Tribuna
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Pedro Sánchez y la vuelta al orden

El reto histórico inmenso que el primer Podemos pudo acaso acariciar o representar, más como un deseo compartido que como un proyecto definido, no llegó nunca a materializarse

Pablo Iglesias en el mitin central de campaña de la formación Galicia en Común, Podemos, Esquerda Unidad Anova y Mareas.
Pablo Iglesias en el mitin central de campaña de la formación Galicia en Común, Podemos, Esquerda Unidad Anova y Mareas.OSCAR CORRAL (EL PAÍS)

Pocos días antes de las elecciones vascas y gallegas el presidente del Gobierno sorprendía con unas declaraciones atípicas y cargadas de un raro sentido histórico: “Unidas Podemos es hija de Anguita y nieta de Carrillo. La ultraderecha, hija de Blas Piñar y no vamos a decir nieta de quién”.

Inhabituales en el repertorio de la comunicación política del presidente, poco prolijo en referencias históricas y análisis genealógicos, estas declaraciones me parecen, sin embargo, enormemente sintomáticas tanto del momento político que atravesamos como del intento de definirlo o, más bien, prescribirlo. Y no tanto por la validez historiográfica que contienen (la historia tiende a rimar más que a repetirse), como por el juego de poder y de fijación de sentido de época que suponen.

Hay, sí, en la sentencia de Sánchez una aparente depreciación del papel político que ocupa ese amigo/enemigo interno del Gobierno que es Unidas Podemos, pero, paradójicamente, este juego retórico de poder no solo no parece incomodar a su destinatario sino que, a todas luces, lo acepta y se reconoce en él. Como si UP hallara en ese diagnóstico genealógico una cierta verdad siempre latente, como si sus líderes no pudieran sino acabar reconociéndose en esa biografía y hacerlo con la satisfacción de una pertenencia orgullosamente afirmada.

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Pero estas declaraciones contienen, además, una dolorosa dimensión prescriptiva, confirmada por las recientes elecciones gallegas y vascas: Unidas Podemos ha regresado a los resultados electorales que tradicionalmente obtenía el espacio PCE-IU antes de 2014 (calcados, por poner un ejemplo significativo, de las elecciones gallegas de 1997, con 42 escaños para el PP, 18 para el BNG, 14 para el PSOE y sin representación de IU).

La frase de Sánchez está cargada, por tanto, de una intención suplementaria, la de servir de diagnóstico del final de un ciclo político. ¿Por qué y cómo? Pues porque en este relato de repetición y continuidad histórica se busca proyectar la imagen de un orden político, social y cultural felizmente recobrado. Es la celebración de la calma que viene después de la tormenta; después, entiéndase bien, de lo que acaba etiquetado como un anómalo desorden ya superado. Como si por fin volviesen las posiciones políticas que siempre definieron el régimen político de 1978.

Pero, claro, lo paradójico es que el nacimiento de Podemos fue, precisamente, fruto, al tiempo que desencadenante, de la desestabilización o rechazo de esas mismas posiciones y linajes. Y es también sintomático porque la condición de posibilidad de su éxito, al menos hasta junio de 2016, fue resultado de haber sabido leer esa crisis, de entender las inmensas e inéditas posibilidades de transformación y democratización que contenía.

Sí, aquel Podemos tuvo éxito porque pudo emanciparse -desde el reconocimiento a los que vinieron antes, a su legado y memoria- de ese linaje familiar. Porque entendió que en ese momento histórico era posible construirse más allá del espacio tradicional destinado a las izquierdas a la izquierda del PSOE y de que se tornaba también plausible, esa era la otra parte del enorme reto, desbordar el segundo y crucial eje estabilizador del régimen político del 78: el que oponía sin tregua al centro con las mal llamadas periferias. Crisis, pues, porque desde una articulación política que fuera más allá del reparto de posiciones a derecha e izquierda (ojo, no de los contenidos y valores de la izquierda sino de sus formas de nombrarse, de sus símbolos y repertorios de sentido), era posible desbordar la contraposición de identidades territoriales y nacionales para construirlas, esta vez, no desde la secular oposición entre territorios y pueblos, sino mediante fórmulas agregadoras que superasen viejos antagonismos paralizantes. Un reto histórico inmenso, que el primer Podemos pudo acaso acariciar o representar, pero más como un deseo compartido que como un proyecto definido, y que no llegó nunca a materializarse.

Me parece cada vez más difícil de negar que, pasadas las elecciones de diciembre de 2015, las tácticas y estrategias de Podemos mostraron una manifiesta incapacidad para seguir actuando desde esa reconfiguración de los dos ejes antes señalados: desbordar el espacio político reservado tradicionalmente a las nuevas formaciones políticas y articular así un discurso y un proyecto con vocación de mayorías (la famosa transversalidad); y superar, precisamente desde ese lugar transversal, la confrontación entre territorios e identidades nacionales. El desafío no era menor: mostrar que España sí era reformable, que no estábamos abocados a una polarización eterna entre centro y periferias nacionales.

Es meridiano que desde 2016 confluyen al menos tres factores que arruinan esta fabulosa posibilidad histórica:

En primer lugar, Podemos fue sinónimo de cambio, o de movimiento sísmico, en cada cita electoral: irrupción inesperada en las europeas de 2014, ayuntamientos del cambio en mayo de 2015, resultados en las elecciones autonómicas que destabilizaron los equilibrios de poder territoriales, primera fuerza política en Cataluña y Euskadi en diciembre de 2015, en empate casi técnico con el PSOE en aquellas elecciones generales. Pero entre diciembre de 2015 y junio de 2016 Podemos no solo muestra cambio, apertura y afianzamiento de las posibilidades de transformación, sino también un principio de parálisis. Por históricos que fueran los resultados electorales, por inimaginable que un nuevo partido quedara a tan solo 300.000 votos del PSOE, los cambios dejaron de sucederse: Podemos no solo no es capaz de echar a Rajoy, sino que se entrampa en una negociación política en la que aparecen, o retornan, algunos viejos síntomas de la izquierda: la escenificación de un Gobierno sin negociación y acuerdo, quizá más preocupado por definirse frente al PSOE que por presentarse como motor de cambio histórico, la búsqueda indisimulada del sorpasso, el miedo a quedar atrapado eternamente a la izquierda del PSOE (herencia del trauma que el PCE arrastraba desde la Transición) y que, como todo miedo o trauma, acaba favoreciendo, incluso provocando, su propia realización o confirmación bajo la fórmula de la profecía autocumplida.

Todo confluye en una incapacidad bien de explorar alternativas que afianzasen la ola de cambio de la que Podemos había sido sinónimo (sin obviar la posibilidad de un Gobierno en minoría de Sánchez a cambio de romper el vergonzante pacto económico del PSOE con C’s), bien de hacer recaer la responsabilidad de la repetición electoral en las manos del PSOE. Pero no, y el enroque mutuo de PSOE y Podemos, y la sola apuesta por la repetición electoral, acaba sentida no solo como responsabilidad compartida de las dos izquierdas (de nuevo en esa pugna por los espacios simbólicos antes que por la capacidad real de transformación), sino como el signo inequívoco de que la voluntad de cambio se mostraba menos poderosa que la pulsión de afirmarse como un espacio conquistado en la izquierda.

Aunque se conjuran más y complejas dimensiones de análisis, estas son claves centrales e irrenunciables para entender la posterior tendencia electoral de Podemos, que no solo no suma gracias a la alianza con IU en 2016, sino que empieza a confinar a ambos partidos, ahora confundidos en destino e identidad, al lugar que había ocupado tradicionalmente el espacio PCE-IU (con toda la dignidad y, sin duda también, con la inmensa dificultad de desbordar ese espacio político durante el crudo invierno neoliberal previo a la crisis de 2007 y la férrea hegemonía de la cultura política de la Transición que le acompañó. ¡Al César lo que es del César!).

En segundo lugar, que España dejara de cambiar cada vez que se abrían las urnas acarreaba consecuencias decisivas para el eje centro-periferias (las mal llamadas por el centro periferias), ese que secularmente ha marcado la imposibilidad de construir un sentido político de pertenencia en el conjunto del Estado (de construir, como se decía en ese momento, un pueblo), al menos uno que no se definiera por la exclusión y el antagonismo mutuos. Que en 2015 y 2016 Podemos fuera primero en Cataluña y Euskadi era un síntoma de que algo estaba cambiando. Era el deseo de una España reformable que necesitaba, como agua de mayo, hechos, hitos y pruebas de esa posibilidad imaginada. Sin embargo, parte importante de ese electorado, tras el retorno de Podemos a las identidades políticas previas (amén de a un centralismo en su forma de organización incompatible con la plurinacionalidad reivindicada) acabó por convencerse, con la inestimable ayuda de la ofensiva de las derechas, de que no, de que España era definitivamente irreformable: independencia vía procés o soberanismo de la negociación permanente.

La posibilidad de un proyecto plurinacional se alejaba tan rápido como lo hacían los votantes de la papeleta de Unidas Podemos. En las elecciones autonómicas de 2019 en Asturias, Murcia, Aragón, La Rioja, Extremadura, Madrid o las Castillas, y en las recientes elecciones en Euskadi y Galicia, se producen dramáticas y muy similares caídas en porcentajes de voto con respecto a 2015. Fugas masivas de votos que en Euskadi van hacia Bildu, en Galicia al BNG y en Madrid, caso sin duda atípico, hacia Más Madrid. En el resto de CC AA las fugas quedan repartidas entre la abstención, el voto desilusionado al PSOE y la aparición paulatina de una politización del sentido de pertenencia en las provincias más castigadas de la España vacía. Solo el Adelante Andalucía de Teresa Rodríguez resiste a esa caída en picado y retiene a parte importante del electorado. No será ya el caso para las siguientes elecciones andaluzas.

Y desde 2016 asistimos, en tercer y último lugar, a un estrechamiento del partido, de sus formas de organización y deliberación. Las dudas y diferencias internas en torno a la deriva que estaba tomando el partido, también sobre las decisiones que llevaron a la repetición electoral, o a la forma de gestionarla y al progresivo retorno a las viejas identidades previas al 15-M, fueron conduciendo a una cada vez más difícil, cuando no imposible, discusión y deliberación internas. Se agudizaron así las tendencias (sin duda presentes en Podemos desde Vistalegre I) al centralismo, el cesarismo y el castigo del disenso. La disputa interna irrumpió primero, la purga y el abandono del partido, para muchos y muchas, vinieron después. A Podemos acabó costándole cada vez más y más prefigurar, tanto en su modelo de organización como en su gestión de la diversidad territorial, un modelo asumible para ese exterior mayoritario al que aspiraba, vale decir, para el deseo de un cambio político en y de España.

Optó, bien al contrario, por priorizar el control del partido a su crecimiento social y territorial. Un control interno que encontró en el acceso al Gobierno la justificación de todas sus apuestas: se podía tener más poder (institucional) del que nunca se había tenido, aunque se tuviera menos poder (social, territorial, cultural y electoral) que nunca. Unidas Podemos dejó de ser dirigente, vale decir, de señalar el rumbo de los cambios por venir, para ser la parte minoritaria de un Gobierno. Empujar, desde una posición subalterna, hacia la izquierda al PSOE es legítimo, hoy sin duda necesario, pero como apuesta está lejos, infinitamente lejos, de aquel proyecto de construir una nueva mayoría social capaz de generar nuevos consensos, nuevas o renovadas institucionales y, también, nuevas prácticas políticas y culturales.

La frase de Sánchez no es, pues, inocente: se cierra un ciclo político, retorna un conocido orden de posiciones, aquel que siempre aceptó a los “comunistas” porque ocupaban un lugar subalterno. Un orden que se ponía en crisis por las inmensas dificultades que tuvo para responder a las nuevas demandas, deseos y malestares sociales, y que no pudo sino verse amenazado por la fuerza popular, si quieren populista, que pretendió articularlas y darles voz. Por eso la frase de Sánchez celebra la vuelta del viejo orden de posiciones de 1978: en él queda contenido, en el doble sentido de darle un lugar y de no permitir que lo desborde, Unidas Podemos.

Pero el cierre de este ciclo sucede en un contexto internacional y nacional harto diferente, la crisis económica primero, y la pandemia después, han terminado por mostrar los límites insalvables, aunque no las alternativas, de la hegemonía neoliberal. Además, la polaridad entre los mal llamados centro y periferia adopta renovadas formas. Las fuerzas políticas nacionales o soberanistas, que hoy recogen la frustración con el proyecto de Unidas Podemos (como Podemos atrajo con anterioridad a parte significativa de sus votantes), tienen hoy el reto, o la oportunidad, de articular un espacio político estatal inclusivo, indudablemente confederal o plurinacional. Un ciclo se cierra, pero no lo hace la posibilidad de ampliar la democracia y la justicia social en nuestro país.

Jorge Lago es profesor de Teoría Política Contemporánea en la UC3M y editor de Lengua de Trapo. Fue uno de los fundadores de Podemos, formación que abandonó a principios de 2019.

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