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ANÁLISIS i

Algo no tan inesperado

Los atentados de Sri Lanka demuestran que el extremismo islamista está hoy más extendido que nunca en el mundo

Un soldado hace guardia cerca de la iglesia de San Antonio en Colombo (Sri Lanka), este lunes.
Un soldado hace guardia cerca de la iglesia de San Antonio en Colombo (Sri Lanka), este lunes. AFP

Tras la serie concatenada y coordinada de atentados altamente cruentos que han tenido lugar en Sri Lanka podría decirse, sin más, que ilustran cómo el extremismo islamista está hoy más extendido que nunca en el mundo. Igualmente cabría, sin más, aducir que ponen de manifiesto la medida en que los actos de terrorismo relacionados con el yihadismo global acontecen también allí donde menos se esperan, es decir, fuera de las sociedades mayoritariamente musulmanas en las cuales los yihadistas sitúan a su enemigo cercano o de las occidentales que corresponderían a lo que definen como su enemigo lejano. Pero, si bien lo primero es cierto, esto segundo eludiría la consideración de algunos factores clave para comprender lo sucedido en Colombo y en otras localidades del país surasiático.

La amenaza del yihadismo global en Sri Lanka, que acaba de manifestarse en la forma de un brutal terrorismo justificado como obligación religiosa por quienes lo instigan y para quienes lo perpetran, no emana de la nada. Por una parte, es producto de la creciente influencia y articulación que una determinada forma fundamentalista y excluyente de entender el credo islámico —es decir, el salafismo— ha ido adquiriendo en el seno de la minoría musulmana de la isla, explotando las diferencias y tensiones existentes entre esta y la mayoría budista u otras minorías. Por otra parte, deriva de la extraordinaria movilización internacional suscitada por la propaganda y las actividades de organizaciones yihadistas —principalmente, aunque no solo, de Estado Islámico— activas en Siria e Irak desde 2012.

En las últimas décadas, una porción significativa de los musulmanes de Sri Lanka ha estado expuesta, en lugares de culto y en madrazas, a influencias salafistas, procedentes sobre todo del Golfo, que han transformado tanto su concepción previa y mayoritaria del islam como sus prácticas y estilos de vida. Estas influencias, unidas a otras con origen en el subcontinente indio, han hecho posible que, a lo largo del pasado decenio, pese a la resistencia que ha encontrado entre la población musulmana del país y sus principales autoridades religiosas de referencia, haya adquirido relevancia y notoriedad la organización Thawheed Jamaat. Esta entidad salafista ha proporcionado espacios favorables a la radicalización y servido como plataforma para el reclutamiento por parte de organizaciones yihadistas.

Así, en los últimos cinco o seis años, algunos individuos con nacionalidad de Sri Lanka han participado en la planificación y preparación de atentados que Al Qaeda, en colaboración con una o más de sus organizaciones paquistaníes asociadas, ha querido llevar a cabo en, por ejemplo, territorio de India. Varias decenas de otros, radicalizados en el salafismo yihadista dentro o fuera de Sri Lanka, se desplazaron a Siria e Irak como combatientes terroristas extranjeros, por lo que es verosímil que hubiese retornados. Sri Lanka ha sido, además, tránsito hacia zonas de conflicto de yihadistas radicalizados en Maldivas. En suma, hace ya tiempo que, con la presencia en el país de individuos vinculados a Estado Islámico y otras organizaciones yihadistas, el islamismo violento es una amenaza terrorista para Sri Lanka.

Es inverosímil que las autoridades de Sri Lanka desconociesen la creciente importancia de esta amenaza terrorista de naturaleza internacional —cuya reciente plasmación, tanto por la modalidad de ejecución de los atentados como por los blancos seleccionados, sugiere que está dotada de liderazgo, organización y estrategia—, incluso cuando la rivalidad entre Al Qaeda y Estado Islámico se dirime asimismo en el sur de Asia, pero resulta en cualquier caso evidente que no reaccionaron como debían a la información urgente sobre la misma compartida por las de otro país en buena posición para obtenerla. Las estructuras antiterroristas de Sri Lanka, avezadas en combatir un terrorismo de cariz etnonacionalista, no han estado a la altura del desafío yihadista. ¿Inesperado lo ocurrido? No tanto. ¿Sin previo aviso? No.

Fernando Reinares es director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global en el Real Instituto Elcano y catedrático en la Universidad Rey Juan Carlos.

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