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LA BRÚJULA EUROPEA ANÁLISIS i

Llega el pastel, cuidado con los cuchillos: la batalla para el próximo presupuesto europeo

La negociación del nuevo marco financiero será uno de los pulsos clave de la nueva legislatura comunitaria

Emmanuel Macron y Angela Merkel, en primer plano, bajo la mirada de sus colegas Antonio Costa (Portugal), Mark Rutte (Holanda) y Sebastian Kurz (Austria), el pasado día 9 en la cumbre de Sibiu (Rumania).
Emmanuel Macron y Angela Merkel, en primer plano, bajo la mirada de sus colegas Antonio Costa (Portugal), Mark Rutte (Holanda) y Sebastian Kurz (Austria), el pasado día 9 en la cumbre de Sibiu (Rumania). REUTERS

Las elecciones europeas de finales de mayo inaugurarán una nueva etapa marcada por múltiples frentes de batalla en la UE. Tras el pulso por la distribución de los cargos, uno de los más relevantes será la negociación para perfilar el presupuesto comunitario en el septenio 2021-2027. Los protagonistas ya están afilando los cuchillos. Todavía no se ve sangre, pero las chispas de las hojas metálicas que se preparan iluminan una noche europea que puede ser muy oscura.

Esta semana un grupo de ocho países —entre ellos Francia y España— ha pedido a la UE que dé un enorme salto adelante en la lucha al cambio climático y que dedique a ello el 25% del próximo presupuesto. La propuesta encuentra fuertes reticencias y representaría un cambio radical con respecto a la actual configuración del gasto. Es solo un ejemplo de los prolegómenos de una negociación en la que se sobreponen el conflicto de los intereses nacionales por un lado y el ideológico por otro.

Llega el pastel, cuidado con los cuchillos: la batalla para el próximo presupuesto europeo

El presupuesto de la UE equivale aproximadamente al 1% del PIB del club comunitario. En 2017 el gasto ascendió a unos 137.000 millones de euros, una cifra inferior a los presupuestos nacionales de Austria o Bélgica, según datos de la Comisión Europea.

En un proceso de simplificación conceptual, puede designarse el monto total del presupuesto como primer orden de batalla. El Parlamento Europeo será previsiblemente la institución que más tire hacia arriba, con la Comisión también soplando a favor aunque de forma más moderada. Los Gobiernos nacionales, en general, pondrán el freno, con la Liga Hanseática capitaneada por los holandeses encabezando un fuerte impulso a la baja.

El segundo orden conceptual es la definición de quienes —y cuánto— serán contribuyentes netos, es decir los países que recibirán del presupuesto común menos de lo que ponen. En el año presupuestario 2017, 11 de los 28 fueron contribuyentes netos, con Alemania a la cabeza y todo el grupo de los países más prósperos, entre ellos Francia, Reino Unido e Italia. Ese año España todavía fue beneficiaria, aunque se encamina hacia el grupo con saldo pasivo. La salida de los británicos —contribuyentes netos pese al célebre cheque anual que negoció Thatcher y sigue subsistiendo— agriará esa disputa.

El tercer orden de pugna es el de las partidas de gasto. Actualmente un 39% va a fondos agrícolas (en gran medida los famosos pagos directos a los agricultores); un 34% a cohesión social y territorial (en buena medidas el apoyo a la convergencia regional); un 13% al impulso a la competitividad para crecimiento y empleo (apoyo a innovación, educación, infraestructuras); un 6% a la acción exterior.

Este reparto se antoja de forma bastante evidente como desfasado con respecto a las exigencias de nuestro tiempo. En su propuesta para el próximo septenio, que representa el pistoletazo de salida de la negociación presupuestaria, la Comisión Europea aboga por una consistente reorganización: notable aumento de las partidas de innovación, migración, defensa, luchas al cambio climático; declive de los fondos agrícolas y de cohesión regional.

Sobre estas premisas, la lucha entre Gobiernos podrá tener rasgos brutales. Subyace debajo de todo esto la tentación de un reajuste de cuentas que reduzca los grandes márgenes positivos de países del Este cuyos Ejecutivos lanzan ácidas críticas al proyecto comunitario o traicionan sus valores. Es una paradoja que en países financieramente tan beneficiados por la UE haya incubado una eurofobia tan virulenta. Algunos plantean una vinculación entre pleno respeto de los valores comunitario y desembolsos. Pero esto desencadena un dilema moral: ¿deben pagar todos los ciudadanos por la actitud autoritaria de sus gobernantes? ¿Y no acabaría esto además por fomentar más aún sentimientos antieuropeos?

Otro plano con graves riesgos de roce es la conformación de un presupuesto de la zona euro, fuertemente impulsado por Francia, visto con recelo por Alemania y casi con abierta hostilidad por los Hanseáticos. Un auténtico sudoku dentro del sudoku general.

Como es lógico, los cuchillos se van afilando. Convendría tener sumo cuidado en el manejo. Heridas y cortes en el lugar equivocado pueden acarrear graves daños. Con una sola ala difícilmente se vuela. Por otra parte, la magnanimidad suele pagar dividendos y perdonar es un verbo alado. La UE —la paz y prosperidad que ha generado— es la viva imagen de ello.

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