Columna
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Semiótica del bicho

La pandemia ha puesto de relieve la tensión entre lo individual y lo colectivo, así como los límites de derechos y deberes. En EE UU o en Brasil, una mascarilla es hoy más que un significante: es un signo de confrontación

Partidarios de la Coalición Conservadora de Michigan protestan contra las medidas de confinamiento en el capitolio del Estado, EE UU, el pasado 20 de mayo.
Partidarios de la Coalición Conservadora de Michigan protestan contra las medidas de confinamiento en el capitolio del Estado, EE UU, el pasado 20 de mayo.SETH HERALD (Reuters)

La crisis del coronavirus está siendo pródiga en paradojas que moverían a risa si no fuera una situación tan dramática. La pretendida desobediencia civil de miles de norteamericanos ante el confinamiento se formula en ocasiones mediante un arsenal propio de superproducción de Hollywood: los asaltantes del Capitolio de Michigan mostraron su disconformidad con la suspensión de la actividad en el Estado pertrechados con amenazantes fusiles de asalto.

Otro contrasentido notorio fue la visita del presidente Trump a una fábrica que confecciona mascarillas mientras se negaba explícitamente a ponérsela, porque, dijo, no quería dar esa satisfacción morbosa los chicos de la prensa. Como si el tapabocas fuera un signo de debilidad impropio de un líder alfa; la nariz roja del payaso.

Peor que las astracanadas de Trump, a las que ya estamos acostumbrados aunque siempre acabe sorprendiéndonos, son los carteles que exhiben muchas tiendas a lo largo de EE UU prohibiendo el acceso a personas embozadas. Como si cubrirse la boca fuera un desdoro, una vergüenza o, incluso, una confesión de miedo cuando solo es un signo de respeto y responsabilidad cívica. Es la semiología del coronavirus en EE UU, o en Brasil: la mascarilla como bandera hecha jirones en la pugna entre derechos y libertades. Si por un trozo de celulosa hay bronca, el día que China encuentre la vacuna tal vez acabe llegando la sangre al río.

Si atendemos a la confrontación en EE UU entre partidarios y enemigos de la profilaxis –huelga hablar del supremo interés de la salud pública, siendo lo público poco menos que anatema—, la semiótica de la crisis del coronavirus es evidente: es el significante expreso (la asertividad del derecho a portar armas, consagrado por la segunda enmienda constitucional) frente al significado negativo de la mascarilla como sinónimo de restricción de movimientos y actividad. Armas sí; limitaciones, no, parece ser el corolario del mensaje. Esa interpretación de la noción de libertad se da de bruces con la del bien común; el individualismo inherente al libre albedrío socava cualquier esfuerzo social frente a la pandemia. A ras de calle y en las tribunas, también lo minan el filibusterismo atroz, pendenciero incluso, en algunos Parlamentos, como el español; la revuelta de clase de algunos barrios o las protestas de signo variopinto en Alemania, amparadas además en un fallo del Constitucional que consagra el derecho a manifestarse: de nuevo la tensión entre lo individual y lo colectivo.

En la peor amenaza no bélica que afronta el mundo en un siglo, desde la mal llamada gripe española, se reproducen los mensajes levantiscos y airados: penúltimos mohicanos en defensa de ilusorios reductos libertarios; indignados de toda laya, más los privilegiados de siempre; factores todos ellos de una realidad constreñida entre la pulsión individualista del mercado y la frágil cohesión de un cuerpo social quién sabe si también enfermo.

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