Arqueología

El penacho de Moctezuma o cómo recuperar el patrimonio artístico de un país

Expertos en arte e historiadores debaten fórmulas para ubicar con justicia los antiguos tesoros que se exponen fuera de sus lugares de origen

Pieza mostrada en la exposición Aztecas, que abrió este jueves al público en el Museo Etnográfico de Viena (Weltmuseum). EFE/ Jorge Dastis
Pieza mostrada en la exposición Aztecas, que abrió este jueves al público en el Museo Etnográfico de Viena (Weltmuseum). EFE/ Jorge DastisJorge Dastis / EFE

El arte también es política. Y cómo. Lo era cuando se encontraron Moctezuma y Hernán Cortés en el territorio mexica en 1519. El tlatoani le entregó preciosos regalos al barbado blanco que en este siglo vuelven al centro de la disputa entre países de forma recurrente. Aquellos suntuosos presentes se dispersaron por el mundo y la cosa no hacía más que empezar. México tiene hoy un rico patrimonio repartido por museos de varios continentes debido al mercadeo colonialista, los robos arqueológicos, la rapiña de los viajeros decimonónicos, la desidia o la necesidad de los autóctonos y otras formas de traficar con lo que no es de uno, sino de todos.

La historiadora Beatriz Gutiérrez Müller ha sido enviada por su marido, el presidente mexicano, a un viaje por Europa para pedir en préstamo parte de esos objetos históricos que se conservan en lejanos museos italianos, alemanes, franceses… Andrés Manuel López Obrador quiere que vuelvan a su territorio para ser expuestos, el año que viene, con motivo de varios aniversarios patrióticos, pero sobre todo el quinto centenario de la conquista española. Se trata de mostrar la grandeza artística, cultural y científica de aquellos pueblos que Cortés encontró tan exóticos. Y de paso, darle un empujoncito a la recuperación del patrimonio “usurpado” o “expoliado”, como se ha dicho desde el Gobierno.

Han pasado 500 años y la relación entre el arte y la política no puede ser la misma. Sirva este ejemplo: Los Ángeles es la segunda ciudad con más mexicanos del mundo, representan un 80% de los latinos del condado. Buena parte de ellos visita cada día el LACMA, un museo con una excepcional colección de arte latinoamericano. Y mexicano. ¿No tienen suerte aquellos de visitar su valioso pasado artístico en su lugar de residencia? La subdirectora del museo, Diana Magaloni, opina que sí. Recuperar un patrimonio no significa necesariamente trasladarlo a su territorio de origen, y ofrece esta conciliadora fórmula para limar asperezas. “Se trataría de hacer un registro en México del patrimonio que le pertenece, de catalogar bajo su propiedad todos esos objetos dispersos y llegar a acuerdos con países y museos para que eso permanezca allí bajo propiedad mexicana, lo que impediría su compra, venta y otras cesiones sin permiso previo. A cambio, México tendría en esas salas de arte de medio mundo excepcionales consulados artísticos donde el arte de los pueblos originarios dialogaría con el de otros mundos de igual a igual. ¿Hay mejores embajadores?”.

Magaloni no descarta que algunos objetos hayan de volver a México, pero es consciente de que si el mundo entero devuelve a cada país lo que le corresponde por origen sería equiparable a un terremoto planetario. Por no hablar de otras consideraciones prácticas o de justicia. Magaloni, responsable en el LACMA del programa de América Antigua y de Conservación, cuenta que el Códice Fiorentino de 1577 que estos días se reclama a Italia era considerado por la Iglesia católica tras la conquista como “una obra del demonio” y salió de México para refugiarse en Europa de las llamas divinas. “Allí lo guardaron y lo revalorizaron. Podría pertenecer a México, pero quizá es de justicia que siga en Italia”, apunta.

El desacuerdo es de rigor entre expertos en arte e historiadores. La idea que plantea Magaloni no es de hoy. La parieron hace años personas muy conocidas en México: un hombre de leyes, Alejandro Gertz Manero, el actual fiscal general, el reputado arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma y ella misma. En unas conferencias en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) lo discutido “quedó listo para que se legislara un reglamento” sobre el registro del tesoro disperso. Pero no se avanzó en ello. En 1972 Gertz Manero fue uno de los autores de la Ley Mexicana de Monumentos Históricos que declaró que todo objeto prehispánico pertenece a la nación y no se puede comprar ni vender. Se trataba de endurecer reglamentos de los años 40 que ofrecían grietas a la hora de controlar el tráfico del arte antiguo.

“Si se demostraba que algo había salido de México a partir de ese año, debía ser regresado”, dice Miguel Gleason, investigador independiente experto en Patrimonio. Demostrar cuándo salió un objeto de un país no es fácil. Uno puede encontrar una obra en una subasta en Francia, y reclamarla, pero a veces eso solo ocasiona un problema diplomático que suelen ganar los mismos países que en su día llenaron los museos con arte de lugares remotos. En estos tiempos es más eficaz la suave relación diplomática que andar a las bravas.

Gleason es partidario de que al menos aquellos objetos que sea únicos en su categoría permanezcan o sean devueltos a sus lugares de origen. El penacho de Moctezuma, a México, el friso del Partenón que atesora el British Museum, a Grecia. “La política es muy influyente, por algo las mejores colecciones del mundo están en países como Francia, Gran Bretaña o Estados Unidos”, dice. “Los objetos deben estar, de preferencia, allá donde aparecieron y cerca de los descendientes de quienes los hicieron. Al menos entre los que se puede probar que salieron ilegalmente”, añade el investigador, quien se suma a las directrices de la Unesco sobre el Patrimonio de la Humanidad. También es consciente de que un mundo tan trastocado no puede ordenarse de repente. “No estoy por que todo regrese, también me da orgullo, como mexicano, que haya objetos de mi país en los templos de la cultura del mundo, son embajadores culturales”, coincide con Magaloni. “No habría ni almacenes para guardar todo si llegara a México”, añade la experta en Conservación.

Ambos alaban la actividad diplomática de Gutiérrez Müller por Europa. “Puede que sea difícil traer resultados, pero no hay peor lucha que la que no se da”, dice Gleason. “Es importante que se ejerza esa presión”, añade.

No todas las culturas entienden igual su arte. En el caso de México, cobra importancia vital la opinión de los pueblos originarios que los crearon y cómo sienten su pérdida. A principios del siglo XX, el espabilado cónsul estadounidense Edward Thompson dragó, con maquinaria de la que no disponían ni por asomo los lugareños, el cenote sagrado en el sitio arqueológico de Chichén Itzá, en la península yucateca. Sacó joyas de toda clase que los pueblos antiguos arrojaban allí en rituales. “Eso es un sacrilegio”, dice Gleason. “En este debate deberíamos tomar la visión originaria de quienes hicieron aquellas piezas y considerar la opinión de sus descendientes”, añade Magaloni.

Hay varias maneras de sacar de un país piezas antiguas de valor incalculable. Gleason las tiene catalogadas: como botín de guerra (ilegal); extraídas por los colonialistas bajo su dominio (confuso); regalos (legal); robo o saqueo de sitios arqueológicos, muy común en el siglo XIX (ilegal) compraventa (legal o ilegal); a partir de una misión arqueológica en la que interviene otro país (legales algunas, ilegales otras).

Más práctico en los tiempos actuales son las fórmulas que plantea este experto para recuperar lo que salió de su lugar originario: mediante una devolución amistosa. Es raro, pero el papa Juan Pablo II regresó a México el Códice Cruz-Badiano. Los más valiosos, que ahora pide Gutiérrez Müller, siguen en el Vaticano. La segunda propuesta es que alguien vaya y los robe, dice Gleason. Ya ocurrió en los ochenta, cuando el abogado José Luis Castañeda sustrajo el Códice Tonalamatl de Aubin de la Biblioteca Nacional de París y lo devolvió a México. Gran conflicto diplomático irresoluto aún. Se puede probar la ilegalidad con que salió de su lugar de origen, prosigue el experto, o iniciar acuerdos diplomáticos; también es plausible negociar cuando el viento sopla a favor o hacer intercambios de piezas de valor similar. Y siempre se puede recurrir a la compra, por parte del Estado o de algún adinerado que lo traiga a sus museos del país, véase Slim.

Lo del penacho de Moctezuma tiene difícil arreglo debido a su delicado estado, en lo que coinciden expertos austriacos y mexicanos. Un viaje así lo desplumaría y es un objeto único de arte plumario que asombró a los europeos porque no conocían esas técnicas ni esas aves. El penacho se ha convertido en el símbolo más codiciado por México, donde las voces políticas casi depositan la reparación de los “agravios” de la conquista. Y es de ese tono del que discrepa Magaloni: “Hoy en día ya no podemos plantear eso en términos de conquista, ni de reparación de daños causados, ni de usurpación”.

De quién es el penacho, ¿de Moctezuma?

Se puede recurrir a los historiadores para que pongan un poco de luz sobre aquel 1519, cuando dos hombres se encuentran asombrados por el aspecto del otro. Una impresión imposible de experimentar en este siglo. Se sabe que el tlatoani, el más poderoso señor de los mexicas, bravo guerrero que no solía recibir a enemigos, acoge al extremeño con agasajo postinero y le entrega decenas de regalos. ¿O no eran estrictamente regalos tal cual los entendemos ahora? “Sí lo eran, es tradición de aquellos pueblos entregar obsequios al entablar relaciones que hoy llamaríamos diplomáticas. Y eran muy suntuosos porque con ellos daban a entender quién era el poderoso, quién mandaba allí. Es quijotesco pensar que los entregaron porque creían mágicos a los visitantes”, comienza Miguel Pastrana, del Instituto de Investigaciones Históricas de México, de la UNAM. No hay documentación fidedigna que acredite si el famoso penacho que hoy luce Austria fue uno de aquellos regalos o salió de México con otras mañas. “No había un catálogo, como ahora, pudo ser otro parecido lo que se le entregó”. “Es probable, pero no se sabe”, concede.

No tiene duda de que fue un regalo, sin embargo, María Castañeda de la Paz, del Instituto de Investigaciones Antropológicas, que estos días remata con su marido, Michel Oudijk, del Instituto de Filología, una publicación sobre las acusadas creencias religiosas de Moctezuma. Esa visión del tlatoani como un hombre religioso en extremo, asiste al relato del regalo entregado a un ser que presumían enviado por el dios-hombre Quetzalcoatl, la gran deidad mexicana que condujo a los aztecas hasta lo que hoy es la Ciudad de México y se fue por el océano Atlántico prometiendo volver. Algunas representaciones lo dibujan barbado como Cortés, recuerda Castañeda de la Paz. “Moctezuma ya había hecho averiguaciones sobre aquellos extraños que arribaron a las costas de Veracruz. El propio Cortés escribe al rey diciéndole que les hacían creer que ellos eran emisarios de aquel al que esperaban. ¿Cómo se explica si no que les abrieran las puertas y les recibieran en una ceremonia con todos los honores, que les alojaran en el mejor palacio y que les entregaran vestimentas y accesorios de cuatro dioses?”, plantea la historiadora. “De hecho, la segunda vez que Moctezuma lo recibe, se somete como vasallo y pide a los nobles que hagan lo propio. Moctezuma era muy religioso y le afligían las consecuencias de no hacer lo correcto. Si se demostraba que Cortés era el enviado de aquella deidad debía entregarle el trono”, sigue la historiadora. Luego todo acabó en tremendas batallas que se denominaron conquista, como se sabe. Pero Castañeda de la Paz no duda de que el penacho de Moctezuma estaba entre los presentes que recibió Cortés. Sobre si eso es motivo para reclamarlo a Austria o no, es un debate que cree que le corresponde a otros.

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