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eutanasia
Columna
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La muerte. Breves reflexiones

La eutanasia ya ha sido despenalizada en dos países de Latinoamérica, Colombia y Ecuador; en Perú ya se llevó a cabo el primer procedimiento. En México continuamos en el medioevo

Paola Roldán
Paola Roldán, acompañada de su esposo, escucha los 'amicus curiae' en la audiencia pública donde se expondrán argumentos sobre la solicitud de despenalización de la eutanasia en Ecuador, el 20 de noviembre de 2023.KAREN TORO

Sobre morir con dignidad, eutanasia y suicidio asistido he escrito en diversos foros, publicado algunos libros y he compartido mis reflexiones en congresos. Sesgo médico lo hay. Lo médico, sobre todo ahora, ante el avasallador crecimiento de la biotecnología deja de serlo cuando se trata de brindarle al enfermo y a la familia la oportunidad de morir con dignidad, arropado por sus seres queridos, ergo, morir no sólo es fenómeno individual, es también evento familiar y social.

En México, de ahí este escrito, eutanasia y suicidio asistido son temas cuasi vedados. Por fortuna muchos colegas desoímos a las autoridades y nos comprometemos con los enfermos y sus familiares: despedirse con dignidad es motto de algunos doctores y pedimento de familiares desesperados por el sufrimiento de los suyos. La eutanasia ya ha sido despenalizada en dos países de Latinoamérica, Colombia y Ecuador; en Perú ya se llevó a cabo el primer procedimiento. En México continuamos en el medioevo.

Si bien el texto no habla como tal de eutanasia, las ideas que a continuación comparto invitan a pensar en el final. Morir es filosofía, ayudar a morir es compromiso humano. Comparto algunas de mis obsesiones, así como preguntas no resueltas. Cuestiones humanas tan viejas como la misma humanidad: tras la muerte, ¿qué sigue?, ¿sigue “algo” cuando se es ateo? Inquietudes compañeras de la filosofía, de la religión, de la poesía, del arte y del poder omnímodo y en ocasiones sordo de la tecnología médica. “Más que prolongar la vida, prolongan mi muerte”, me dijo una enferma internada dos semanas en una unidad de terapia intensiva.

Las obsesiones, mientras no sean patológicas, son provechosas: abren escenarios, hurgan en sitios diversos, aclaran, desmitifican. Es menester pensar en la muerte como compañera de la vida. Pensarla desde el desparpajo y/o desde la filosofía. Pensarla con Epicuro, con Woody Allen y con los monjes tibetanos.

Con Epicuro. Es famosa su sentencia: “Si somos, la muerte no es; si la muerte es, no somos”. Interpreto. Saltan tres ideas: A) No hay punto de encuentro entre una y otra. De ahí la imposibilidad de hablar sobre le final. B) El espacio entre vida y muerte es infinito. Imposible hablar desde la experiencia. C) No hay coincidencia temporal entre ambos eventos. Cuando empieza una termina la otra. Epicuro falleció tres siglos antes de nuestra era. Sigue vigente: cine, arte, filosofía y poesía se ocupan del dilema expuesto por él. Así será siempre.

Con Allen. Dos ideas. Durante la presentación de una de sus películas, un periodista le preguntó, “¿Cuál es su relación exacta con la muerte?”. Tras meditarlo unos segundos, respondió, “Esto… la verdad es que no ha cambiado demasiado: estoy en contra de ella”. En otra oportunidad afirmó, “No es que tenga miedo a morir, simplemente no quiero estar ahí cuando ocurra”. ¡Caray!: ¿A quién no le gustaría robar las ideas de Allen y escribir su epitafio con amor y sorna? Por ejemplo: Cuesta trabajo vivir; no cuesta morir.

Sogyal Rimpoché (1947-2019), maestro budista de meditación, expulsado de su natal Tibet por la invasión china, ha reflexionado ampliamente sobre la muerte. En El libro tibetano de la vida y de la muerte, escribe: “Cuando llegué a Occidente, me sorprendió el contraste entre las actitudes hacia la muerte con que me había criado y las que entonces encontré. A pesar de sus éxitos tecnológicos, la sociedad occidental carece de una verdadera comprensión de la muerte y de lo que ocurre durante la muerte o después de ella”. Para mí es imposible entender lo que sucede después de la muerte, como lo hace Rimpoché. En cambio, sus aseveraciones sobre el divorcio entre tecnología y la construcción del ser interno de la persona las hago mías. Lo mismo sucede con otras afirmaciones del maestro budista; para él, la negación de la muerte va más allá del individuo: afecta a todo el planeta. La devastación de la Tierra poco importa: predomina satisfacer los fines inmediatos personales y egoístas. Poco significan los que siguen.

Arriesgo unas reflexiones alejadas de los nauseabundos discursos políticos acerca de la eutanasia y de la necesidad de fallecer, si es posible, con dignidad. Una certeza: no podemos explicar la muerte pero sí es crítico incorporarla a nuestro vivir y a nuestras experiencias. ¿Para qué?: Al hacerlo la vida puede adquirir otros sentidos. Compartir obsesiones y gastar (o ganar) un poco de tiempo, como lo hago en este escrito, sirve: las palabras acompañan. La muerte. Breves reflexiones, no ofrece respuestas: invita. Para regodearse y huir de la ralea política comparto una idea. En Muerte y Existencia. Una historia conceptual del ser humano, James P. Carse escribe: “La muerte, percibida como una discontinuidad, no es lo que roba su significado a la vida, sino lo que hace posible un mayor significado de la vida”.

Ni Epicuro ni Allen ni Rimpoché. Todos. Y todos implica a las autoridades de salud de México

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