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ANÁLISIS i

La restauración de una dinastía

La derrota de Syriza tiene que ver con la debilidad de la recuperación económica y el pacto de Macedonia del Norte

El conservador Mitsotakis, el jueves en un mitin en Atenas. En vídeo, perfil de Mitsotakis.

La derrota de Napoleón Bonaparte permitió a muchas familias nobles volver y reclamar sus tierras y tronos. Así pasó este domingo en Grecia. Después de un período de dominación izquierdista y de reproche vehemente por ser culpable de la corrupción que generó la crisis, la élite griega vuelve al poder con confianza. El ganador seguro, presidente de Nueva Democracia, Kyriakos Mitsotakis, no es cualquier arribista como lo era en su ascenso Alexis Tsipras. Hijo del primer ministro de los años noventa, Konstantinos Mitsotakis, y familiar de otros relevantes políticos griegos, Kyriakos es heredero de una dinastía política cretense que se remonta a Elefterios Venizelos. Las Bolsas respiran con alivio e ilusión: es la vuelta a la “normalidad”. La restauración griega marca el fin en la larga saga de la euro-crisis.

Napoleón tuvo más de un año de preparación entre su primera y su definitiva derrota en Waterloo. Tsipras apenas tuvo un mes y medio. Las elecciones europeas y municipales de mayo dejaron claro que su partido, Syriza, sumaba menos de un cuarto del voto. Tsipras convocó entonces elecciones anticipadas. ¿Qué hizo a los ciudadanos griegos, apasionados e impredecibles, abandonar a este joven prometedor, tras votarle dos veces y con agendas opuestas? No es porque Tsipras les traicionó marchando atrás y aceptando los dictámenes de Bruselas en 2015. Este tema ya se había resuelto cuando los votantes revalidaron su confianza después del tercer rescate. La extrema izquierda anti-Tsipras y anti-euro no es más fuerte hoy de lo que lo era hace cuatro años. Las razones de esta derrota son diferentes. Primero, la recuperación económica ha sido demasiado débil para bajar la tasa de desempleo o los impuestos abusivos a los autónomos. Segundo, el pacto sobre el nombre de Macedonia del Norte pasó en el Parlamento gracias a un puñado de votos de la oposición, pero fue rechazado por dos tercios de la opinión pública, sobre todo en la región de Macedonia, que cuenta con un cuarto de la población helena. Tsipras intentó atraer el voto antinacionalista, tratando la protesta griego-macedonia de fascista. No le funcionó. Aunque hubiera ganado el Premio Nobel de la Paz, hubiera perdido.

El fenómeno Syriza ha demostrado lo poco útil que ha sido el concepto de populismo para equiparar movimientos de derecha e izquierda radical en la Europa contemporánea. No se puede etiquetar fácilmente como populista a un partido que aprobó recortes durísimos y un acuerdo internacional tan impopular; ni es preciso llamar europeísta una oposición que votó contra todo eso y gracias a esto gana los comicios. Tampoco fue Syriza más meritocrático que Nueva Democracia en ofrecer trabajos públicos a familiares de sus políticos. Al fin y al cabo, toda política, la griega incluso, es populista y cínica. Mitsotakis ha tenido que coquetear con el voto de la extrema derecha en varios temas para asegurar su victoria y casi eliminar partidos como Aurora Dorada. Si consigue atraer inversiones y generar crecimiento, será posible bajar impuestos o renegociar con los acreedores la exigencia irrealista de un superávit perpetuo. Esta es su apuesta y la esperanza de los votantes que han confiado este domingo en él. Algunos de ellos votaban antes a Tsipras, y siguen cobrando la mitad de un salario típico español, con impuestos superiores y precios casi iguales.

Evangelos Liaras es profesor de Ciencia Política en el Instituto de Empresa. Este artículo ha sido elaborado por Agenda Pública para EL PAÍS

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