Nancy Pelosi, Ocasio-Cortez y la historia de una familia demócrata

La veterana congresista busca repetir mandato como presidenta de la Cámara de Representantes mientras la nueva guardia de la formación admite el fracaso en encontrar una alternativa

Nancy Pelosi, a la izquierda, saluda a Alexandria Ocasio-Cortez en la Cámara de Representantes, en 2019.
Nancy Pelosi, a la izquierda, saluda a Alexandria Ocasio-Cortez en la Cámara de Representantes, en 2019.REUTERS

El nuevo Congreso de Estados Unidos toma posesión este domingo y se dispone a volver a votar a Nancy Pelosi como presidenta de la Cámara de Representantes y, por tanto, como tercera autoridad del país. Es la única mujer en la historia que ha ocupado ese puesto y lo ha hecho dos veces (entre 2007 y 2011 y desde 2019 hasta ahora). Al margen de la futura vicepresidenta, Kamala Harris, no ha habido jamás una política electa tan poderosa como esta mujer de 80 años. Cuenta, en principio, con los votos suficientes para salir confirmada en el cargo, aunque no puede permitirse muchas deserciones ni tiene margen de error. Villana de cuento para los republicanos y epítome del establishment para los demócratas más a la izquierda, nadie en el partido ha osado disputarle el mazo.

Dice la congresista treintañera Alexandria Ocasio-Cortez, icono de la savia nueva del Capitolio, que Pelosi debería marcharse y dejar paso a otras personas, pero que esas personas, sencillamente, no existen aún, y no hay que jugársela. “Lo que me preocupa, y admito que es un fracaso, es que no tenemos un plan. Si dejamos ese vacío, hay muchas fuerzas malignas que lo pueden llenar con algo peor”, comentó hace un par de semanas, en una entrevista a la revista digital The Intercept. “Debe haber un traspaso de poder”, dijo, pero los líderes del partido, a su juicio, han pasado muchos años “sin preparar de veras a una nueva generación de líderes”.

La media de edad en el Capitolio ha bajado en los últimos años, pero los primeros espadas demócratas que acompañan a Pelosi en la Cámara son Steny Hoyer, de 81 años, como líder de la mayoría en la Cámara, y Jim Clyburn, de 80, el influyente político de Carolina del Sur que ejerce de whip (látigo), es decir, el encargado de velar por la disciplina del partido. El líder de los demócratas en el Senado, Chuck Schumer, tiene 70 años y el de los republicanos, Mitch McConnell, 78. Los mismos, por otra parte, que el presidente electo, Joe Biden.

Si este domingo sale confirmada, la speaker afronta una legislatura complicada. Los demócratas han conservado el control de la Cámara de Representantes, pero con la mayoría más débil en décadas, y con la presión interna de los legisladores más progresistas del partido, que reclaman someter a votación leyes sobre la sanidad universal o la crisis climática de difícil consenso. “La Cámara es extraordinariamente compleja y yo no estoy preparada”, admitió Ocasio-Cortez en la citada entrevista, descartando la posibilidad de aspirar a ese puesto en el corto plazo. “No puedo ser yo, sé que no podría hacer ese trabajo”, añadió.

La relación entre Pelosi y Ocasio-Cortez, ambas iconos del poder político femenino en Estados Unidos, ha pasado por valles y picos, también algunas marejadas, y refleja el pulso ideológico y generacional de una familia demócrata diversa, pero unida contra Donald Trump, y con problemas de sucesión.

Nancy Pelosi saltó a la arena electoral en los años ochenta, pero había mamado la política desde su nacimiento. Era hija de Thomas D’Alesandro, congresista y alcalde de Baltimore que también pugnó por ser gobernador. Ella lanzó su carrera pública desde California, a donde se mudó al casarse con el financiero Paul Pelosi, y llegó a presidir el Partido Demócrata de este gran bastión liberal. Con casi cuatro décadas de experiencia en la jungla de Washington, hasta sus detractores admiten su habilidad de medir los tiempos y sacar adelante leyes.

Ocasio-Cortez fue una revolución. En verano de 2018, una neoyorquina de 28 años que trabajaba como camarera tan solo unos meses antes, arrebató las primarias del distrito Bronx-Queens a un santón del Partido Demócrata, Joseph Crowley, que llevaba nueve años en el escaño y multiplicaba por 10 sus recursos económicos y, en noviembre, ganó la elección. Se convirtió en la congresista más joven en llegar al Congreso y en una verdadera estrella de rock de la política: electrizante en las sesiones parlamentarias, brillante en las redes sociales y defensora del socialismo en un país que asocia este término al comunismo.

Autoridad y empuje

Con Ocasio-Cortez y su “escuadrón”, el sobrenombre de las cuatro jóvenes mujeres progresistas que debutaron en el Capitolio hace dos años, Pelosi ha tenido sus más y sus menos. Corrieron ríos de tinta, por ejemplo, cuando la veterana desdeñó el poder real de esa hornada y lo redujo a un fenómeno de Twitter. En última instancia, no obstante, han mantenido la disciplina de partido estos dos años explosivos, con impeachment incluido. La imagen de la presidenta de la Cámara rasgando con desprecio los papeles de la intervención de Trump en el discurso del estado de la Unión, el pasado febrero, quedó grabada en la historia como símbolo de la hostilidad política de este tiempo. Como ejemplo de autoridad, queda el gesto con el que mandó callar a los demócratas que quisieron aplaudir y celebrar la votación para lanzar el juicio político contra el presidente, un momento grave y solemne. Y no hay discusión sobre la capacidad que ha mostrado para sacar a Trump de sus casillas.

En la votación de 2019, Pelosi sufrió 15 deserciones de los demócratas. De aquellos, cuatro han perdido sus escaños. El efecto pandemia añade incertidumbre y, como dijo el congresista de Virginia Gerry Connolly a la CNN, ella “es muy consciente de la débil mayoría y si algo sabe hacer, es contar votos”. “Va a haber un esfuerzo por convencerles de que no nos podemos permitir incertidumbre sobre la presidencia de la Cámara”, añadió Connelly. Hay fuego amigo contra Pelosi. Su casa en San Francisco resultó atacada la madrugada del sábado. Frases como “Cancelen la renta”—en referencia a una moratoria del pago de los alquileres por la crisis— o “Lo queremos todo” aparecieron pintadas de negro en la puerta de su garaje. En el suelo, dejaron la cabeza de un cerdo.

La tensión generacional e ideológica —entre los flancos más centristas e izquierdistas del partido—, también ha atrapado a Joe Biden o Barack Obama. Poco después de las elecciones, a propósito de las derrotas sufridas en la Cámara de Representantes, Obama pisó callos al cuestionar eslóganes “rápidos” como “Recortar fondos a la policía”, lema defendido por los sectores izquierdistas en plena ola de protestas contra el racismo y la brutalidad policial. “En el momento en el que dices eso, pierdes mucho público, lo cual hace mucho menos probable que consigas los cambios que pretendes”, dijo en una entrevista, y añadió: “La cuestión clave que debes decidir es: ‘¿Quieres conseguir que se haga algo o prefieres sentirte bien con la gente que ya está de acuerdo contigo?”. Recibió críticas de la congresista por Minesota Ilhan Omar, musulmana de origen somalí y miembro de ese “escuadrón” progresista, y de Cori Bush, recién elegida congresista por Misuri, entre otros. “No es un eslogan, es un mandato para mantener a nuestra gente con vida. Con el debido respeto, señor presidente, hablemos de cómo estamos perdiendo a nuestra gente”, dijo Bush.

Aun así, en esta polémica intervención, Obama también reclamó atención y espacio para las nuevas generaciones y lamentó, por ejemplo, que la convención demócrata de este verano, cuando se coronó a Biden y Harris como candidatos, dejase tan poco protagonismo a una figura tan influyente como Alexandria Ocasio-Cortez.

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Sobre la firma

Amanda Mars

Corresponsal jefe de EL PAÍS en EE UU. Comenzó su carrera en 2001 en Europa Press, pasó por La Gaceta de los Negocios y en 2006 se incorporó a EL PAÍS, donde fue subjefa de Economía y corresponsal en Nueva York. Desde 2017 vive en Washington. Ha cubierto dos elecciones presidenciales, unas legislativas, dos impeachment y un asalto al Capitolio.

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