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ANÁLISIS i

La élite prefiere un macho alfa

Jair Bolsonaro, machista y racista, además de profundo ignorante sobre cualquier asunto que no conlleve la exhibición de testosterona, es favorito para ganar las elecciones de Brasil

Partidarios de Jair Bolsonaro, a finales de septiembre en São Paulo. En vídeo, perfil del candidato ultraderechista.

El relato se ha ido repitiendo en casi todos los países donde las urnas han arrojado cosas desagradables. Ya fuese la elección de Trump o el Brexit, allí detrás siempre se situaba a la gran masa de los llamados perdedores de la globalización, trabajadores empobrecidos y rabiosos, con escasa formación, víctimas propiciatorias para cualquier caudillo demagogo. Poco o nada de esto tiene que ver con el movimiento que puede colocar en la presidencia del quinto país más poblado del planeta a Jair Messias Bolsonaro, un antiguo capitán de paracaidistas amante del gobierno militar, la tortura y las ejecuciones policiales; machista y racista, además de profundo ignorante sobre cualquier asunto que no conlleve la exhibición de testosterona.

"Desafiada a responder a las calamidades, la élite elige el tiro, el porrazo y la bomba". Quien ha titulado así un artículo en el diario Folha de S. Paulo no es ningún furioso izquierdista, sino Reinaldo Azevedo, una de las firmas más aceradas de la derecha liberal brasileña. Para atestiguar sus conclusiones ahí está la Bolsa, descorchando champán tras cada encuesta que confirma el ascenso de Bolsonaro.

Nadie gana unas elecciones sin penetrar en todas las capas sociales, es obvio, pero las cifras del instituto de opinión Datafolha resultan inequívocas. Entre los brasileños con estudios superiores los apoyos a Bolsonaro superan el 40%, frente al 20% entre los que no pasaron de primaria; su intención de voto entre los pobres —los que viven con una renta familiar de dos salarios mínimos al mes o menos, 1.908 reales, unos 480 euros— es también del 20%, mientras que se dispara al 50% entre las clases media y alta; le respaldan el 42% de los hombres y el 28% de las mujeres; arrasa en el sur del país, la zona más rica, pero pierde con claridad en el nordeste subdesarrollado ante Fernando Haddad, el hederero de Lula da Silva en el liderazgo del Partido de los Trabajadores (PT).

Hasta hace unos meses, el mundo del dinero aún veía con desconfianza a Bolsonaro. No tanto porque dijese que los derechos humanos son "estiércol", porque mandase a los indios a "comer hierba" en sus tribus o porque se negase a condenar el asesinato de la concejal izquierdista de Río de Janeiro Marielle Franco. La discrepancia de fondo era la concepción estatalista de la economía que Bolsonaro heredó de su admirada dictadura militar (1964-1985). En vista de que esos principios no gustaban, el candidato se sacó otros: contrató como gurú económico a un ultraliberal y todos los recelos desaparecieron. No hay más que ver el goteo de pronunciamientos en su favor por parte de grandes empresas, entregadas ya sin disimulo al macho alfa que promete limpiar Brasil de asesinos y ladrones. En esto ha acabado la revuelta en las calles, protagonizada por los sectores sociales acomodados, y la posterior maniobra parlamentaria que en 2016 lograron sacar del Gobierno, después de 14 años, a un PT asediado por la crisis económica y los escándalos.

Aquellas protestas despertaron un movimiento derechista que aprovechó a fondo la pasión nacional por las redes sociales. De repente, los objetivos ya iban más allá de la corrupción y del desastre económico de la presidenta Dilma Rousseff. Ahora ya se atacaban las cuotas raciales en la universidad, las ayudas públicas a "los que no quieren trabajar", las restricciones al uso de armas y la inmoralidad de las costumbres. En ese pozo negro creció la figura de Bolsonaro, que también acaba de recibir el apoyo de las más influyentes iglesias evangélicas del país. Y así, poco a poco, la élite brasileña fue asumiendo que el verdadero peligro no es el líder ultraderechista sino el PT. Da igual que el partido de Lula nunca tocase la fiscalidad de las rentas altas, ni nacionalizase una empresa, que regase con ayudas a chorro a grandes compañías privadas, que durante sus mandatos, aunque millones salieron de la pobreza, los ricos también se hicieran más ricos. Una buena parte de los brasileños se ha convencido de que el programa oculto del PT es convertir el país en una nueva Venezuela.

Mientras tanto, los únicos ecos bolivarianos que se escuchan, en versión extrema derecha, provienen del candidato a vicepresidente de Bolsonaro. Tan macho o más que su jefe, el general en la reserva Antonio Hamilton Mourão especula abiertamente con el escenario de un autogolpe presidencial y lanza la idea de una nueva Constitución redactada por una "comisión de notables", sin representantes populares. Los entregados a la causa minimizan todo esto como si fuera cháchara electoral sin mucha importancia. Para ellos la auténtica amenaza la encarna el PT. Y hay que frenarla a toda costa, aunque sea a porrazos.

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