Crisis del coronavirus

Putin solo quiere dar buenas noticias

El presidente ruso adopta un segundo plano en la gestión de la crisis del coronavirus. Su postura puede marcar un momento crítico en su mandato

El presidente ruso, Vladímir Putin, en una reunión por videoconferencia con su gabinete desde su residencia de Novo-Ogaryovo, el miércoles.
El presidente ruso, Vladímir Putin, en una reunión por videoconferencia con su gabinete desde su residencia de Novo-Ogaryovo, el miércoles.ALEXEI DRUZHININ / KREMLIN POOL/ / EFE

Durante las dos décadas de su mandato, Vladímir Putin, ha hecho ver a los rusos que es él quien toma las decisiones. Quien, en última instancia, se remanga y soluciona los problemas. El que escucha al ciudadano que pide otra línea más de metro en su remota ciudad, para que poco después el gobernador de aquella región lo anuncie. O al veterano militar que reclama más recursos. Pero en la crisis del coronavirus, el presidente ruso ha preferido tener un papel secundario. Putin solo quiere dar buenas noticias. Y ha dejado a sus lugartenientes los anuncios más duros. La alerta sanitaria de la Covid-19, que en Rusia no alcanza (al menos todavía) las abrumadoras cifras de fallecidos y contagios de Occidente, y su gestión es, sin embargo, un episodio decisivo no solo para el futuro del país sino también para su líder, a quien la crisis le ha pillado a punto de cristalizar una maniobra para perpetuarse en el poder.

Salvo la hípertelevisada visita a la ‘primera línea’ al principal hospital de Moscú para el tratamiento del coronavirus, donde se enfundó un vistoso traje de protección especial amarillo y una moderna mascarilla, el presidente ruso ha estado ausente en la respuesta a la pandemia de coronavirus, que en Rusia ha matado a unas 130 personas y contagiado a más de 15.700, según sus datos oficiales, aunque las autoridades han admitido que la cifra real es mucho mayor. Han sido su primer ministro, Mijaíl Mishustin y, gobernadores regionales o alcaldes como el de Moscú, Serguéi Sobianin –con un papel muy destacado, los responsables de proponer y emprender las medidas de restricción más dolorosas. “Un modelo que en una Rusia que ha destruido el federalismo, centralizando el poder y privando a las regiones de recursos financieros, choca. De repente llegan malos tiempos y las regiones reciben más autoridad y son así las responsables de la crisis”, apunta la politóloga Marina Litvinóvich.

Mientras, Putin ha comparecido para pedir a los ciudadanos, con tono pausado y venerable, que se queden en casa, anunciar planes de apoyo económico a empresas y profesionales sanitarios; y, sin declarar el estado de emergencia, anunciar un régimen de “días no laborables” hasta final de mes. “Queridos amigos, todo pasa y esto también pasará. Nuestro país ha superado repetidamente pruebas serias: los pechenegos lo atormentaron, también los polovzi [ambos pueblos seminómadas]. Rusia los derrotó a todos”, dijo esta semana. Y la comparación de la lucha contra el coronavirus con las guerras contra esos enemigos medievales dejó atónitos a muchos rusos.

Su “discurso desapasionado” muestra ahora más que nunca su falta de contacto con la realidad, resalta la politóloga Litvinóvich, que señala que el líder ruso no quiere perder su índice de popularidad. Y menos ahora que todavía debe celebrarse la consulta ciudadana (aplazada por el coronavirus) sobre la reforma de la Constitución que incluye una enmienda que abre una puerta a que Putin permanezca en el sillón del Kremlin hasta 2036. La confianza de los ciudadanos hacia el líder ruso se ha llegado a resentir varios puntos del 67% de primeros de año al 60% en marzo, según la encuestadora estatal VTsIOM. Ahora ha remontado. Sobre todo tras los últimos discursos, en los que, pese a que aún no ha reclamado un papel protagonista, se ha centrado en anunciar medidas para amortiguar el golpe financiero y la recesión a la que Rusia se encamina debido a las medidas de hibernación por la pandemia.

“Esta es una táctica muy antigua para que nada negativo, solo lo bueno, provenga de Putin. Incluso si la noticia en sí es mala, Putin la retuerce tratando de exponer solo lo positivo”, opina Alexánder Soloviov, jefe del Partido de los Cambios en Moscú. “Por eso sus subordinados, los cargos inferiores, son los que realizan las principales acciones y anuncios impopulares”, añade.

Políticos como Soloviov y analistas como Marina Litvinóvich han hablado mucho estos días sobre el sobre el “diccionario de palabras prohibidas de Putin”. Vocablos como “cuarentena”, “estado de emergencia” o “referéndum”, que nunca pronuncia; como tampoco lo hacía antes con “Navalni”, evitando dar visibilidad a Alexéi Navalni, uno de los principales líderes opositores extraparlamentarios y muy conocido en Occidente.

Pero no declarar la emergencia nacional y optar por esas vacaciones pagadas puede tener una explicación no solo semántica, dice Soloviov. “Para declarar una cuarentena completa, es necesario decretar un estado de emergencia. Eso abre legalmente la puerta a que los ciudadanos reclamen al Estado indemnizaciones por las pérdidas sufridas. Ahora la carga la tienen los restaurantes, bares, tiendas que tienen que cerrar sin apenas apoyos. Y las pequeñas y medianas empresas si siguen el régimen de días no laborables pagados”, dice el político. Así, con más éxito todavía que los memes sobre guerreros pechenegos y polovzi, estos días circula un chiste en las redes sociales rusas que hace referencia a todo ello: “Entra Putin a un bar y dice ‘una ronda para todos’. Y acto seguido: ‘Invita la casa”.

Así, son ahora cada vez más numerosas las voces que piden al Estado que libere sus reservas financieras. Que el golpe para la economía si no lo hace puede ser muy duro. Pero Rusia, que cuenta con un fondo para los días malos a costa del petróleo, ha estado apostando en los últimos años por una política de ahorro severa y eso se nota en el bolsillo de los ciudadanos, que han visto reducidos sus ingresos corrientes por la recesión derivada de las sanciones occidentales y una economía que necesita reformas; y que ahora pueden resentirse todavía más. “Los tiempos de vacas gordas han terminado, ahora tenemos que gestionar más eficazmente los recursos que hay en el Estado”, avisó el ministro de Finanzas, Antón Siluanov, la semana pasada.

Un aviso que ha escamado a una ciudadanía preocupada por qué sucederá después de esta crisis sanitaria y que ve cómo mientras en su país faltan mascarillas y los sanitarios se quejan de que no tienen trajes de protección o que los respiradores y la tecnología de sus centros está algo obsoleta, Rusia se presenta como el salvador, enviando un cargamento de material –donado– y un contingente de sanitarios a Italia a Serbia o a Estados Unidos.


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