, que hace gala de una mayor cohesión de la que pretenden sus líderes políticos. El malestar popular ya ha provocado que el Gobierno libanés dimita en pleno, pero eso no bastará. Adoptando incluso lemas asociados a las primaveras árabes, los manifestantes abogan por una renovación completa del sistema, aunque la empresa se antoje harto complicada. Ni la clase dirigente libanesa ni los países vecinos más influyentes aceptarán esta reforma integral de buen grado, y la experiencia de las primaveras árabes dista mucho de ser halagüeña. La revolución tunecina fue la única que desembocó en una democracia, e incluso esa historia de éxito no ha sido una panacea.

En cualquier caso, si existe alguna esperanza de que Líbano resurja de sus cenizas, esta radica en permitir el desarrollo de dinámicas endógenas y movimientos sociales de base, como sucedió en Túnez. A fin de resaltar las voces autóctonas, me permitirán que concluya este artículo como lo he empezado: con las sabias reflexiones de Amin Maalouf. “En la actualidad estoy convencido”, asegura Maalouf, “de que el ideal —para mi país natal, pero no sólo para él— no reside ni en el sistema de cupos, que encierra a la sociedad en una lógica perversa y conduce directamente a lo que se quería evitar, ni en la negación de las diferencias, que disimula los problemas y contribuye a menudo a agravarlas. Lo que está en juego es la propia supervivencia de la nación, su prosperidad, su lugar en el mundo y su paz civil”.

Javier Solana es distinguished fellow en la Brookings Institution y presidente de EsadeGeo-Center for Global Economy and Geopolitics.

© Project Syndicate, 2020.

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