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La ‘banlieue’ ignora a los ‘chalecos amarillos’

Los barrios periféricos de París, donde en 2005 estallaron disturbios, ven con distancia la protesta de las provincias

Un ciclista pasa por delante de un mural que hace referencia a las protestas de los 'chalecos amarillos'.
Un ciclista pasa por delante de un mural que hace referencia a las protestas de los 'chalecos amarillos'. Getty Images

Es difícil encontrar un chaleco amarillo en según qué zonas de Francia. Vista desde algunas banlieues, desde los barrios y ciudades con elevada población de origen inmigrante, la revuelta de las clases medias parece algo lejano. Otro país.

“Creo que hay un chaleco amarillo en el centro, con una pancarta. Me lo contó mi madre”, dice Omar Dawson, hijo de una inglesa y un argelino, de 40 años. Activista local en esta banlieue donde creció y donde vive, acaba de cruzar la calle donde en octubre de 2016 un grupo de jóvenes incendió dos vehículos de policía y dejó a cuatro agentes heridos. Esto es Grigny, al sur de París, de 30.000 habitantes, escenario en 2005 del estallido de las banlieues, y hoy “uno de los más desfavorecidos de Francia”, según el Tribunal de Cuentas francés.

Un lugar común en muchas discusiones francesas es que un día la banlieue —obrera y mestiza, golpeada por el paro y la discriminación, espejo en el que el país proyecta sus miedos por la islamización o la creación de guetos— volvería a estallar. Nada de esto ha ocurrido. Francia estalló por otro lado.

Tres meses

Hace tres meses, el sábado 17 de noviembre de 2018, decenas de miles de ciudadanos salieron a la calle para protestar contra la subida del precio del carburante. Enseguida la protesta se amplió. La cólera se explicaba por la erosión constante del poder adquisitivo. Por las dificultades para llegar a fin de mes y la caída de expectativas para los hijos. Por los impuestos altos y los servicios públicos menguantes. Por una sensación arraigada de desprecio por parte de las élites urbanas. Por una insatisfacción general con el sistema y la impresión de que esta democracia no funciona. A algunos les movía el odio al presidente, Emmanuel Macron.

Los chalecos amarillos, manifestantes vestidos con la prenda fluorescente que es obligatoria tener en el automóvil, ocuparon las rotondas omnipresentes en las afueras de las ciudades. Cada sábado, desde entonces, se han manifestado en París y en otras ciudades.

Este sábado lo hicieron por decimocuarta semana. Mientras llegaban las primeras noticias de disturbios en París, en Grigny reinaba la calma. “Lo que dice la gente de los barrios es que ellos ya llevan años siendo chalecos amarillos”. Así resume Omar Dawson una opinión extendida en las banlieues. Allí llevan años sufriendo lo que ahora dicen sufrir los chalecos amarillos. Ya protestaron hace tiempo. Ahora están en otra cosa.

Sí, figuras destacadas de los chalecos amarillos proceden de los alrededores de París y pertenecen a minorías. Y en el batiburrillo ideológico del movimiento, el rechazo a la inmigración ocupa un lugar secundario. Francia, además, es una república que pretende ser ciega ante las diferencias étnicas y raciales: se supone que los ciudadanos, libres e iguales ante ley, no llevan adherida la etiqueta de ninguna comunidad.

Y, sin embargo, la constatación es inevitable. La revuelta de los chalecos amarillos es mayoritariamente blanca. La Francia mestiza —la de los bleus, que hace medio año ganaron el Mundial de fútbol, esta Francia azul tanto o más real que la amarilla— está ausente.

Problemas diferentes

“La gente aquí no se siente concernida respecto al movimiento de los chalecos amarillos. Por aquello por lo que luchan, sí”. En el espacio de trabajo compartido de Bagnolet, al este de París, tiene su taller de costura Carole Dantin Bré, de 44 años, que expresa todos los matices de la relación de la banlieue con los chalecos amarillos.

El exceso de tasas o el cierre de servicios públicos son problemas compartidos con la Francia rural. Otros —el detonante de la revuelta: el aumento del carburante— parecen más exóticos. En la banlieue, el automóvil no es una herramienta de trabajo, como sí lo es en la llamada Francia periférica, necesaria para cualquier actividad cotidiana.

Carole Dantin Bré, parisiense de origen antillano, sabe lo que es sufrir discriminación por el color de la piel y también lo que es sacar adelante una pequeña empresa como la suya, que fabrica vestidos de novia con clientes que van desde el departamento de Seine-Saint-Denis hasta África y Canadá. Estos barrios, a menudo estigmatizados, también pueden ser un trampolín de la Francia bloqueada a la economía global. El demógrafo Hervé Le Bras es reacio a interpretar la crisis de los chalecos amarillos en términos de contraste entre la Francia blanca y la Francia multirracial. Las categorizaciones étnicas encajan mal con una tradición, la francesa, donde estas diferencias no aparecen en las estadísticas oficiales.

Hay una razón, según Le Bras, que explica por qué predominan abrumadoramente los blancos entre los chalecos amarillos. “Vienen de zonas con pocos inmigrantes. Si se hace una cartografía de los inmigrantes, están en las ciudades o en la periferia más cercana a la ciudad”, dice. En otras palabras: la población de origen magrebí o africano no se ve tan afectada por el precio del carburante como la blanca.

La fractura geográfica que ha revelado esta crisis —la Francia urbana y globalizada; la Francia de las banlieues; la Francia aislada y periférica de las ciudades medianas y pequeñas— refleja una división de clase pero también étnica o racial, palabras tabú en este país.

Omar Dawson lo expresó con crudeza a principios de mes cuando participó en un debate de alcaldes y ciudadanos de la banlieue con Macron. Hacia el final de un maratón de preguntas y respuestas, tomó el micrófono, se levantó y le lanzó al presidente: “Las manifestaciones [de los chalecos amarillos] representan un concentrado de los problemas de los franceses. Pero hace ya tiempo que la banlieue no se considera francesa, porque tampoco se la considera como un territorio francés”.

A continuación, leyó su andanada de reproches y, para acabar, imitando el gesto de otro presidente al final de uno de sus discursos —Barack Obama, primer afroamericano en llegar a la Casa Blanca—, dejó caer el micrófono.

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