¿Estás bien? Sigue con tu vida y no leas esto
Las víctimas no son como tú. Mueren las y los prescindibles. No importaron en vida, ¿por qué importarían en la muerte?

A Nefertiti y Grecia. A sus padres.
¿Cómo? ¿Te quedaste a leer? Déjame adivinar. Factiblemente vives en la Ciudad de México (o a menos de 600 kilómetros de distancia). Si estás leyendo en línea, eres con mayor probabilidad menor de 40 años; si estás leyendo en papel superas los 40, pero no por mucho. En ambos casos tienes bajo el brazo un nivel de escolaridad esperado o mayor a tu edad. ¿A qué me refiero? A que si tienes más de 12 años, tienes primaria concluida; si tienes más de 18, preparatoria; y si tienes más de 25, licenciatura.
Felicidades, tú eres parte del México al que no matan. Bueno, al que matan mucho menos. Ok, lo digo mejor: las personas como tú representan una proporción más grande de población que de homicidios. Por ejemplo, entre 2007 y 2016, 20% de los hombres entre 26 y 40 años tenían una licenciatura, al mismo tiempo, representaron apenas 11% de los hombres en ese grupo de edad asesinados. En contraste, apenas 3% de los hombres en ese rango de edad tenían como máximo primaria, pero fueron el 24% de las víctimas de homicidio. Ni modo, te quedaste a leer, te toca una ración de culpa y corresponsabilidad.
No, no es que te podamos atribuir el acto mismo de haberlos asesinado, es que los países pueden coleccionar tragedias como la nuestra durante 12 años solo cuando otros callan. Aún peor, los débiles mueren porque los fuertes no los defienden. Tú, con tu acceso a la educación, empleo de calidad, derechos políticos e ingresos suficientes has visto nuestra violencia como algo que ocurre lejos, entre malos. Ellos se merecieron quizá la muerte como quizá tú te mereces vivir cómodamente. Bien, es posible pensar que algunos de ellos murieron porque muchos como tú se callaron.
¿Cómo explicar la acumulación de políticas punitivas y espirales de violencia? ¿Cómo explicamos que después de más de 250.000 víctimas de homicidios y más de 33.000 personas desaparecidas no veamos marchas masivas en las calles, confrontaciones con políticos, políticas serias de prevención y contención? Creo que es fácil: las víctimas no son como tú. Mueren las y los prescindibles. No importaron en vida, ¿por qué importarían en la muerte? Mueren y desaparecen los hijos, los hermanos, los padres, los amigos, los compañeros de quienes, por sus carencias socioeconómicas, tienen muchas menos herramientas de incidencia y justicia que tú. Por eso hemos sido capaces de hacernos los de la vista gorda, ¿no?
A riesgo de aburrirte, te cuento unos datos. En el periodo 1990-2000, los niños entre 12 y 17 años sin primaria eran 1,2 veces más numerosos en el total de homicidios que en el total de población; entre 2006 y 2016 eran 1,8 veces más frecuentes como muertos que como vivos. En el caso de los hombres entre 26 y 40 años, aquellos sin primaria terminada en los años noventa eran 7,1 más frecuentes como muertos que como vivos; entre 2006 y 2016 la ratio creció a 11. Peor aún, en los hombres entre 18 y 25 años, aquellos sin primaria en los noventa tenían una frecuencia 10 veces mayor entre muertos que entre vivos; entre 2006 y 2016 pasó a 19. Para que me entiendas: en esos 10 años los hombres entre 18 y 25 años sin primaria representaban apenas 0,88% de la población, pero el 16,4% de los homicidios.
Imagínate la serie de condiciones que hicieron que ellas y ellos no pudieran seguir estudiando. Imagínate la serie de condiciones que hicieron que ello incrementara brutalmente su probabilidad de ser asesinados. Entre 2007 y 2016, murieron asesinadas un total de 133.560 personas entre 12 y 40 años de edad. De ellas, 114.700 tenían una escolaridad menor a la esperada dado su rango de edad. Sí, 86 de cada 100 asesinados. Por ejemplo, los niños sin primaria eran 33% del total de niños entre 12 y 17 años, pero 71% de las víctimas de homicidio en ese grupo de edad. Mientras que los jóvenes sin secundaria eran 46% del total de jóvenes entre 18 y 25 años, pero 83% de sus víctimas de homicidio.
Cuando la distribución de víctimas tiene tal sesgo de educación y edad, ofende atribuirlo a decisiones personales, hiere meterlos automáticamente en el cajón de "los malos". Lastima, pues, encontrar excusas para voltear la cara y no asumir algo de responsabilidad de nuestro silencio en sus muertes; seguir con nuestra vida y pretender que no leímos esto.
José Merino es polítólogo.
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