El riesgo de educar a los niños en el exceso

Preparar a nuestros hijos para el camino debería ser nuestro principal propósito educativo, sin evitarles los baches o contratiempos

Una madre abraza a su hijo.
Una madre abraza a su hijo.unsplash / Unsplash

Tuve la suerte de tener unos padres que me inculcaron el valor del esfuerzo y la superación personal. Que creyeron siempre que lo mejor que podían hacer por mí y mis hermanas era no aplanarnos el camino, dejar que tropezáramos y asumiésemos las consecuencias de nuestras decisiones. Que confiaron que seriamos capaces de conseguir todo aquello que nos propusiésemos gracias a nuestro trabajo y esfuerzo.

Recuerdo como de pequeña me costaba entender por qué otros padres les ponían las cosas muy fáciles a sus hijos. Por qué les solucionaban los problemas o les daban todo aquello que pedían. Amigos que no tenían que seguir normas ni respetar horarios, que no tenían tareas ni obligaciones por cumplir.

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Algunos años después, y especialmente desde que soy mamá, les estoy eternamente agradecida y valoro la valentía con la que fueron capaz de educarme. Sin duda para ellos hubiese sido mucho más fácil darme la solución antes que hacerme pensar, elegir por mí sabiendo que iban a acertar, darme todo lo que les pedía cada vez que no dejaba de llorar, allanarme el futuro para no verme sufrir.

Como padres queremos ofrecerles a nuestros hijos lo mejor, pero en ocasiones pecamos de hacerlo en exceso. Ofreciéndoles cosas que en realidad no necesitan, preguntándoles cosas a las que aún no están preparados para responder, consintiéndoles comportamientos nocivos para su desarrollo.

Sobreprotegiéndolos y entorpeciendo que se desarrollen de forma autónoma, sin dejarles que sean los verdaderos protagonistas de sus vidas, haciéndoles crecer dependientes y sin dejar que se frustren.

Torpemente adoptamos un modelo de hiperpaternidad, término acuñado por la periodista y escritora Eva Millet. Un estilo educativo donde erróneamente nos anticipamos y atendemos excesivamente las necesidades de nuestros pequeños o jóvenes, donde les ofrecemos una atención desproporcionada, donde nuestro nivel de exigencia es inadecuado y por debajo de sus posibilidades.

Un fenómeno de crianza donde se confunde la protección, una de las funciones vitales de la educación, con la hiperprotección. Una protección desmesurada, nociva, que incapacita. Que nos lleva a educar en la fragilidad, en la dependencia, en la imposibilidad de hacer frente a los propios miedos. Invalidando la autonomía, la capacidad de elección y confundiendo la sobrecompensación con el respeto.

Abrumamos a nuestros hijos y jóvenes con demasiados juguetes, actividades, opciones o información, les hacemos vivir a una velocidad inadecuada sin dejarles tiempo para explorar, para aburrirse, para crecer con calma. Buscamos soluciones a los problemas que ellos son capaces de resolver, gestionamos erróneamente su tiempo haciéndoles crecer a un ritmo de adulto.

Les facilitamos todas las comodidades, alabamos en acceso todo aquello que hacen haciéndolos creer que son excelentes. Evitamos que se frustren, que tengan dudas, que desarrollen las habilidades necesarias para construir una buena autoestima y autoconcepto.

Padres con un exceso de celo parental, que buscan tener niños perfectos, que sufren cada vez que sus pequeños tropiezan, que viven pendientes de las demandas de sus hijos. Que no creen en la necesidad de educar en valores tan esenciales como el esfuerzo, el trabajo en equipo o la perseverancia.

Convirtiéndolos en niños y jóvenes que se frustran cuando no destacan, que no saben ni ganar ni perder y tienen tendencia a evitar responsabilidades. Impacientes, irritables y malhumorados cuando no consiguen lo que quieren, frágiles y poco autónomos, que culpan a los demás de sus tropiezos. Niños y jóvenes con una personalidad exigente que pueden llegar a tener conductas dictatoriales o de omnipotencia.

En ocasiones detrás de esta educación en exceso encontramos anhelos frustrados de nosotros mismos que buscamos que nuestros hijos consigan o hagan cosas que nosotros no fuimos capaces de conseguir o no nos atrevimos a hacer.

Preparar a nuestros hijos para el camino debería ser nuestro principal propósito educativo, sin evitarles los baches o contratiempos, haciéndoles saber que en ocasiones la vida no atiende a razón. Educar desde el sentido común, la empatía y la confianza buscando el equilibrio entre la razón y la emoción.

Dándolos las herramientas necesarias para crecer libres y felices con grandes dosis de abrazos, besos y comprensión. Con palabras que ayuden a comprender, que faciliten dejarse sorprender por la vida a diario.

¿Cómo podemos entrenar a nuestros hijos para la vida?

  1. Explicándolos que la vida está llena de sacudidas, de situaciones difíciles e injustas a las que tendrán que hacer frente.
  2. Ofreciéndolos nuestro apoyo incondicional, nuestra confianza, nuestro tiempo para que se sientan protegidos, comprendidos y amados.
  3. Ayudándolos a mirar la vida con una perspectiva objetiva de las cosas, con optimismo, creyendo en el trabajo y esfuerzo como los mejores aliados.
  4. Sabiendo que menos es siempre más, démoslos únicamente lo que necesitan realmente.
  5. Dejándolos de controlar constantemente, empoderándoles para que solucionen sus problemas de forma autónoma, permitiéndoles que se equivoquen y asuman las consecuencias de sus decisiones.
  6. Respetando los ritmos para aprender, los gustos y necesidades, la forma de entender todo aquello que les rodea.
  7. Comprendiendo y validando todo aquello que sienten, ayudándoles a gestionar las emociones sin miedo, confiando en sus capacidades.
  8. Mostrándonos críticos cuando la actitud no es correcta, cuando no asumen sus responsabilidades o culpan a los demás de sus errores.
  9. Estableciendo límites claros y consensuados que regalen seguridad.
  10. Entrenándolos en todas las habilidades personales que consideramos imprescindibles para exprimir la vida, para conseguir un bienestar emocional, contagiándoles valores tan importantes como el respeto, la tolerancia o el compromiso.

Nuestros hijos necesitan papás y mamás que los acompañen desde la tranquilidad y el buen humor. Que no quieran hijos perfectos sino felices, que empoderen con palabras que los alienten a ser valientes.

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