El abogado del pueblo se queda sin cliente

El jurista Giuseppe Conte ha gobernado durante dos años y medio con casi todas las fuerzas políticas. Ahora tiene en su mano facilitar la formación del nuevo Ejecutivo de Mario Draghi

El primer ministro dimisionario, Giuseppe Conte, saliendo de su casa este miércoles.
El primer ministro dimisionario, Giuseppe Conte, saliendo de su casa este miércoles.RICCARDO ANTIMIANI / EFE

Giuiseppe Conte (Volturara Appula, 56 años) salió de su apartamento del centro de Roma pasada la una del mediodía de este miércoles. Después de una mañana pegado al teléfono, acababa de ver en el televisor la intervención de Mario Draghi en el Palacio del Quirinal después de recibir el encargo de manos del jefe del Estado para formar un Gobierno. Un Ejecutivo, en realidad, que debería sepultar al que el propio Conte había presidido en el último año y que había descarrilado dos días antes tras la maquiavélica operación del líder de Italia Viva, Matteo Renzi. Cabizbajo, impecablemente vestido, se marchó hasta el coche que iba a llevarlo hasta el Palacio Chigi, quién sabe si por última vez. Ahí se reunió con su equipo, todavía muy tocado por la situación. A las cuatro de la tarde, recibió también una palmada y palabras cariñosas del hombre llamado a sucederle, que decidió ir a visitarle antes de comenzar el diálogo con los partidos. Ahora Conte, que se autoproclamó a su llegada al Palacio Chigi como “abogado del pueblo”, se acaba de quedar sin su único cliente. Pero deberá decidir qué tipo de transición está dispuesto a facilitar.

El principal escollo para el nuevo Ejecutivo será la disposición del Movimiento 5 Estrellas a aceptarlo. Los grillinos auparon a Conte al poder en 2018 -no estaba afiliado al partido, pero fue candidato a uno de los ministerios- y han vivido estos tres años bajo su manto protector. Huérfanos de un líder, el primer ministro es una de las pocas autoridades morales que tienen los grillinos hoy. La postura que mantenga respecto a su sucesor, que este miércoles ha ido a visitarlo al Palacio Chigi después de encontrarse con los presidentes de las dos cámaras, podría ser determinante para la decisión que tome el M5S. Su entorno directo quiere que el primer ministro dimisionario le dé la espalda al nuevo Gobierno. Pero Conte, un hombre tranquilo y poco rencoroso, tiene otro talante. “Está tocado, pero no ha decidido todavía nada”, señala una persona que trata con él a diario.

Conte es el síntoma más claro de la decadencia de un sistema político en Italia en el que los partidos ni siquiera están ya interesados en tener a uno de los suyos como primer ministro, sino a alguien a quien controlar. El hombre que ha tenido que gestionar la peor crisis del país después de la Segunda Guerra Mundial aterrizó en la política casi de forma accidental en 2018. El Movimiento 5 Estrellas lo presentó como candidato al Ministerio de Administraciones Públicas. Formaba parte de ese grupo de hombres y mujeres que han hecho carrera entre las bambalinas del Estado. Era serio, tenía buena presencia y conocía el sistema. De modo que cuando la Liga y el M5S formaron un Ejecutivo de corte extremadamente populista, decidieron que sería la persona ideal para ir poniendo una cruz en los puntos del programa de Gobierno que habían suscrito a medida que se fueran cumpliendo.

El primer Ejecutivo de Conte, un laboratorio que mezclaba populismo con soberanismo y políticas de ultraderecha con tics antisistema, descarriló en pleno verano. Salvini no se conformaba con ser vicepresidente de aquel Gobierno e intentó reemplazarle a la fuerza con un volantazo. Pero el líder de la Liga tuvo la mala suerte de encontrarse de golpe en medio de de una de las estrategias de Matteo Renzi, entonces todavía en el Partido Democrático. El florentino le hizo creer que apoyaría su intento de derrocar al Ejecutivo desde la playa, pero no fue así. Salvini pasó a la oposición. Pero Conte siguió flotando en la tormenta.

La segunda aventura de abogado del pueblo en el Palacio Chigi fue la antítesis de la primera. Conte decidió gobernar como si fuera Groucho Marx: tenía unos principios, pero si no gustaban, podía tener otros distintos. Pasó de gobernar con la ultraderecha a hacerlo con los socialdemócratas. Dijo e hizo todo lo contrario que había hecho y dicho. Abolió los decretos antiinmigración que él mismo había firmado y se convirtió en el más europeísta de quienes habían sostenido en el pasado un Ejecutivo antieuropeo.

Conte desafió a mediados de diciembre a Matteo Renzi. Como Salvini hace un año, pensaba que podría doblegarle y encabezar un tercer Ejecutivo. Pero el florentino se empleó a fondo en descabalgarlo del poder. Conte solo tiene ahora en su mano contribuir a que no descarrile el último intento desesperado de Italia para formar un Ejecutivo que le permita navegar en la tormenta de la pandemia y la crisis económica que generará.

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