Columna
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Kumä’äy. Mensajes desde un futuro multilingüe

La escuela, que había sido el ariete y el bastión lingüicida del Estado mexicano, se convirtió en el bastión de la resistencia que dio aliento a la diversidad lingüística

Indígenas tzotzil y tzeltales participan en un desfile de carnaval en San Juan Chamula, Chiapas, en febrero.
Indígenas tzotzil y tzeltales participan en un desfile de carnaval en San Juan Chamula, Chiapas, en febrero.Carlos López (EFE)

¿Cómo fue que logramos revertir la acelerada pérdida de lenguas indígenas? A estas alturas suena extraño pensar que esas lenguas alguna vez estuvieron en serio riesgo de desaparecer y que, de hecho, muchas desaparecieron irremediablemente. Los estudios actuales sobre las lenguas indígenas se han centrado sobre todo en documentar las diversas prácticas pedagógicas asociadas a la enseñanza de estos idiomas y en realizar estudios gramaticales y estudios poéticos, pero hay muy poca investigación que nos puedan dar un esquema general del proceso que culminó en el hecho de que en estas últimas décadas nos parezca natural la existencia pujante y vital de tantas lenguas en este territorio.

Este texto pretende ser apenas un brevísimo esbozo histórico de lo sucedido en esos años en los que la diversidad lingüística de México estuvo seriamente amenazada y de la lucha, en gran parte olvidada, que hubo que dar para que ahora algo tan dado y natural como nos parece el multilingüismo tuviera posibilidades reales de futuro, un futuro que es ahora el presente desde el que escribo. A punto de terminar este breve escrito, me he enterado de que el Centro Amuzgo de Estudios Históricos prepara la publicación de un volumen que documentará, a detalle y con rigor (como ya es costumbre en las investigaciones de este prestigioso centro comunal de investigación), el extraño periodo en el que la diversidad lingüística estuvo en riesgo y los procesos y luchas que lograron revertir los efectos de esa época lamentable, tan lamentable que la hemos casi borrado de la memoria colectiva.

El tiempo en el que los idiomas estuvieron en serio riesgo de extinción fue breve pero suficientemente brutal como para causar la muerte de muchas lenguas. Repetiré algo que ahora nos parece obvio, la diversidad de lenguas es un rasgo que ha acompañado a la humanidad desde siempre. Imperios, guerras, conquistas, migraciones, desarrollo y caída de múltiples culturas y diferentes civilizaciones, miles de años de historia en muchísimos lugares del planeta, nunca nada de esto puso en riesgo de desaparición la diversidad lingüística del mundo como los aproximadamente 300 años en los que la humanidad optó por un solo modelo sociopolítico para todas las sociedades: el Estado-nación.

Este periodo en el que la diversidad lingüística estuvo muy comprometida comprende aproximadamente los dos últimos siglos del primer milenio después de nuestra era y el primer siglo del segundo milenio. Dentro de la ecuación que establecía la idea de que cada uno de los aproximadamente 200 estados era también una nación, germinó la disposición de que cada uno debería entonces tener una sola lengua, a lo más dos, en casos extraños, hasta tres. El mundo con sus aproximadamente 7.000 lenguas en ese momento, se hallaba parcelado en poco más de doscientos estados, en su mayoría obsesionados en imponer una sola lengua en los territorios dentro de sus fronteras.

El territorio desde el que ahora escribo en las montañas de la Región Mixe, quedó adscrito dentro del Estado mexicano. En el momento de su creación, a principios del siglo XIX, aproximadamente el 70% de la población encapsulada dentro de ese Estado hablaba una gran variedad de lenguas pero el nuevo modelo optó por imponer el español, la lengua de la minoría con más poder. Para lograrlo, el poder del Estado implementó desde todas sus áreas de administración, sobre todo desde un sistema educativo único y centralizado que fue creando con el tiempo, la imposición del español.

Las lenguas indígenas dejaron de llamarse idiomas como en los siglos anteriores y recibieron el nombre de “dialectos” con una fuerte carga despectiva, el español fue elevado a lengua nacional como los libros de texto de la época los evidencian. La posibilidad de que los documentos oficiales pudieran redactarse en lenguas indígenas como sucedió en los siglos pasados se esfumó con el establecimiento del Estado, la rica tradición escrita en caracteres antiguos o en el abecedario latino que había llegado con la colonización española fue desapareciendo y desde los espacios escolares las muy diversas lenguas indígenas fueron proscritas, hablarlas se volvió motivo de castigos, de golpes, de humillaciones, de multas, a tal grado que muchas personas que las hablaban se fueron convenciendo de que era mejor no transmitirlas.

La red de intérpretes y traductores para el sistema judicial prácticamente fue desaparecido con el establecimiento del Estado mexicano, las publicaciones de libros en lenguas indígenas se volvieron muy escasas en contraste, por ejemplo, con los más de cien textos publicados para 1580 en la imprenta de México. Las lenguas indígenas dejaron de ser lenguas de instrucción y de estudio en espacios académicos y los estudios gramaticales sobre estas lenguas se volvieron una rareza cuando siglos atrás era posible tomar cátedra en lenguas como el otomí, náhuatl o matlazinca en instituciones como la Real y Pontificia Universidad de México. Poco a poco, entre más se fortalecía el Estado más se redujeron los espacios de uso y vitalidad de la diversidad de lenguas que siempre le había sido natural a la población de estos territorios. Poco a poco el proyecto monolingüe se fue imponiendo con éxito y la diversidad lingüística, como nunca en la historia, comenzó a estar en riesgo de extinción.

A finales del Siglo XX, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional provocó que en las siguientes décadas el Estado mexicano hiciera algunas reformas legales para proteger la diversidad lingüística pero nada cambiaba sustancialmente en los hechos, la educación seguía estando centralizada y se impartía sobre todo en español, el sistema de educación bilingüe era un rotundo fracaso y no había logrado frenar la acelerada pérdida de la diversidad lingüística, garantizar intérpretes o traductores en lenguas indígenas era una odisea, hacer uso de lenguas indígenas en documentos oficiales era prácticamente imposible, los funcionarios y agentes del Estado que enviaban a territorios en dónde se hablaban otras lenguas solo hablaban español, intentar registrar a un niño con un nombre en alguna lengua indígena era un calvario, las leyes que regulaban los medios de comunicación privilegiaban el uso de una sola lengua y, en este contexto, a comienzos del siglo XXI, los hablantes de lenguas indígenas habían sido minorizados a tal punto que representaban el 6,1% de la población mexicana. Aún cuando había resistencias y luchas dentro de los pueblos indígenas, el futuro se veía de un gris monolingüe.

De pronto, una pequeña chispa provocó un incendio a mediados del siglo XXI. Una mujer tepehua de Pisaflores, Veracruz, llamada Aura Grande, decidió no enviar más a la escuela a su hija mientras no se garantizara que la lengua de instrucción de las diversas materias fuera el tepehua, con una clase de alguna segunda lengua que fuera de la elección de la niña. En lugar de ir a clases, Aura llevaba todos los días a su hija a protestar frente a las instalaciones de la escuela con una cartulina en mano escrita en lengua tepehua. Aquella pacífica pero insistente protesta llegó a los medios de comunicación que estallaron en su contra, la acusaron de estar atentando contra el derecho a la educación de su hija y diversas opiniones indignadas dijeron que incluso debería ser castigada; algunos políticos, en aras de conseguir protagonismo, la denunciaron.

Ella se mantuvo firme, explicó cómo el sistema educativo al que tenía acceso la población infantil solo era bilingüe en el nombre pero no lo era en la práctica, explicó que el sistema de educación bilingüe del Estado era, en general, un engaño, a lo más se impartía tepehua solo un par de horas a la semana, explicó también cómo su hija tenía el derecho, como todos los niños y niñas del mundo, a que fuera instruida en su lengua materna, “si una a niña danesa le explican astronomía en danés ¿por qué mi hija no puede recibir educación sobre los astros en su propia lengua? ¿por qué no puede aprender a sumar, dividir o multiplicar en tepehua que es la lengua que ha adquirido a través de su madre? ¿por qué no puede elegir ella misma qué otras lenguas desea aprender?” Contestaba pacientemente las preguntas que le hacía la prensa. La opinión pública se polarizó pero por primera vez se estaba discutiendo ampliamente el tema de la diversidad lingüística y los derechos lingüísticos.

El día que llegaron a detenerla por negarle educación a su hija, en un acto a todas luces abusivo, miles de personas que llevaban una vida luchando por la revitalización de las lenguas habían llegado ya hasta Pisaflores para impedirlo. Aquel movimiento se fue haciendo cada vez mayor y se organizó la primera gran Marcha por la Diversidad Lingüística, una caminata desde Pisafores hacia la Ciudad de México. Miles de estudiantes hablantes de lenguas indígenas desertaron de las escuelas del Estado. Este fue el antecedente de los distintos sistemas de educación que existen en la actualidad.

Las comunidades del pueblo mixe que llevaba un tiempo desarrollando propuestas de educación alternativa tomaron los edificios escolares en donde el Estado había impartido educación monolingüe y comenzaron ahí un nuevo proyecto en donde, como sucede con los niños alemanes que toman todas sus clases en alemán, la población infantil mixe podían abrevar del conocimiento que su especie había generado en su propia lengua mixe. Además, podían elegir aprender otras lenguas de su elección. La escuela, que había sido el ariete y el bastión lingüicida del Estado mexicano, se convirtió en el bastión de la resistencia que dio aliento a la diversidad lingüística de México. Este movimiento tuvo mucho éxito y se comenzó a replicar. Así surgió el sistema educativo amuzgo, el sistema rarámuri y el cora por mencionar ejemplos muy tempranos. Cada sistema era distinto pero tenían en común el uso de las lenguas indígenas como lenguas de instrucción. Durante mucho tiempo el Gobierno mexicano se negó a soltar el control que tenía sobre el sistema educativo pero con el paso de las décadas tuvo que ceder.

Esta pequeña chispa incendió otros campos. El sistema judicial tuvo que responder a la nueva realidad, el sistema de salud tuvo que ponerse a dialogar con otras culturas y terminó por entender que era un atropello no contar con intérpretes capacitados. Los medios de comunicación se multiplicaron en lenguas diferentes, cada comunidad y colectividad de hablantes de lenguas indígenas gestionó imprentas y publicaciones digitales en una gran diversidad de idiomas. El conocimiento volvió a ser multilingüe como lo había sido siempre antes del establecimiento del Estado mexicano y como ahora nos parece lo más natural del mundo. Esa idea irracional de que es necesario imponer una sola lengua llevó a construir un país artificialmente monolingüe, por fortuna esa absurda pretensión fue frenada a tiempo y ahora las sociedades de estos territorios son, mayoritariamente, al menos bilingües. Para los detalles historiográficos más especializados sobre el proceso mediante el cual revertimos la pérdida de la diversidad lingüística, les ruego esperar, queridas lectoras y lectores, la próxima publicación del Centro Amuzgo de Estudios Históricos mencionado al principio de este texto. Estén pendientes.

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