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La cumbre europea busca un acuerdo de mínimos para rebajar la tensión

Los Veintiocho buscan salidas a la crisis política relacionada con la migración, un pacto para avanzar en la reforma del euro y temen más medidas proteccionistas de Trump

Macron, Merkel, Tusk y Sánchez, antes de la reunión. En vídeo, declaraciones de Federica Mogherini, Alta Representante de Exteriores de la UE.

La Unión Europea ha sido siempre una idea en busca de una realidad. Durante los 10 últimos años la realidad era muy cruda: una crisis financiera, económica, social, migratoria, de seguridad, prácticamente existencial que estuvo a punto de hacer añicos la idea europea. Pero las grandes crisis son al final políticas: indefectiblemente políticas. Y ahí, en la política, ha terminado la policrisis europea: los líderes de la UE se reúnen este jueves y mañana viernes en Bruselas con un dramatismo que no encuentra respaldo en los números. La histeria política, especialmente en el terreno migratorio, no tiene base real. Los flujos han caído a plomo desde el millón largo de entradas de 2015 a los menos de 50.000 en lo que va de 2018, y aun así la canciller Angela Merkel se juega su Gobierno si no consigue resultados, e Italia llega a la cumbre tensando la cuerda como avanzadilla de los populismos en el continente. En el plano económico sucede algo parecido: la recuperación ha llegado, el desempleo cae, los déficits públicos están controlados pero la Europa rica sigue desconfiando de la periferia e impide reforzar el euro con medidas de mutualización de riesgos imprescindibles para que la próxima crisis no se lleve por delante la eurozona.

Las discrepancias en el terreno económico y en el asunto migratorio tienen un denominador común: nadie termina de fiarse de nadie. Alemania lleva años reclamando responsabilidad para compartir riesgos financieros: la periferia ha hecho grandes esfuerzos por ese flanco, pero en la cumbre apenas se esperan pequeños pasos en la unión bancaria y no hay nada –nada— de un presupuesto anticrisis del euro, pese a que Berlín y París lo pactaron en una minicumbre hace unos días. El presidente francés, Emmanuel Macron, va a tener que mostrar todo su talento para vender esos magros avances como el refuerzo de la eurozona que prometió a los franceses en campaña.

En el capítulo migratorio la situación es parecida, pero se complica por las soflamas políticas de varios países del Este, a las que se han ido sumando varios Estados miembros de Centroeuropa con populistas a bordo del Gobierno. "Es una invasión y debe pararse", ha expresado crudamente el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, amparándose en "la voluntad de la gente" antes de entrar al encuentro. Estos son los asuntos más importantes que se tratarán.

Migración: operación salvar a Merkel. La minicumbre del pasado domingo se cerró sin resultados concretos, aunque con compromisos de avanzar en grupos reducidos de países. Y los socios bávaros de la CDU de Merkel han dado 15 días a la canciller para volver a Berlín con algo. Italia, Grecia y España rechazan la reforma del asilo que quiere la canciller, con un modelo que atribuye de manera permanente la responsabilidad del solicitante de asilo (y del migrante económico) al primer país de entrada. Esa reforma lleva atascada desde 2015, y seguirá durmiendo el sueño de los justos mientras el Norte, capitaneado por Alemania, no rebaje el nivel de exigencia de responsabilidades de los países del Sur. El otro foco de conflicto son los países del Este, cerrados en banda a acoger demandantes de asilo que arriben a las costas europeas en situaciones de crisis.

En este contexto, las opciones que ganan peso son más realistas: el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, busca la manera de blindar las fronteras exteriores de la UE y argumenta que resistirse solo abre camino a los más radicales. “Puede que algunos piensen que soy muy duro en mis propuestas. Pero créanme, si no nos podemos de acuerdo en eso, verán propuestas verdaderamente duras de tipos verdaderamente duros”, ha advertido antes de empezar la cumbre.

Los socios quieren cerrar las puertas a los migrantes económicos (lo que no tienen derecho al asilo). Por un lado, la Unión quiere acelerar los fondos a los países de origen y tránsito de la migración (Turquía y el Norte de África). Además, pretende reforzar la policía de fronteras con 10.000 agentes adicionales.

Pero la propuesta estrella es la creación de “plataformas de desembarco” fuera de la UE:los líderes pretenden definir los contornos de esa propuesta con un acuerdo de mínimos. La canciller alemana, Angela Merkel, ha advertido del requisito previo: dialogar con los países candidatos a acogerlas: “Podemos hablar sobre el desembarco de barcos en otros países, por ejemplo en África del norte. Pero tenemos que hablar con esos países, no lo podemos hacer a sus espaldas”.

Esas plataformas están avaladas por las agencias de la ONU. Y cuentan con el respaldo de los países del Norte, que estarían dispuestos a financiarlas. El objetivo declarado de Tusk es “romper el modelo de negocio de las mafias”: tener reglas más claras para evitar disputas como la reciente crisis del Aquarius, y llevar ese tipo de buques a plataformas de desembarco en el Norte de África (antes de que entren en aguas territoriales europeas). Los líderes llevan semanas tratando de retorcer el lenguaje y de buscar enjuagues legales para disipar las dudas al respecto. Pero Merkel necesita algo más: pretende firmar acuerdos bilaterales o multilaterales con varios Estados miembros, que permitan devolver a los demandantes de asilo desde Alemania hacia el territorio por el que entraran en el bloque comunitario. El Gobierno austriaco, cada vez más cercano al Ejecutivo populista italiano en el asunto migratorio, rechazó de plano esa posibilidad; Grecia, en cambio, ha abierto la puerta a esa opción. El Norte quiere resultados, y los quiere ya: varios países amenazan sottovoce con cerrar las fronteras (y acabar con Schengen) si Grecia, Italia y España no consiguen controlar sus fronteras y no aceptan de vuelta a los solicitantes de asilo, tal como obligan las leyes europeas.

“La crisis migratoria es una revolución”, cuenta el politólogo Ivan Krastev, “y ha cambiado ya radicalmente la naturaleza de las políticas democráticas a nivel nacional: lo que vemos en Europa no es una riada populista contra las élites, o no solo”. Europa ha estado danzando con las crisis desde Lehman Brothers, pero la crisis migratoria es la más fea: la única genuinamente europea, que desafía el modelo social, económico y político de la UE. “La idea [de Francis Fukuyama] de que la democracia liberal occidental ganó la batalla de las ideas está en caída libre: la crisis migratoria ha cambiado las respuestas y las preguntas, obliga a los europeos a cuestionarse sus valores. Europa corre el riesgo de dejar de ser garante del universalismo liberal, de ser cada vez más parroquiana”, cierra Krastev, autor del soberbio After Europe (University of Pennsylvania Press).

Euro: sin zanahorias después de los palos. Europa es panglossiana con las crisis: de casi todas ellas ha salido reforzada en los últimos 60 años, los momentos críticos han sido catalizadores para dar pasos adelante impensables hasta entonces, y los líderes europeos creen firmemente que siempre será así. Pero la última sacudida, con los episodios de España e Italia pero sobre todo con la posibilidad de ruptura del euro por Grecia, dejó muy tocada la confianza entre los socios de la moneda única. Los líderes saben que el euro está incompleto. Alemania y Francia se han puesto manos a la obra para reforzarlo. Pero esta no será precisamente la madre de todas las cumbres para reformar la moneda europea: apenas hay consenso para poner en marcha el respaldo del fondo de resolución bancaria (para cerrar bancos sin provocar una sacudida) y para apuntalar el Mecanismo de rescate (Mede), que empieza a dar los primeros pasos hacia un Fondo Monetario Europeo. El fondo de garantía de depósitos está lejos: los líderes aprobarán un calendario para poner en marcha un debate que permita tener un plan para crear ese mecanismo. La frase exacta en las conclusiones de la cumbre es un trabalenguas: “Trabajar en una hoja de ruta para iniciar las negociaciones políticas para el fondo de garantía común”. El presupuesto del euro está aún más lejos: no aparecerá en las conclusiones de la cumbre, según el último borrador al que ha tenido acceso este diario, y si finalmente aparece alguna referencia será en la forma de “un plan para un plan para un plan”, ironiza una fuente europea.

La última minicumbre entre Merkel y Macron para la reforma del euro llegó tarde, y apenas ha tenido tracción (en parte, por la histeria política desatada por el desafío migratorio). Berlín y París acordaron en Meseberg una seria de (pequeños) pasos en la dirección de más integración, que incluyen un presupuesto de la eurozona con la forma de un seguro de desempleo europeo, y avances en la unión bancaria. La declaración de Meseberg, sin embargo, contiene dentro una especie de bomba de relojería: cuando un país necesite un rescate del futuro Fondo Monetario Europeo, la idea es que eso conlleve una reestructuración de deuda semiautomática, a través de cláusulas en los contratos de compraventa de bonos. El presidente del Eurogrupo, Mário Centeno, incluyó esa posibilidad en su carta a Donald Tusk para preparar la cumbre. La idea será excelente en un mundo ideal en el que todos los países del euro cumplieran las reglas fiscales, no tuvieran déficit y acumularan deudas públicas inferiores al 60% del PIB: no es el caso de varios países, encabezados por Italia, que han puesto el grito en el cielo.

Aún no se ve la próxima crisis en el horizonte. Pero la situación política en Italia es explosiva; los primeros signos de desaceleración en la eurozona están claros; Trump y su proteccionismo pueden provocar que el viento cambie a nivel global; y los mercados pueden tener ya un ojo puesto en Italia si el Gobierno aprueba al menos parte de los planes de expansión fiscal que prometió y las ideas francoalemanas sobre reestructuración semiautomática de la deuda terminan calando.

Europa versus anglosajones. “Las relaciones transatlánticas están bajo una inmensa presión por las políticas del presidente Donald Trump. Desgraciadamente, las divisiones van más allá del comercio”, escribe Tusk en su invitación a la cumbre. “Deberíamos estar listos para preparar a la UE para el peor escenario”, apunta el presidente del Consejo. No se espera un gran debate sobre ese asunto, pero la preocupación es evidente si la guerra comercial prosigue: Washington prepara sanciones contra varias empresas europeas relacionadas con el gasoducto Nord Stream 2, entre Rusia y el continente.

En cuanto al Brexit, los líderes tienen previsto constatar que la negociación sigue enquistada en Irlanda. Y España ha presionado para incluir la tradicional referencia a Gibraltar: si no hay acuerdo bilateral sobre el peñón (las divergencias son notables sobre el uso del aeropuerto o el tabaco), Gibraltar podría quedarse fuera del acuerdo transitorio.

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